Leo en la prensa que se ha muerto Mari Carmen (o Maricarmen), la anciana estrella de los desahucios, y pienso que con el nivel de estrés que la pobre señora debió de vivir a cuenta del espectáculo mundial que supuso esa derrota tan mediática, no es de extrañar su deceso. En lugar de protegerla, dada la fragilidad que se le supone a una persona de tan avanzada edad (87) que ha vivido una situación traumática; en lugar de protegerla, digo, igual que se protege a las víctimas de una violación o a los menores, el llamado Sindicato de Inquilinas, la prensa de todos los colores y, cómo no, la progresía de salón no han dudado en aprovechar que la ocasión la pintan calva para montar un mega pollo alrededor de la postración de Maricarmen; convirtiéndola en esa Superestrella de la canción de Aitana, pero con un costal de años más: photocalls desde una cama en el Gregorio Marañón con la vía puesta, en cama articulada y luciendo la bata hospitalaria de rigor. Y, en fin, que la buena señora no lo ha resistido. Es normal, pienso. A partir de ciertas edades, los hospitales no son más que antesalas de la muerte que hay que evitar a toda costa. Vamos, que si el abuelo no se puede quedar en su hogar por la razón que sea, pues a casa de cualquier familiar a convalecer sin sobresaltos, y a cruzar los dedos, que los baches a esas alturas de la vida son a cara o cruz... Tranquilidad, cariño y buenos alimentos. No dudo de que la conciencia le haya de escocer, en primer lugar, a todos los cooperadores necesarios del desahucio (jueces, policía, propietarios...): ley y avaricia suelen ir juntos de la mano. Pero lo que me da verdaderamente miedo es la falta de calidad humana que han demostrado quienes no han dudado en sacrificar a la anciana en pro de una causa que, precisamente por ello, ya empieza a oler a podrido.
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