Momento para hacer un resumen apresurado del año; los hongos me llaman a capítulo y, como siempre, habrá un antes y un después. Este, entonces, sería el índice del 2025 correspondiente al antes. Hay dos capítulos en el libro de 2025. El primero duró cinco meses. El uno de enero fuimos tres al compás de las uvas y aquel fue un tiempo en el que quise formar una familia. Casi llegamos a ser cuatro. Meses de desgaste brutal por mantener una nueva vida en otro lugar que no me correspondía. Luego me di cuenta de que no eramos tres, sino dos y uno. Y después, la cosa fue a peor: aquello se convirtió en dos contra uno. Desaparecí porque no otra cosa mejor podía hacer. Regresé malherido a mis quehaceres y ahí empieza el capítulo segundo. Exilio dorado junto al Mar Menor y mucha, mucha soledad en parte deseada y en parte no deseada. Algunas noches infernales y mucho más de diecinueve días. Qué optimista, Sabina. Regreso a Madrid a recoger las piezas dispersas del Lego de mi vida. He de imaginarme de nuevo, reinventarme con los viejos materiales de siempre. El capítulo primero manda, marca la tónica y el devenir del personaje durante el capítulo segundo. Cuando el guion es bueno no caben inconsistencias. El amargor de la derrota todavía me impide saborear las cosas pero, en cierto modo, he de agradecer al cosmos esta lección de vida que, sospecho, cobrará todo su sentido en un futuro que llegará tarde o temprano. Esta noche descubriré, seguramente, muchas cosas enterradas en las entrelíneas de los dos capítulos. Muertos o tesoros, quién sabe. Todos míos. Ese será el después. Y después del después, el borrón y cuenta nueva del 2026.