Sorbo el te matcha sin demasiada ceremonia. Por su textura tras remover el chorrito de leche, me recuerda al contenido de un bote de pintura color guisante mate; esa cromatura que colonizaba el interior de los hospitales antiguos, y que desde aquellas épocas en las que iban cayendo los primeros familiares asocio yo con el agotamiento, la enfermedad y el sufrimiento resignado. Y algún moco o residuo seco camuflado entre el gotelet de la pared, detectado durante el aburrimiento de aquellas vigilias interminables en las salas de espera.
Anochece. El procesador de textos estaba blanquiabierto, por casualidad, en plena pantalla y, taza de matcha en mano, no me ha quedado otra que interpretarlo como un aviso del cielo y dejar para después la lectura de la prensa virtual, cosa que, ya puesto en faena, agradezco. Igual que cuando, con gran esfuerzo, y haciendo oídos sordos a la llamada de las pantallas, me amarro al sillón rojo con una novela entre las manos y empiezo a descifrar las letras poco a poco, párrafo a párrafo, hasta que la historia fluye sola y yo me pierdo entre las páginas, allá donde es sano perderse.
He conseguido fijar al techo sin incidentes una nueva lámpara-ventilador. Ahora mismo proyecta un cono de luz que me hace imaginarme al borde de la abducción por un ente alienígena; aunque, bien pensado, y honestamente, no sé qué interés pudiera concitar mi persona, habiendo tanto humano de relumbrón donde elegir. Pero también es cierto que la vida, con mayúsculas, sigue siendo un misterio y, también, una tómbola. Que se lo digan, por ejemplo, al fósil del cadáver alanceado que ha salido en las noticias, setenta y cinco mil años después. Uno nunca puede saber. A lo mejor.
Tampoco podía yo imaginar, ayer por la tarde en la sesión de boxeo, que una uña y su correspondiente nudillo, abanderado anatómico de un brazo proyectado a unos veinticinco kilómetros por hora, me aplastaría el ojo izquierdo con laceración del párpado inferior (sangre). Aparte del dolor y el amoratado que es habitual en estos casos, me queda la sensación de ver las cosas como cuando uno le aplica esos efectos digitales para enmarcar fotografías que vienen de serie en la cámara del teléfono móvil. Supongo que pasará el tiempo y regresaré al contorno de ojos matutino, tal vez con el añadido de una pequeña cicatriz, inapreciable, asumo, entre las arrugas sintomáticas del paso del tiempo en un hombre de mi edad y condición que no ha tenido, ni probablemente tendrá, encuentros en la tercera fase.
P.s. Esta mañana limpié (¡por fin!) los cristales del cerramiento con la ayuda del gadget telescópico que en su día adquirí en un Chino. Los resultados han sido más bien pobres (una plétora de surcos curvilíneos churretosos), debido, posiblemente, a mi impericia a la hora de mantener torsiones extremas de brazo y hombro, intentando abarcar la cristalería de la fachada desde el interior del cerramiento. Todo sea por no precipitarse inopinadamente al vacío desde posiciones más confortables... Acaba de empezar a llover. Llega -ahora sí- el otoño.
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