15 de febrero de 2026

Cuba, hoy por la mañana

 

Preparo un te con miel de doble saco. Siempre he pensado que esas bolsitas con cordel y cartoncito contienen una cantidad, primero, minúscula y, segundo, de calidad cuestionable. Así que dupliquemos la dosis. Abro el periódico. Cuba se sigue desangrando. El sadismo político de ambos bandos es demencial. Unos se aferran al régimen porque saben que la venganza -y llegará la venganza- será terrible, y para ello no dudan en sacrificar a la población cubana. Los otros aprietan en nombre de la democracia -hipócritas- cuando lo único que buscan es rentabilidad geopolítica y ordeñar la isla a su conveniencia. Y entre tanto, los cubanos de a pie comiendo m1erd@ a paletadas. Conozco Cuba. He leído las novelas de Mario Conde.

11 de febrero de 2026

Herencias y burocracias

 

Se me acaban las excusas para hacer algo de provecho en esta vida ociosa. Vencida la burocracia fiscal española, la herencia está tramitada, los bienes vendidos, los impuestos liquidados, parte del capital expatriado y la restante descansa por fin en las cuentas de los herederos patrios. También en la mía. Podría recopilar en una pequeña novela todos los correos electrónicos de ida y regreso enviados a lo largo del tiempo, mientras el proyecto languidecía por falta de poderes, apostillas y certificaciones. Mi relación con el oficial de la notaría ha sido más intensa que la que he llegado a mantener con algunas exnovias, y los intercambios paralelos con la gerente de la oficina bancaria responsable de las cuentas heredadas me han sabido un poco como a infidelidad; igual que si hubiera mantenido a una amante escondida en este culebrón testamentario. Bueno. Todo eso ha quedado atrás, al cabo de más de seis años en los que o caducaba mi empeño o prescribían los impuestos. Sucedió, lógicamente, esto último y hubo triunfo y dinero para todos. Mi prestigio familiar está en máximos históricos.

10 de febrero de 2026

Uber y las mujeres

 

Siempre que me enfado y me pongo a escribir delante de un portátil lo que sale, sale bastante peor de lo habitual, que ya es decir en mi caso. Así que lo siento. Como hombre, como ciudadano, como trabajador que camina, consume, paga sus impuestos y baja la basura cuando toca no puedo soportar, me revuelven, ciertas noticias que vuelan hasta mi cabeza desde los Telediarios. Uber, muy avispados ellos, lanza un servicio para mujeres que desean otra mujer al volante, por si acaso. Yo debo de tener la piel muy fina, pero aquí se insinúa -y se acepta, no sé si con o sin resignación- la hipótesis de que los taxistas o los conductores hombres son violadores o agresores sexuales en potencia, y el mercado responde acorde a los malos aires sociológicos que soplan disfrazados de aires de progreso. Me cago en la leche. Yo en los bares quiero que me atiendan hombres, no sea que me intente emborrachar y arruinar una aviesa putita disfrazada de camarera: sumisión química de billetera. Me cago en la leche. Me pregunto si las clientas de estos servicios aceptarían a un castrado al volante. Si así se sentirían también seguras cuando es el conductor capado el que las acerca borrachas a casa a deshoras. La discriminación fascista avanza imparable sin frenos y cuesta abajo. La funesta hermandad del Yo Sí Te Creo perpetra atrocidades polarizantes que cada vez más hace más vergonzoso y humillante el declararse hombre y feminista. El feminismo cuñadista emerge victorioso, proyectando una distorsión de la realidad en la que todos (los taxistas, entre otros) somos presuntos delincuentes, violadores, asesinos, acosadores, babosos, machirulos, maltratadores, putañeros. Escoja usted el reproche y, si no estuviera catalogado, incorpórelo al Código Penal, que hay barra libre legislativa, todo incluido, gracias a la labor de zapa y demolición de determinados colectivos que se dicen feministas, pero que en realidad no son más que revanchistas de género. Hombre feminista se me hace bola y oxímoron, igual que lluvia seca o guerra pacífica. El nuevo feminismo populista avanza por caminos paralelos a las reivindicaciones ultranacionalistas: Put@ España. Put0s taxistas y, en fin, Put0s hombres.

9 de febrero de 2026

One Battle After Another

 

Una Batalla tras Otra, un truño detrás de otro. Leí la novela de Pynchon hace treinta años y apenas si guardo un vago recuerdo. Me gustó y quise más de él. Compré Gravity’s Rainbow. Me superó. Compré Mason & Dixon. También me superó, pero fue a causa del síndrome de pereza lectora de literatura enjundiosa en versión original. A esa le debo una revancha, y al tiempo. En fin, volviendo a la película con nosecuántas candidaturas al Óscar. ¿Cómo, cómo, cómo pero cómo puede ser? Yo recuerdo vagamente a mi abuela, que falleció a finales de los setenta. Eso no quiere decir que si alguien intentara convencerme de que la abuela Pepa era mulata, por muy vaga que fuese mi memoria de ella, yo le diese la razón. Pues, en fin, lo mismo digo de Vineland y su trasunto cinematográfico. Por lo demás, el trauma de guión (ejem, guion) de siempre: los norteamericanos, que echan a los descendientes del nido sepan o no volar, que los desheredan a la primera de cambio y que son pioneros en las cuchilladas intergeneracionales desde el diván del sicólogo, luego fabrican películas hipócritas en las que ensalzan hasta el paroxismo los valores familiares, que en el cine comercial son mimbres industriales sobre los que se forjan todos los scripts, además de la inclusividad con calzador. Sobre esta base de sofrito, apta para el gusto de todas las audiencias, cocinan el resto de la película que durará menos que nada en las salas comerciales antes de su traslado a las plataformas de pago: armas, barra libre de violencia, sexo sin pezones, muertos, muertas, efectos especiales, ruido y diálogos zumbones. Y promoción, mucha promoción. Hollywood, que no es ya más que una mastodóntica franquicia de photocall, moda y salseo está devorando al cine que lo parió. Los premios de la Academia cada vez más se parecen a un premio Planeta o un Nadal. O al revés.

6 de febrero de 2026

Lluvia deprimente

 

Maldita lluvia persistente. Llueve y todo son ganas de nada, menos en el interior de una oficina climatizada y sin ventanas, donde un viernes laborable es igual que otro, y no cabe detenerse a pensar en lo que sobra o lo que falta, salvo afilar las herramientas del ocio teledirigido del fin de semana. Pero esto no es una oficina y llueve y la lluvia se hace notar en mis ánimos decaídos. Escucho un hermoso disco firmado por Elizabeth Woolridge Grant, cuyo nombre evoca el de una escritora de otra época. Acabo de consultarlo en la Wikipedia y, por mucho que piense, no encuentro relación entre esa mujer tan victoriana y Lana del Rey. Tengo que salir a la calle a recoger un edredón de la tintorería y a comprar sustento para hoy. Habrá boxeo; mi espalda aguanta estoicamente, igual que su dueño soporta la climatología adversa. Entiéndaseme, esto es estoicismo de salón: aquí en Madrid no somos Grazalema.

4 de febrero de 2026

El bigotito del Chef

 

Los cocineros de altura empiezan a dejarse bigotito. El arte de emplatar nunca fue suficiente para vender primero, segundo, postre y café o chupito a precios estratosféricos. Ahora el chef aspiracional ha de lucir pulcrito y modernete para justificar un plus de marginalidad que le dé la razón a la carta de precios. De la mera supervivencia alimentaria al arte culinario hay un largo camino; una carrera de resistencia en la que el combustible natural se almacena en billeteras o tarjetas bien dotadas de fondos al otro lado de la TPV. La meta volante de las Tres Estrellas míticas está al alcance de unos pocos ciudadanos que, más ahítos que hambrientos, atraviesan la puerta del restaurante, ya sobrados de muchas cosas materiales, quizá demasiadas: se come sin hambre y se bebe sin sed y a todos nos parece natural. Comer hambriento se está volviendo cosa de pobres de esos que se quejan por cuánto han subido los huevos o el pescado, y que nutren las estadísticas en las que se apoya la inflación no subyacente de la que informan los Telediarios. Entre tanto, los jóvenes sacerdotes de la restauración afilan sus bigotitos en las barberías de autor, otro negocio primo hermano en estos tiempos convulsos. Según el diario El País, una facción de fanáticos armados asesina en Nigeria a 170 personas por cuestiones religiosas. Esta insignificante noticia figura cuatro secciones más abajo y más allá de “En Vídeo”, “Lo Mejor de la Semana”, “Ocio y Estilo de Vida” y, como no, “El País Gastro”. Lo dicho, corren tiempos extraños.