Con o sin tirita en el dedo gordo lastimado, la duda me corroe. La farmacéutica tuvo a bien informarme de que el agua oxigenada que venía aplicando diligentemente en la herida impedía que ésta se cerrase. La solución magistral pasó por colocarme una pomada antibiótica a cambio de unos ocho euros y, ya de paso, y por si las moscas, intentó engordar la factura a cuenta de unas ampollas de suero salino que posiblemente hubieran duplicado su importe, a lo que razoné que un vaso de agua con dos pellizcos de sal funcionaría más o menos igual para el prelavado de la herida, lo cual no pareció hacerle demasiada gracia, pero a mí, plim. Ayer no fui a la playa por culpa del esparadrapo con gasa y pomada ceñido al pulgarcito lesionado, y hoy creo que el baño en pleno Veranillo de San Miguel justifica plenamente el dilema que me planteaba al principio, teniendo en cuenta que ya he vuelto a correr con el dedo enmascarado, sin complejos. Así que si me zambullo en el agua tirita mediante, bien pudiera ser que se me desprendiera inadvertidamente entre brazada y patada, y no es cuestión de guarrear un poco más el pobre Mar Menor, que ya lleva lo suyo entre nitritos freáticos, loción solar, fecales de desborde y la diáspora de plásticos abandonados a su suerte en el lecho marino. Pero sin tirita va a ser una herida indefensa, que acabará costrada de arena de orígenes dudosos: sospecho que las playas, aquí en Los Alcázares, a la vista de su tosca granulometría, no deben de ser más que áridos importados de graveras del interior. Me arriesgaré con la tirita. Me voy a nadar, y que Dios y el Mar Menor me perdonen si la cosa sale mal.
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