El laberinto de pasillos numerados en el mega Chino de mi barrio se ha transformado en un guardarropía holliwoodiano atiborrado de disfraces muy muy molones. Cada año estos hijos de Xi Jinping se superan, pensaba. Ya no son aquellos postizos plasticuchos poligoneros de ínfima calidad que delataban a niños y mayores pobretones en los Todoslosantos del pasado. Ahora reina la máscara de silicona fabricada en 3D, ropajes exóticos que igual valen para las fiestas de discoteca en Ibiza y prótesis dignas de cualquier estudio cinematográfico. Así pensaba yo mientras guardaba puesto en una cola demencial, con una caja de tiritas (cómo duelen las grietas en las esquinas de los pies) y una bolsa de gel frío-calor (pulgar reventado en box; zurda inutilizada). Vaya guadaña, qué calavera y esas licras de Belcebú que igual sirven para salir de ruta ciclista este finde sin desentonar con las pintas del resto del pelotón. En fin, yo como siempre rumiando en negativo, echándole las culpas al capitalismo y al glorioso patrocinio cultural de los EE.UU. Luego nos acojonan a todos desde la fachosfera con el cuento de que vamos a perder la identidad por culpa de los moros que no trajo Franco. En este bendito país somos ya más norteamericanos que otra cosa, así que, qué quieren que les diga, el Gran Reemplazo no va a llegar porque ya está aquí para quedarse. Dejando al margen la política, yo diría que el acervo cultural a defender no suma más que tópicos turísticos, franquicias, micro consumo obsesivo, grandes fastos deportivos e individualismos instagrameables. Y después de todo eso, lo que resta del españolito de antaño es un poso insobornable de guerracivilismo asesino y solidaridad brutal al cincuenta por ciento. Así somos. Bueno. Eso y las terrazas.
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