Escucho a Billie Holiday, música de otro tiempo, ajena a la nostalgia de un pasado que nunca viví y que ahora, al cabo de tantos años, me hace desear haber sido inquilino de la época que habita en esa especie de bruma sonora a través de la que se filtra el sonido de las grabaciones de entonces. Un hombre defectuoso que hace trampas con su pasado imperfecto y se cuela de matute en un mundo que nunca fue el suyo, pero que gusta de imaginar como tal… Anochece en Madrid a finales de octubre y un otoño perfecto se cuela por las ventanas abiertas, a tono con el “Stormy Weather” a pesar de lo que parezca indicar el título de la canción.
Enciendo el procesador de textos y, como de costumbre, ignoro el consejo bienintencionado, el truquito golfo del día para usuarios avanzados que se me aparece en una esquina de la pantalla. La ofimática no es santo de mi devoción; sólo una herramienta profesional ajena a añoranzas y estados de ánimo (a propósito de Billie Holiday)… Pensándolo bien, hay quienes sostienen un romance intenso con su pluma estilográfica o su máquina Olivetti. No descarto, por tanto, algún tipo de conexión emocional con un teclado o un sistema operativo. Y, pensándolo mejor, he de reconocer que, en mis días más altruistas, menos cínicos, yo mismo fui amante y apóstol del software libre, pero eso es ya agua pasada. En el plano físico, las máquinas obsoletas nunca me dieron pena. Me dan un poco que pensar esas personas que hacen cola a deshoras para gastarse las perras en el último cachivache fabricado por Apple®, y me pregunto si alguna vez habrán sentido nostalgia de algo o por algo. Gente del futuro, quién los entiende.
Arriba, en la terraza, hay un mirlo que siembra el caos entre las macetas día sí y día también. Y lo cierto es que la metáfora no podía ser más desafortunada, porque el pajarraco se dedica en realidad a vaciarme los tiestos y me pone todo el suelo perdido de tierra. El otro día me picoteó un peyote. Criatura de Dios. Alguna vez lo he pillado en plena faena y hemos cruzado miradas por un momento. Antes de salir volando a escape, ese ojo naranja, reptiliano, insolente, amoral me recuerda el trato indiferente que la naturaleza dispensa a las cosas de los hombres. Un verdadero hijueputa, el mirlo, pero qué lindo canta en los atardeceres de primavera. Una cosa por la otra, no tengo más remedio que indultarlo. Seguiré, pues, barriendo a doble turno hasta que haga falta.
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