31 de diciembre de 2025

2026: después del después

 

Momento para hacer un resumen apresurado del año; los hongos me llaman a capítulo y, como siempre, habrá un antes y un después. Este, entonces, sería el índice del 2025 correspondiente al antes. Hay dos capítulos en el libro de 2025. El primero duró cinco meses. El uno de enero fuimos tres al compás de las uvas y aquel fue un tiempo en el que quise formar una familia. Casi llegamos a ser cuatro. Meses de desgaste brutal por mantener una nueva vida en otro lugar que no me correspondía. Luego me di cuenta de que no eramos tres, sino dos y uno. Y después, la cosa fue a peor: aquello se convirtió en dos contra uno. Desaparecí porque no otra cosa mejor podía hacer. Regresé malherido a mis quehaceres y ahí empieza el capítulo segundo. Exilio dorado junto al Mar Menor y mucha, mucha soledad en parte deseada y en parte no deseada. Algunas noches infernales y mucho más de diecinueve días. Qué optimista, Sabina. Regreso a Madrid a recoger las piezas dispersas del Lego de mi vida. He de imaginarme de nuevo, reinventarme con los viejos materiales de siempre. El capítulo primero manda, marca la tónica y el devenir del personaje durante el capítulo segundo. Cuando el guion es bueno no caben inconsistencias. El amargor de la derrota todavía me impide saborear las cosas pero, en cierto modo, he de agradecer al cosmos esta lección de vida que, sospecho, cobrará todo su sentido en un futuro que llegará tarde o temprano. Esta noche descubriré, seguramente, muchas cosas enterradas en las entrelíneas de los dos capítulos. Muertos o tesoros, quién sabe. Todos míos. Ese será el después. Y después del después, el borrón y cuenta nueva del 2026.

30 de diciembre de 2025

Momento Marco Aurelio

 

Esta mañana me duele todo. Todo absoluta y crónicamente inflamado: manos, muñecas, hombros, caderas, rodillas y también los pies. Renqueo, muy disciplinado, a mi clase de box. Después, al taller a recoger a Roberta, caminando despacito que las prisas no son buenas. Y ahora, aquí sentado, llegará el momento en que este robot mal engrasado tenga que levantar el culo de la silla y rezar para que las tuercas aguanten -que aguantarán- un día más sin lubricante químico (Ibuprofeno, Naproxeno, Enantium…). Creo que el único analgésico que me permito, como animal social y víctima del constructo navideño, es el alcohol en sus distintas manifestaciones (vermú, botellín, chupito…). En fin, no es este un buen momento para escribir, porque cualquier reflexión sobre el año en ciernes me conduce al dolor que ha venido ya para quedarse y hacerse cada vez más dueño de mi cuerpo. Al igual que me parece muy acertado presentarme como un tipo razonablemente infeliz, acomodaré mis expectativas de felicidad para el año entrante a la mera ausencia de dolor. Cada vez me conformo con menos. Momento Marco Aurelio.

28 de diciembre de 2025

@ Belmonte

 

Bon Scott en toda su gloria. At. His. Best. No puedo -me es imposible- visualizar a Brian Johnson interpretando un tema como Ride On. Mientras me concentro en idear un símil que ilustre el contradiós, el sucedáneo de Spotify sigue desgranando éxitos de los ACDC vía Bluetooth. En realidad, la grandeza de este o aquel artista se calibra por contraste, por esas odiosas comparaciones a veces tan necesarias para discernir lo verdaderamente bueno de lo que no lo es tanto. Ha sido este un domingo de Rastro y un par de vinos en Belmonte, mirando a la gente pasar y, mayormente, el trasiego de africanos, a sus asuntos, enfundados en chándales de colores, yonkilata o porro de ganja en mano. Apostado en mi taburete junto al cristal del establecimiento, escuchaba también a los parroquianos (gente progre con aspecto de Alex de la Iglesia) debatir sobre las bondades de este o aquel vino, que si la uva vieja, que si tal o cual bodega, la añada o los taninos. Pareciera que el vino únicamente existe en la lengua o en el cielo del paladar, y que la enología no da para más. Y yo allí sentado, segunda copa en mano, pensaba que lo verdaderamente importante del vino son sus efectos en el espíritu de los hombres, los matices de la borrachera, la resaca de después. Pareciera que los únicos eruditos en esa materia son los funcionarios de la Dirección General de Tráfico. Lástima de mundo. Cuánto postureo.

27 de diciembre de 2025

Un monje me vende su Ferrari

 

Escucho un tema de los Cranberries en AccuRadio, una de tantas emisoras digitales que he capturado con mi teléfono nuevo. La canción forma parte de una playlist denominada “Adult Rock”. Como es, a mi parecer, bastante blandita, me veo forzado a interpretar la relación entre los términos “adult” y “rock” ¿Rock viejuno? ¿Rock para pervertidos? ¿Rock para maduritos? Y ya de buena mañana empiezo a cuestionar mi encaje en el nicho social, la década de crisis a la que tengo derecho por edad y condición, las patologías mentales que me corresponden por trienios, las adicciones que me retratan, mi cuota de sesgos. Manuales de uniformidad. Por las noches, se me aparece en la pantalla del móvil un monje viejo, calvo y apacible, sentado a la turca con un tocho de sánscrito en su regazo que, en un inglés envidiable, consigue calentarle a uno la oreja a base de metáforas que ilustran lo sencillo que es apuntarse al nudismo espiritual. Los consejos del iluminado son perfectos pero, claro, para entrar en detalles en cuanto a su ejecución, recomienda apuntarse a su cursillo de felicidad en un mes. Los monjes también facturan. Y Dolores O’Riordan, por cierto, es un nombre precioso.

26 de diciembre de 2025

Elefante

 

Un montón de anodinos se me acumula esta mañana. Me consuela saber que si escribo esto es porque algún día en un futuro lejano, o no tan lejano, me redescubriré, leyéndome, en mi mismidad. Paradójicamente (me ha sucedido con otros diarios extraviados) no me reconoceré en estas letras pero, a la vez, me veré reflejado en el pasar de los días del tipo que las escribió, como el que hibrida su sentir con un poema o con la letra de una canción que ha escrito otro. Anodinos amontonados. Mantenimiento de Roberta, por primera vez en sus doce años de vida. Una bicicleta adolescente. Un metro costurero en el Chino: al fin me decidí a tomar medidas precisas de mi talle, de la curvatura de la raja del culo y desde el ojal del ombligo hasta donde muere la entrepierna. Creo que eso me evitará disgustos a la hora de lucir pantalones de segunda mano y sentir que la prenda hace de mí el adefesio que no soy. Más anodinos amontonados. Una vez tuve un amigo muy supersticioso que, decía, siempre abandonaba la cama por las mañanas pisando primero con el pie derecho. Era eso o un día de mierda. Yo no creo en malos farios, pero, a ratos, cuando me acuerdo, me gusta concebirme como esclavo de esas pulsiones irracionales y, habiendo aterrizado aposta con el pie bueno tras despertar, evaluar el trascurso del día. La verdad, si no me olvido por estar a otras cosas, nunca he llegado a concluir que la jornada haya sido auspiciosa o funesta. Siempre un día sin sobresaltos reseñables, con sus más, pero también sus menos. Desde aquello del pie derecho, me gusta crear rutinas supersticiosas a mi medida que nunca se concretan en nada. Por ejemplo, tengo un cobertor de playa estampado con un mandala y un elefante grandote y azul. Un elefante hindú. Cuando rehago la cama cada mañana, deposito el trapo en el suelo de cualquier manera y me dedico a mullir el edredón y las almohadas. Remato el orden en mi pequeño dormitorio cerrando la ventana y ejecutando una suerte de verónica con el cobertor. El paquidermo se posa aleatoriamente del derecho o cabeza abajo. En ese momento fantaseo con la tentación de entregar mi modesto destino a las inercias del elefante. Hoy, por cierto, ha aterrizado de pie. Más anodinos amontonados. Expoliado un tallo de Planta del Dinero (Plectranthus verticillatus) en alcorque de barrio progre. Bienvenida al hogar.

25 de diciembre de 2025

Contiguas y condenadas

 

Todas las Navidades igual. Nunca falla. El discurso del Rey. El monarca decodificando la chuleta en el teleprompter. Una ristra de palabras engarzada con papel de fumar. Neutro, insípido y con un cierto tufillo a discurso de cena de empresa. Se intuye a la reina consorte en el salón de al lado, vestida de cocktail, departiendo amablemente con los cortesanos, tan serviles e impecables en un dress code monárquico-corporativo, a la espera de que el CEO cumpla con su obligación institucional y, después, cada cual a su palacio y sus vicios. Puestos a comulgar con el discurso buñuelo (que luego los medios, por no tener nada mejor que hacer en estas fechas, se encargarán de diseccionar y analizar hasta el asco) pienso que no le hubiera sentado nada mal el atrezzo tradicional que seguramente demanda la audiencia: el manto de armiño, el cetro, la corona de seis kilos, el trono de ciencia ficción, el indulto a Barrabás, mucho terciopelo rojo, etc. Y, la verdad, escribo ahora esto porque he tenido la mala ocurrencia de clickar por inercia en la portada del ABC antes de meterme en faena. En realidad, acababa de echarle un agua a las plantas y, en la terraza de abajo, la terraza pequeña, mientras las chorreaba un poco con la manguera, me he fijado en la extraña pareja que componen la Fatsia y la Schleffera. Me doy cuenta por primera vez, y mira que llevan años ahí plantadas, una al lado de la otra, que la composición vegetal, lejos de la armonía por defecto que se le supone a las plantas, deja bastante que desear, por no decir que se da de hostias. La Fatsia, tan agresiva ella en la desmesura de sus hojas recias y picudas, y la Schleffera, monjil y recatada, con su fronda de hojitas tropicales más redondeadas, agrupadas en corrillos de a cinco o más. Me pregunto si se llevarán bien, tan contiguas en sus respectivos macetones de barro, o si en mi condición de Dios omnipotente pero ignorante habré jugado sin saber con su destino, condenándolas a una vecindad incómoda de por vida bajo el hueco de la escalera. La verdad, no es nada fácil ejercer de Dios todopoderoso, caprichoso y cateto, sin teleprompter ni asesores, en un Edén venido a menos.

23 de diciembre de 2025

Apalizado

 

Apalizado tras la sesión de boxeo. Y no es que me peguen, es que me exijo demasiado a estas alturas cronológicas. Me vengo arriba, puedo puedo puedo. Puedo más que tú, chaval. Después, salgo por la puerta del gimnasio y el frío de la calle acaba por ralentizar los músculos machacados por el sobreesfuerzo. Camino de regreso no mucho más deprisa que los viejitos que se afanan por cabalgar sus andadores con las bolsas de la compra. Noto que el flanco derecho del cuerpo no funciona ni a la altura de la cadera ni, más abajo, en la rodilla. Lo noto porque me duele, claro, aunque también sé que no hay avería gorda y que, por desgracia, por pundonor y, sobre todo, por estupidez, no aliviaré estas inflamaciones pasajeras con derivados del ibuprofeno. Siesta española, paciencia y mañana Dios dirá. Aún tengo cuerpo para una partida de ajedrez.

22 de diciembre de 2025

No Fear

 

Mis amazónicos progresan adecuadamente en su casita de plástico. Estas Navidades, antes, después o en pleno Fin de Año me voy de viaje sin moverme del sofá, y el no saber adónde añade emoción al asunto. Sofá y mantita, estilo nórdico-narcisista, y a la búsqueda temeraria de las grandes verdades de uno mismo que yacen en el subsuelo del alma. Haya fiesta o infierno ahí debajo, disfrutaré de ambos, igual que se disfruta una película de terror o una comedia, siempre y cuando uno se las apañe para ser espectador. Sin miedo.

21 de diciembre de 2025

Domingo

 

Se me acaba el domingo. Llevo casi todo el día fuera de casa (o esa sensación tengo), y el tiempo que he pasado aquí dentro lo he empleado mayormente en sestear plácidamente mientras el sistema se reseteaba después de los botellines en Belmonte, donde he tenido la oportunidad de charlar con un matrimonio de joyeros que llevaban sesenta y ocho años casados. Lúcidos y tomándose un chatito de vino, él y un vermú, ella. Buena gente. Cuando se han recogido, he pegado la hebra con una mujer extraña, inexpresiva y más bien sin sangre, actriz, además de gallega de Pontevedra, que mataba el rato silenciosamente en una esquina del bar agarrada a un tercio de Estrella de Galicia, a la espera de acudir a su función de microteatro de quince minutos y un solo pase. Portaba una maleta vieja que, me decía, era atrezzo para la función. Por curiosidad, levanté la maleta. Estaba vacía. Poco tema de conversación. Introversión mutua: seguro que los dos fingíamos. Si fuese un mal escritor de novela negra, diría que la chica era sosa pero tenía buenas piernas. Alguien me invitó a un botellín. Por la mañana, aguanieve en El Rastro y yo en mis chanclas. Uno puede sentirse un tipo duro y gilipollas a la vez.

20 de diciembre de 2025

Modesta epifanía a deshoras

 

Epifanía, eso sí, modesta, alrededor de las cuatro de la madrugada. Yo mantenía -aún lo tengo pero no lo mantengo- un blog. El blog de un usuario razonablemente infeliz. He cambiado poco con los años, o eso creo, porque qué podría decir uno cuando imagina, que no contempla, eso es imposible, cómo crece el bonsai de sí mismo. Inmovilidad, enquistamiento aparente. Pero, como probablemente todos los demás, soy un hombre en el que muchas cosas han debido de cambiar para que todo parezca seguir igual. Así que en mi desvelo de anoche pensé que lo mismo daba Watiblog que el Hombre de la Cáscara de Hierro, porque aunque se amontonen los años, quien escribe siendo el mismo, y dado que ni el blog ni las entradas en Instagram tienen propósitos concretos ni, creo, conflictivos en sus formas o enfoques, he decidido trasladar una copia de lo escrito para nadie en particular, a partir de hoy, al blog abandonado, en el que dejaré de escarbar en busca de pareceres míos más o menos publicables y, en su lugar, incrustaré una réplica de estos testimonios anodinos de mi pasar diario en aquella parte más umbría de la vida en la que no interactúo con terceros y que, como la antimateria, también es constituyente de la realidad. La cara B de mi vida.