De vuelta en Madrid, resignado a degradar mi discreto bronceado hasta sus niveles de pantone habituales, comunes al hombre blanco heterosexual mal vestido -aunque duchado- que aborda un vagón de Metro a las ocho y treinta minutos de la mañana. Retomo la normalidad sin objetivos ni otras incertidumbres que la certeza de ignorar quién soy, de dónde vengo y adónde voy; nada nuevo bajo el sol. Mi vida sin esas respuestas, como la de casi todos, debo suponer. En fin.
Finiquitada la obra de enfrente al cabo de más de dos años, se me perdió el referente que marcaba el progresar del tiempo, la meditación ensimismada de tantos y tantos tiempos muertos frente a un edificio en construcción. Ya sólo me resta, para calibrar el paso de mis días, el factor climatológico en abstracto: el invierno que vendrá, la bomba de calor, el edredón y los pies fríos. Y la melancolía de una terraza despelucada de hojas por barrer, día sí, día también.
Regresan las sesiones de boxeo, los descalcismos aventureros por las calles adoquinadas de la capital (menos arriesgados, por cierto, que los asfaltados asesinos en Los Alcázares), las escaleras y las duchas frías: por Esparta y la salud hasta que el cuerpo aguante, que cada vez aguanta menos, por cierto.
Noto, desde que empecé a publicar este diario en abierto, que el exceso en el consumo de Instagram me deriva mentalmente hacia la idiocia, resecándome la sesera, atravesándola de sesgos a su antojo, abonando una atención deficitaria y la insensibilidad del espíritu crítico. Así, lo que antes era el hábito sencillo de leer cualquier cosa que se me pasara por las estanterías, repantigado en el sillón o en la cama, se ha tornado en esfuerzo por evitar el consumo compulsivo de sabrosos contenidos ultraprocesados, en analogía con los atracones de comida basura y otras mierdas saturadas de umami. Y, he de confesar, ya me cuesta abordar mis lecturas ante la tentación del scroll inifinito ("confortably numb"; ahí lo clavaron los Pink Floyd). Otro frente abierto en la batalla por madurar dignamente, con el desván amueblado y sin riesgo de desahucio mental en el camino hacia la vejez vulnerable. Evitar a toda costa esa gran trampa degradante que es la indefensión aprendida... Qué lucha, señor.
5 de octubre de 2026
Regreso a la capital (otra vez)
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