23 de marzo de 2026

Pa qué

 

A ratos me quedo parado, inmóvil. Es una inmovilidad incómoda, un ataque de hastío, una parálisis ante un cruce metafórico de caminos donde cada cartel indicador apunta bien hacia lo irrelevante o hacia más de lo mismo o tal vez hacia un propósito inabordable. El presente inmediato como una ciénaga de tiempo pegajoso en la que las rutinas que ayer se me antojaban amables se transforman en cargas odiosas: escribir, leer, marujear, abastecerme, cocinar, barrer, elegir la banda sonora de cada día... Digamos, por ejemplo, que la responsabilidad de preparar o no una infusión de te es mía y sólo mía. Y lo mismo podría decirse del resto de tareas modestas sobre las sigo edificando lo poco que ya me queda para terminar la Sagrada Familia de mi vida. Sin beso que la trabe (Antonio Gala), la libertad me muestra a veces su rostro más desagradable. Así resulta que a ratos -como hoy- me quedo parado, inmóvil y me pregunto para qué. No exactamente: pa qué es más fiel, va más a tono con la desgana que me ha llevado a escribir esto. Son pataletas de jubilado, lo reconozco, pero ahora un beso tuyo, si es que existes, me vendría bien de cuando en vez. Podría trabarme con Dios por lo civil o abandonarme al cómodo yugo de los horóscopos; hallar la alquimia bastarda que me permitiera por fin abdicar de mi libre albedrío en los días gachos como este que me ocupa. Pero no. Puede que sea un magro consuelo, pero haber pagado la cuota mensual del gimnasio me fuerza de algún modo a dejarme de jeremiadas y calzarme vendas y guantes apestosos en poco más de veinte minutos. Con toda seguridad cuando regrese sudado y vapuleado, mi casa se habrá transformado de nuevo en el refugio caótico que mañana me verá escribir, leer, marujear, abastecerme, cocinar, barrer y elegir con alegría la banda sonora que me acompañe. Con alegría.

22 de marzo de 2026

Peces abisales

 

Peces abisales, raros, extravagantes, siniestros. Qué sabrán ellos de las sardinas. Y viceversa. La presión que ejerce la masa compactada de miles de millones de dólares no está hecha para según qué especies. A lo anterior debe añadirse la ínfima densidad fiscal que es natural en aquellas profundidades. Adaptación y supervivencia en entornos económicamente irreconciliables generan espacios incompartidos en el océano de la humanidad.


21 de marzo de 2026

Detrás del escaparate

 

Emboscado al otro lado del escaparate de la cafetería, cruasán y taza en bandeja, miro pasar a los viandantes al otro lado de los arañazos, mugres, churretones y demás cicatrices de la mampara: Adolescentes pintones, con la vida aún por estrenar y ya con vapeador o cigarrillo entre los dedos. Un abrigo móvil que seguramente haya sacado a pasear al viejo artrítico que lleva dentro. Zombies de toda edad y condición demoran el paso, abducidos por las pantallas de sus teléfonos móviles. La vieja grimosa de todos mis desayunos, esta vez sin la perra negra paticorta, infiltra su fétido karma en mi campo visual durante unos segundos, hasta que interrumpe la escena un pelotón de mujeres sin complejos embutidas en mallas prietas, generalmente negras -las mallas-, inmunes a la dictadura de según qué biotipos. Bien por ellas: hermana, yo sí te miro. Un hombre con aspecto de padre de familia pasea de la mano de un niño curiosillo. Me llama la atención su barba corta, bicolor, absolutamente maniquea. Me pregunto qué extraño disgusto le habrá deparado la vida para lucir al abuelo prematuro al otro lado del mentón. Un bulldog bastante feo, valga la redundancia, rebufa y tensa con redoblado esfuerzo la correa que lo ata a su dueño. Una fe inquebrantable parece teledirigir toda su compacta musculatura hacia el alcorque en el que yace abandonada a su suerte media barra de pan. Cruza un muchacho en manga corta, brazos razonablemente tatuados, como cabe esperar de cualquier bro que combate orgulloso la climatología adversa a base de juventud y hormonas. Seguro que va camino del Chino a comprarse un RedBull, pienso. Soy un malpensado, pienso casi inmediatamente, mientras continuo haciendo scroll infinito con el newsletter de la realidad. El teléfono móvil, claro, se me quedó estacionado en casa a media carga. Qué iba a mirar yo si no...

20 de marzo de 2026

Amazon y el punto G

 

Compro cosas que realmente no me hacen falta en Amazon. Como todo el mundo. El consumo descerebrado nos iguala a todos. Cómo funcionen los mecanismos cerebrales que nos animan a proporcionarnos un gusto tan efímero como puede ser el click que corona una transacción indolora para inmediatamente percibir que no hemos engordado un gramo en términos de felicidad, que la vida sigue igual a sí misma es, para mí, un misterio. El misterio de los Usuarios Premium. Por pura pereza no me afanaré en desentrañar ese enigma, que se amontona con el resto de aspectos asumidos, ignorados o incomprendidos que configuran el escenario en el que discurre mi vida cada día: cómo carbura un algoritmo, si las bolsas de plástico vienen de París, qué clase de criatura es una croqueta, el consenso secreto de los semáforos, la lógica arcana de los impuestos y el resto de casi todo lo que me rodea. Para mi vergüenza de gandul, y más allá de su nombre, ignoro todo y más sobre esas criaturas macetarias que vienen a ser las plantas que ocupan alegremente mi terraza desde hace más de veinte años. Riego, abono y punto: y funcionan. Ya está. Volviendo al adaptador Xiaomi de carga rápida que no necesito, supongo que Amazon tiene la clave, los dedos curvos que sobreestimulan brevemente el punto G de una existencia -la mía- en período refractario permanente. Amazon ha edificado un imperio sobre la menopausia vital de la humanidad.

19 de marzo de 2026

Virus

 

Las noticias de la guerra se hacen gradualmente pequeñas en la interfaz de la primera plana de los diarios; el espacio virtual se reubica para acomodar nuevos sucesos escandalosos. La vida sigue. La muerte también. Y la obra de enfrente de mi casa da sus últimas bocanadas al compás de la primavera que la sangre altera o, como diría -o seguramente pensaría- algún cristiano de bien, que por cielo tierra y mar se espera. Mi gran terraza se acicala casi obsesivamente para recibir con todos los honores a esos primeros brotes verdes, como síntomas del virus de la belleza contra el que la humanidad, al menos de momento, no ha desarrollado vacuna, a pesar de los esfuerzos coordinados de la especie contra la naturaleza, que es el enemigo a batir: Deforestación, guerra química contra el suelo y las aguas, sobreexplotación de recursos y, también, carbonización extrema del aire respirable. De momento sin éxito, si bien los avances resultan prometedores. Por desgracia, este año aún seguiremos padeciendo alergias y catarros de entretiempo. Pero seamos optimistas y pensemos que nuestros nietos o, al menos, los nietos de Donald Trump heredarán un planeta libre de polen y, con suerte, de vida.

18 de marzo de 2026

Elipsis. Avatares en el pudridero.

 

Yo tenía que estar en Australia, pero estalló la guerra en el día festivo en que hubiera tenido que transbordar desde uno de esos estados de lujo teocrático, chilaba blanca y petroleo a cascoporro donde ahora arraciman los cielos drones y misiles como estrellas de oriente de saldo, fuera de temporada. Y aquí estoy, exiliado en mi propia casa, rumiando mi suerte gris tirando a negra, aún indigesto de lluvias y otros sucesos infaustos que se agolpan contra los muros de mi consciencia, empeñados en colarse en mi día a día. Y a fe mía que lo consiguen. Pero también ha habido cosas muy buenas. Cosas de cal o de arena, nunca supe cuál se corresponde con qué. Tantos días ya sin escribir y las cosas se me pudren dentro. Para bien, tal vez. Suelo fértil, agusanado para imaginar esos dioses o monstruos de chichinabo que pueblan mi vida. Desmantelaron la grúa ciclópea al otro lado de la calle. La obra está casi terminada y pronto se mudarán a las viviendas por estrenar gentes de dinero a los que la palabra vecino no les queda bien, me parece a mí.