19 de agosto de 2011

Relatillo de verano

Aquella tarde de agosto follamos sin complejos como se follan dos desconocidos que se desean y al mismo tiempo se desprecian. Fue una breve coreografía arrítmica, en un crescendo de sudores, gruñidos y jadeos. Me corrí dentro y ella no dijo nada. Después sólo hubo silencio y siesta pesada, sin sueños. Cuando desperté, estaba solo en la habitación. Sentí frío e instintivamente crucé las manos sobre los restos de fluidos semi secos apelmazados en el pubis. Permanecí un rato tumbado, tiritando bajo el rebufo glacial del aire acondicionado. Al anochecer salimos a dar una vuelta. Hablamos poco; más de lo habitual en cualquier caso. Entramos en un bar. Con el segundo whisky a medio terminar en la mano me recordó que apenas nos quedaba dinero ese mes después de haberle comprado el cacharro a la Verónica. Le pedí al camarero que pusiera dos más, con poco hielo.

De madrugada, en la cama, mis dedos se aferraban con violencia a la carne estriada de sus nalgas, en un intento vano de acompasar sus movimientos encima de mí y de alguna forma demorar lo inevitable. Volví a eyacular en su interior tibio y viscoso. Me miró inexpresiva con los ojos hinchados, enrojecidos por el alcohol. En las tetas le brillaban aún restos de saliva, allí donde minutos antes había clavado los dientes con una violencia ahora extinguida. Permanecimos en silencio, ella inmóvil a horcajadas sobre mí. El runrun del aire acondicionado invadía el espacio inerte del dormitorio. Al cabo, dijo sin mirar a ningún lugar en especial:

- ¿Sabes? Creo que las putas de la Verónica deben de haber follado mucho, mucho debajo de este aparato.

Ella, por supuesto, había fingido su placer.


La canción de hoy, de Tricky, a tono con el relatillo:

1 de agosto de 2011

Ubuntu

Imagínense cuatro ruedas apiladas en la esquina de en un taller mecánico. Llévenselas a su casa. Diríjanse ahora a una tienda de accesorios del automóvil y adquieran un par de espejos retrovisores. Después, acérquense al desguace que les quede más a mano y regateen por cuatro puertas y un chasis en buen estado, preferiblemente del mismo color. Por si no lo sabían, en Ebay pueden agenciarse con un buen motor diésel o gasolina a precios razonables. Búsquense la vida según Dios les dé a entender y vayan haciendo acopio mental de asientos, parachoques, cinturones de seguridad, limpiaparabrisas, carburador, amortiguadores y demás piezas que componen el sumatorio fragmentado de un vehículo cualquiera.

Si el montaje de las miniaturas que acechan en el interior de un huevo Kinder ya supone un reto diabólico las más de las veces insuperable para el ser humano corriente, piensen ustedes en el coche desmantelado de más arriba. Por descontado que no les voy a pedir que me lo ensamblen, ni  falta que hace, por dos razones obvias: La primera es que esto no pretende ser más que un ejemplo ilustrativo y la segunda es que para eso están las cadenas de montaje de un puñado de conglomerados industriales que ya le han hecho a ustedes el favor de armarles el coche a cambio de los doce mil Euros de vellón que les van a cobrar en cualquier concesionario si es que se lo quisieran llevar puesto.

A lo que vamos. Ya puestos, háganme el favor de imaginarse ahora un conjunto heterogéneo de programas informáticos que, como las piezas dispersas del coche imaginario de más arriba, tienen funciones perfectamente definidas: Un procesador de textos, el navegador de Internet, una utilidad de diseño gráfico, un gestor de descargas legales o ilegales (eso lo deciden ustedes), un impagable sudoku, un programa para chatear con su amante o con su cuñado de Melbourne en las largas noches de invierno, un reproductor de Dvd y un sinnúmero de artilugios virtuales que no voy a seguir enumerando por cuestiones de espacio y sobre todo para no aburrirles más de lo estrictamente necesario. El denominador común de todos estos programas informáticos, por ser condición necesaria para el funcionamiento de todos ellos, es -llamémosle- un motor especial denominado Linux, pero que también se podía haber llamado Matthiux, Juanix o Bertux, sólo que el tipo que se lo inventó es un finlandés de la quinta del 69 que se llama Linus; Linus Torvalds para más señas, y que actualmente vive en los Estados Unidos cuando no anda dando conferencias por ahí. Si desearan documentarse sobre la vida y milagros de Torvalds, sean tan amables de consultar la Wikipedia, que para estos menesteres siempre viene de perilla.

Igual que las cuatro ruedas arrumbadas en el rincón del taller del primer párrafo no cobran pleno sentido hasta que, alineadas en sus ejes, reciben el impulso explosivo de un motor de cuatro tiempos y les transportan hasta Benalmádena o al Carrefour, a ustedes no les va a funcionar ninguno de los susodichos programas sin un motor Linux instalado bajo el chasis de su ordenador.

Para terminar con esta fastidiosa introducción al epígrafe de la entrada, me restaría añadir algo que parece obvio cuando el referente resulta ser el mundo del automóvil, pero que quizá no lo sea tanto cuando nos movemos en el campo de la informática. Si, dependiendo del tamaño de su bolsillo y/o de su ego, pueden ustedes optar por comprarse este o aquel vehículo entre las más de cincuenta marcas de coches que actualmente se comercializan en España, parecería lógico que algo similar sucediera con ese otro producto de consumo masivo -el motor y los programas- que habita y corretea por el conglomerado de circuitería impresa, transistores, ternillas, cartílagos y otros huesitos y miniaturas tecnológicas de plástico, silicio y baquelita que, ensambladas, forman el cuerpo de los de más de mil millones de ordenadores que hoy por hoy existen en el mundo. Curiosamente esto no es así.

¿Qué es Ubuntu? Ubuntu es, precisamente, ese conjunto de programas o utilidades informáticas de los que les hablaba al principio convenientemente ensamblados en torno al motor Linux, y empaquetados como un solo producto bajo ese nombre. Ubuntu vendría a ser como el Yo que anima y da vida al mecanismo inerte de un ordenador. El resto de la ecuación orteguiana; o sea, la Circunstancia, la ponen ustedes con sus vídeos caseros, el salvapantallas de Justin Bieber, sus documentos personalísimos y, por supuesto, todo ese contingente de música y películas comprimidas que hacen de la mayoría de sus máquinas verdaderos templos consagrados a la anarquía cultural. Ubuntu es un producto prêt-à-porter o mejor dicho prête à installer en esos reductos independentistas, rebeldes y comprometidos con el reciclaje y las teleseries de la HBO que, sin duda, son sus hogares.

Si ustedes, Improbables Lectores, anduvieran buscando sistema operativo y una suite de programas a juego con su salvapantallas de Justin Bieber y, de paso, el resto de su respetable Circunstancia Tecnológica, sigan mi consejo e instálense Ubuntu, lo que podrán realizar sin mayores complicaciones por cualquiera de los múltiples orificios que sus complacientes máquinas disponen para ello, si exceptuamos -no me sean brutos- la toma de corriente, claro está.

Para ser franco, les confesaré que ya me había dado cuenta de que probablemente ninguno de ustedes se haya desayunado esta mañana con la idea de instalarse un sistema operativo nuevo, entre otras cosas porque el mero hecho de que anden ustedes leyendo (en diagonal, seguramente) estas líneas, evidencia que en su ordenador ya reside un Yo que alberga su Circunstancia Tecnológica lo que, en términos utilitaristas, desaconseja embarcarse en este tipo de empresas. Cierto. Pero permítanme recordarles que el consumo tontorrón de bienes redundantes es lo que a la postre, y hoy por hoy, sostiene la tramoya del Gran Teatro del Mundo en que habitamos. No creo, por tanto, que las cuestiones prácticas deban suponer un escollo insalvable: Donde cabe un sistema operativo caben dos y, créanme, se les van a seguir saliendo los gigabytes por las orejas. Por desgracia GNU/Linux, y por extensión Ubuntu, es gratuito, lo que a priori descarta glamurosas campañas publicitarias que reorienten convenientemente la brújula de sus deseos y les hagan, por fin, darse cuenta de que necesitan instalar Ubuntu en su ordenador. La realidad está llena de televisores planos, Angry Birds, Ipads y zapatones MBT. Repitan conmigo: Mindfucking, mindfucking, mindfucking...  El caso es que todos hemos perdido ya hace tiempo la virginidad cerebral, mal que nos pese, así que espero que no me lo tengan en cuenta si entre estas líneas hallan, encubierta, un poco de publicidad bienintencionada y, por supuesto, gratuita, toda vez que quien esto escribe no obtiene otro beneficio que la satisfacción que le producen sus esporádicas visitas.

Si a su disco duro le sobran veinticinco Gigabytes, allí podrá encontrarle un hueco a Ubuntu sin mayores problemas. El programa de instalación constatará imparcialmente que su Yo de usted y su actual Circunstancia, también de usted, ocupan, pongamos que cien Gigabytes o 100 Gb para los amantes de los apócopes y los guarismos. A continuación, el programa le preguntará (cual tendero o camello) que cuánto espacio quiere. Veinticinco Gigabytes serán suficientes para instalar Ubuntu y, con él, su flamante otro Yo y su futura Circunstancia. Y ahora prepárese para disfrutar de los perversos placeres de que le va a proporcionar la bigamia informática, porque la próxima vez que arranque su ordenador podrá elegir entre hacer el amor con su pareja de toda la vida o follar con la reina del baile. La más hermosa escoja usted.

A quienes continúen leyendo, les anticipo que, más allá de lo indicado arriba, no hallarán aquí ningún tipo de instrucciones de instalación específicas. Únicamente les reiteraré que no es necesario eliminar lo que ya existe, si es que lo que ya existe resulta ser un sistema operativo patentado por una multinacional domiciliada en Redmond, Washington bajo la denominación de un popular elemento arquitectónico, lo que probablemente sea el caso. Por lo demás, les animo a que tecleen “Ubuntu” en la celdilla del navegador, y permitan que su sentido común se encargue del resto. A falta de instrucciones, les compensaré con razones. Y buenas:

La primera ya la he apuntado más arriba: Ubuntu es gratis et amore como el aire, como casi todos los besos o como los periodiquillos que reparten en los bares y las estaciones del Metro. Desde luego, obtenerlo por nada tiene sus inconvenientes técnicos, aunque no son insuperables. Me limitaré a decir aquí que basta con que ustedes entiendan en qué consiste guardar en su ordenador cosas que existen fuera de él y también que, una vez almacenadas en el interior de sus máquinas, sean capaces de trasladar permanentemente esas cosas a la superficie especular de un Compact-Disc o CD para los incondicionales de los acrónimos. Dicho lo cual, y sin ánimo de humillar, debo informarles de que si llegados a este punto no se les alcanza lo que quiero decir, y tienen menos de cincuenta años, mejor abandonen el empeño, sin más. Si se me permite, además, les recomendaría encarecidamente que hicieran un ejercicio de instrospección preventiva por si, inadvertidamente, hubieran decidido apearse del mundo en marcha antes de tiempo. En cualquier caso, las dudas a este respecto se las podrá aclarar con total solvencia su hija de doce años.

La segunda razón cae por su propio peso. Hasta ahora, Ubuntu se ha mostrado inmune a los virus informáticos. Aunque suene a eslogan televisivo, elegir Ubuntu es apostar por un Yo informático saludable, en el que su Circunstancia se desarrollará rubia, florida y rozagante aun cuando usted, en el fondo, resulte ser un politoxicómano virtual execrable, de esos que se saltan sin sonrojo los controles de audiencias y triplican la tasa de lo políticamente correcto. Aún a costa de hacer un poquito de realismo sucio, permítanme susurrarles en el oído que la inmunidad vírica reporta ventajas innegables, tales como el acceso sin recelo ni melindres a los casinos de juego o a los dominios web que alojan los proverbiales torrents y, cómo no, a las telecasas de lenocinio visual o páginas guarras, para entendernos. Hasta donde yo sé, no son éstas actividades ilegales en sí mismas y me consta que cuentan con una nutrida base de usuarios curtidos en troyanos, sifilazos, gonorreas y otras dolencias punto com, que estarían encantados de abonarse a un sistema operativo que les permitiera navegar con patente de corso por esas pantanosas aguas virtuales. No veo por qué esta ventaja comparativa, aunque venial y prosaica, no pueda incorporarse al elenco de virtudes y excelencias de Ubuntu y como tal ser difundida sin complejos. Igual que no tiene sentido tachar de pesetero o roñoso al que encuentra atractiva la gratuidad de Ubuntu, tampoco debiera deducirse que quien preste oídos al argumento que aquí se propone sea un putero, un ludópata o un saboteador... O sí, pero allá cada quien con sus pareceres.

En tercer lugar, Ubuntu cuenta en todo el mundo con una extensa red de usuarios que, por la razón que sea -yo aún no lo tengo claro- se empeñan en quebrar una y otra vez las leyes de la lógica mercantil, proporcionando e intercambiando asesoría y conocimientos sobre el sistema operativo de Torvalds/Stallman a cambio de nada. Una masa de Gente Anónima que incomprensiblemente sacrifica su precioso tiempo en el noble empeño de desfacer entuertos, aliviar cuitas y prestar la ayuda que sea necesaria para solucionar las cagadas del usuario novel y -por qué no reconocerlo- las deficiencias del sistema, que también las tiene. Entendámonos: si usted se compra un utilitario para ir a trabajar y acercarse con la familia a la playa o copular con su pareja en el asiento de atrás, usted sabe positivamente que no se ha comprado el Ferrari de Fernando Alonso que; entre otras cosas, carece de asiento de atrás. Y no hace falta que algún conocido se lo recuerde con ánimo de polemizar disfrazando de desventajas lo que sencillamente no es más que ausencia de prestaciones de rendimiento extremo y utilidad marginal casi nula. O dicho de otra forma: si usted es de los Improbables Lectores que se lamentan amargamente porque el programa para renderizar fractales incluido en Ubuntu no cuenta con ésta o aquélla funcionalidad que sí tienen determinados programas de pago, entonces Ubuntu tal vez no sea para usted o, sencillamente, es que no ha buscado lo suficiente... Bueno, el caso es andaba yo quitándome el sombrero delante de la masa de Gente Anónima que se parte el pecho por el prójimo informático, lo cual me consta porque yo he sido -y aún soy- prójimo informático y grumo de esa masa bondadosa que, a otro nivel, aún me hace albergar esperanzas de futuro para esta humanidad de lobos en crisis. A los hechos me remito, para lo cual, y si tienen interés, les recomiendo se den una vuelta por aquí.

Me consta que llevan años gastándose un pico de dinero en adquirir licencias de sistemas operativos privativos o bien ahorrándose ese pico de dinero chuleándole de matute esas mismas licencias a determinadas multinacionales omnipotentes. No se engañen: Esas multinacionales saben quienes son ustedes y se han quedado con su cara (o con su IP), pero hacen la vista gorda por la sencilla razón de que, en el fondo, no están más que adiestrándoles en el uso de tecnologías de pago privativas, recortando primero y puliendo después sus aptitudes informáticas para hacer de ustedes piezas que encajen sin fisuras en el rompecabezas empresarial del sector terciario. Empresas como Microsoft o Apple no son en el fondo más que la encarnación de una perversa metonimia cultural de proporciones universales donde la parte está a punto de suplantar con éxito al todo. Es por ello por lo que quisiera recordarles que, además del alféizar de las ventanas de William Gates Tercero, existen otras formas de asomarse a la pantalla de su ordenador. Y, por cierto, la manzana no es la única fruta del jardín. Desde aquí les invito a que salgan a conocer mundo, a buscarse la vida virtual. No se arrepentirán.

Ustedes, estimados Lectores Improbables, tienen elección. Ustedes pueden. No se me amilanen anticipando dificultades y retos tecnológicos insalvables; no hace falta haber superado máster en bioingeniería para que uno sea capaz de manejarse a sus anchas en el entorno intuitivo y amigable que les proporciona Ubuntu. No obstante, sí es cierto que existe un requisito indispensable que deben cumplir a priori para congraciarse con el sistema, y éste consiste en dominar el arte de copiar primero y pegar después cadenas de texto en un pequeño televisor o "Consola" que no es más que una pequeña ventana negra receptora de instrucciones o comandos específicos a través de la cual, y entre otras cosas, podrán apañar esporádicos desajustes. Para que me entiendan, si un buen día les duele la cabeza, no tienen más que bajar a la farmacia y adquirir una caja de aspirinas. La posología es sencilla como el asa de un cubo: abren ustedes la boca y se administran la píldora de ácido acetilsalicílico. Considero que a ninguno de ustedes le ha producido mayor angustia ni remordimiento el desconocer los procesos industriales que conducen a la fabricación de la aspirina (“el ácido salicílico y el anhídrido acético se alimentan a un reactor de acero inoxidable. La temperatura debe mantenerse a menos de 90ºC, con buen control de temperatura a lo largo del ciclo. Tras dos o tres horas, la masa de reacción se bombea a un filtro, y de allí a un cristalizador, donde se mantiene a 0ºC. Los cristales obtenidos se centrifugan, lavan y secan (0'5% humedad); el licor madre se recircula (...)”. Ustedes se conforman con saber que al rato de haberse administrado un pastillazo por vía oral probablemente se sientan mejor, y dejan el por qué y las razones de fondo en manos de la farmacopea y la química, que bastante tienen ya con currar y ser expertos en lo suyo, que es con lo que a fin de cuentas se ganan el sustento. Bien, pues en el caso de Ubuntu este razonamiento es, o debiera ser, sustancialmente el mismo. Pongamos que a alguno de ustedes esta entrada le ha pillado con las convicciones laxas y la mente abierta y lubricada, así que decide descargarse Ubuntu e instalarlo en su portátil o en su ordenador de sobremesa, lo cual le llevará unos veinte minutos en el peor de los casos. Dicho y hecho: Tras arrancar el ordenador e indicarle que no desea ponerlo en marcha a las órdenes de El Otro Sistema Operativo, empieza a trastear con el bicho y no pasa mucho tiempo hasta que descubre que usted no es capaz de reproducir música en formato mp3. El remedio es simple: abra usted la mentada Consola y, aunque le suene a chino, no se agobie y teclee sin miedo el siguiente remedio: sudo apt-get install ubuntu-restricted-extras. Ahora pulse Enter. Al Igual que la aspirina es mano de santo para el dolor de cabeza, esta suerte de galimatías obra milagros cuando de reproducir archivos mp3 se trata. En Ubuntu, la solución para la mayor parte de los problemas del usuario corriente y moliente reside, simplemente, en copiar primero y pegar después en la Consola ciertas fórmulas arcanas, cual si de un hechizo de Harry Potter se tratara, como la que acabo de reproducir más arriba, que le serán revelados tras una simple búsqueda en Google. En resumidas cuentas, lo que quisiera dejar claro aquí es que la falta de conocimientos informáticos especializados no debiera ser motivo o excusa para que ustedes den por imposible la tarea de instalar y después manipular Ubuntu a sus anchas, salvo que también se les antoje insuperable combatir la jaqueca mediante la ingesta de una aspirina cuya génesis y funcionamiento no alcanzan a comprender del todo.

Existen también razones de índole ética por las que no sólo ustedes, estimados e Improbables Lectores, sino también los restantes seis o siete mil millones de personas que aún no han visitado este Blog, debieran utilizar Ubuntu u otros derivados de GNU/Linux en lugar de los actuales sistemas privativos de pago. De eso sabe bastante un hombre con aspecto de Jesucristo cervecero llamado Richard Stallman, que desde comienzos de los ochenta anda defendiendo a capa y espada la idea de “software libre”, que es toda creación de software sobre la que no se imponen trabas de índole legal o económico, de tal forma que quienes la usen puedan hacerlo en el sentido más amplio del término; esto es, copiarla, estudiarla, modificarla y distribuirla a sus anchas. El ideario que defiende Stallman es relativamente complejo, o al menos va más allá de las pretensiones lúdico-divulgativas de esto que aquí escribo, así que me conformaré con decirles que a mí me parece una muy buena cosa que nadie acapare o esté en disposición de acaparar, al abrigo de las leyes, aquello sobre lo que se sustenta gran parte de nuestro futuro; porque al final siempre es lo mismo: Los que pagan tienen futuro y los que no, aunque quieran y lo merezcan, que la chupen y sigan chupando, que diría Maradona.

Para terminar, les diré que Ubuntu es una palabra hermosa. A mí me gusta más que Querétaro. Ubuntu se nos aparece en la imaginación sin apenas esfuerzo: un lugar exótico y hermoso; un capricho de jeque viajero, lejos de bodorrios reales de conveniencia, tragedias griegas, desfalcos institucionales, excesos dionisiacos, psicópatas noruegos, Dominique Strauss-Kahn y demás postales desoladoras con las que cada mañana nos desayunamos sin excepción. Si usted, amigo Lector Improbable, está en paro o de vacaciones -o ambas cosas- no se lo piense dos veces: descorche su mejor lata de cerveza, dele gusto a su viejo portátil (con Ubuntu le funcionará más rápido, se lo aseguro) y póngase manos a la obra:


Sin más, este Usuario Razonablemente Infeliz les desea pasen un agradable verano de siestas, diletancias y remojos.


La canción de hoy, especialmente recomendada para purgar con eficacia las secuelas del stress pre-vacacional:

17 de junio de 2011

El Ninja de Los Caños

Andaba yo tumbado sobre las mullidas arenas de una playa de Cádiz, hace dos o tres semanas... Quiero decir, para ser más exactos, que yacía yo postrado panza arriba encima de un pareo étnico de colores desplegado sobre las mullidas arenas de una playa nudista en los Caños de Meca. Aclaración necesaria para el caso de que mis Improbables Lectores hayan imaginado que quien esto escribe tiene la costumbre de desplazarse trabajosamente a cuatro patas como un Gollum cualquiera en busca de su tesoro. Aunque tal vez pudiera deducirse de la lectura de entradas anteriores de este blog, les aseguro que no es así, que (discapacidades mentales al margen) soy un bípedo normosómico del montón.

El caso es que disfrutaba yo de un mediodía de agosto en la playa, a comienzos del mes de mayo....

[NOTA: aquí, el presente se difumina; empiezan Vds. a leer mi voz en off mientras viajan al pasado reciente de este cronista Razonablemente Infeliz, que ahora se les aparece setecientos kilómetros al sur de la península, semi desnudo y embadurnado de protector solar de saldo, casi reflectante, en un mundo Technicolor donde reinan la toalla y el tinto de verano, y el estar mojado o estar seco marca el límite de la trascendencia de las cosas, como un Ser o No Ser apto para todas las edades mentales.]

...repantigado encima del pareo étnico, mi miniyo pudorosamente oculto bajo la licra del bañador, mientras a mi alrededor, por contra, todo es carne trémula en pelota picada. Deslumbrado por la luz, entrecierro los ojos debajo de la visera del gorrito mientras medito con perezosa lascivia sobre las virtudes y miserias del tetamen de la muchacha que retoza con su pareja unos metros más allá, casi al borde de las olas, dóciles tras la tormenta de la noche anterior. Un par de tetas rotundas y salvajes recién salidas del agua, pero que con el correr de los minutos han perdido gran parte de su atractivo, recalentadas al sol y, finalmente, reblandecidas hasta la derrota por esas cosas de la gravedad inexorable (a lo que probablemente también contribuya el manoseo desganado de su pareja). Qué tristeza contemplar cómo unos pezones netos, oscuros y disciplinados mutan y se tornan desvaídos, derrotados e imprecisos. Regresa sin demora, muchacha, pienso yo, regresa al agua salada y no retornes hasta que todo vuelva a estar en su sitio... La muchacha tiene las piernas cortas y el pubis rasurado con la melancolía geométrica de una tira de cinta aislante.

Entre calada y calada dejo transcurrir plácidamente la mañana desde el balcón de mi gorro,  mirando a los bañistas pasear por la orilla como Dios los había traído al mundo: cuerpos musculados hasta la deformidad tras demasiadas sesiones de gimnasio, carnes tatuadas con mejor o (generalmente) peor fortuna, sexos de ambos sexos depilados con esmero anatómico-forense que me traen a la cabeza palabras como “glande”, “vulva” o “prolapso”, barrigones cerveceros, sirenas de biomanán y neptunos de clembuterol. Al fondo, el mar y el cielo, cada uno azul a su manera, restan importancia a todas las cosas.

Por el único acceso medianamente transitable entre la escarpa de rocas y pinos que protege la playa desciende hasta la arena una comparsa de adolescentes, todos ocultos tras enormes gafas de sol de patilla gorda. Uno de ellos, embutido hasta los tobillos en un bañador-toldo de pesadilla hawaiana, se acerca hasta donde yo me hallo y me pide fuego con acento andaluz para el porro que lleva en la mano. En la otra porta un móvil que supura una melodía ratonera. Saco el mechero de la mochila, se enciende el porro y luego se aleja en pos de su cuadrilla dejando tras de si una estela de música y humo adulterado.

A ratos, no sucede nada, pero yo tampoco me decido a retomar la lectura del ensayo de Slavoj Žižek porque lo abra por donde lo abra, el libro se empeña en amargarme las vacaciones. Después de leer cosas como “(...) en pocas palabras: la alborozada logomaquia deconstruccionista enfocada en el esencialismo y en las identidades fijas lucha a fin de cuentas contra un hombre de paja -lejos de contener algún tipo de potencial subversivo, el disperso y plural sujeto (...)” a uno se le queda la autoestima por los suelos y se acuerda de ladrillo de Stieg Larsson que se dejó Madrid en un arrebato de soberbia intelectual. En fin, a pesar de nuestras limitaciones, fumemos. El plural mayestático siempre es consolador. Fumo y observo pensativo la línea del horizonte con las piernas cruzadas y la estética de un Buda que ha conocido mejores tiempos. El horizonte, como un encefalograma plano, es una metáfora perfecta de mi estado mental. No soy más que un trozo de carne que mira y respira. Om.

En plena pájara existencial deshago la postura místico-gallarda antes de que aquello degenere en una lesión de fisioterapeuta y aprovecho para reorientar el cuerpo anquilosado sobre el pareo, de forma que vuelvo a enfilar la mirada hasta las rocas desde las que se accede a la playa. Al cabo, entra en escena una pareja de holandeses con dos querubines rubios plagados de mocos. Llevan consigo una batería de complementos veraniegos muy vistosos y aventureros, de aspecto ecológico. Ella es pecosa, frisosajona, contundente, y luce unos gemelos que ya quisiera para sí un futbolista de primera división. Él, sin embargo, es rubiajo a medio cocer y mas bien delicadito, por no decir enclenque, lo que me hace pensar en ella como autora carnal directa y en él, en un discreto segundo plano, como el mero inductor intelectual de los dos mocosos que ya corren, chillando de júbilo, hacia el agua. Pasan de largo los holandeses y sus bártulos en busca de un pedazo de playa que colonizar; algo así como poner una pica en Flandes, pero al revés; y más fácil, pienso yo si trocamos pica por sombrilla y nacionalizamos el chemin des Espagnols... En estas disquisiciones trascendentales me hallo sumido cuando, de repente, un bulto inmóvil al filo de una roca llama mi atención. Por la forma y volumen y, sobre todo, por las gafas de espejo con montura azul que rematan el conjunto, podría asegurar que lo que hay debajo de la palestina de cuadritos rojos y blancos es una cabeza humana, como una especie de versión macarra-revolucionaria del Hombre Invisible. No soy el único que se ha percatado de la situación. La dueña de las tetas deflacionarias y su pareja han dejado en suspenso los escarceos amorosos y ahora también observan con curiosidad. El sol se refracta con intensidad castrense en los cristales de las gafas y resalta con violencia cromática el colorido de la palestina. Con un balanceo sutil a uno y otro lado la cabeza mercenaria inspecciona pausadamente el entorno que, militarmente hablando, carece de relevancia estratégica: los mocosos holandeses juegan a su bola en la orilla y un perroflauta renegrido y flaco, cargado de rastas, piercings y tatuajes diversos atraviesa la escena a grandes zancadas y se va perdiendo de vista casi al tiempo que las olas borran sus huellas.

Al volver la mirada hasta las rocas compruebo que la situación ha cambiado. A la cabeza mercenaria se suma ahora medio cuerpo completamente tapado por una camisa de manga larga estampada con grandes cuadros verdes, abotonada hasta el cuello y las muñecas; una camisa de esas de franela con estética de leñador que se amontonan en los saldos y rebajas de los grandes almacenes en cualquier época del año. La cabeza continúa pivotando con suavidad mientras el resto visible permanece inmóvil, los brazos separados en tensa alerta, las manos desplegadas fuera de los puños de la camisa. El conjunto me recuerda ahora a una especie de neotuareg fundamentalista de colores chabacanos. De repente, todo se precipita. Dos saltos consecutivos para encaramarse primero a la roca y, desde allí, cuajar un aterrizaje de impacto sordo sobre la arena, cuya onda expansiva ha transformado en viñeta de cómic la realidad circundante en un perímetro de diez metros a la redonda. Al fin revelado en todo su esplendor, este inclasificable action-man ahora posicionado en actitud de combate contra nadie en particular luce un foulard con el que ciñe a la cintura la camisa de cuadros verdes. Bajo los faldones de la camisa, remata el conjunto un par de calzones de neopreno oscuro ajustados hasta los tobillos y  escarpines a juego.  Al fondo, el fru-fru monótono de las olas y los chillidos lejanos de los críos retozando en la orilla subrayan la incongruencia sublime del momento. Nuestro hombre, ligeramente encorvado, inicia un movimiento evasivo lateral que yo definiría como una mezcla entre el trote de los cangrejos y el crusaito de Rodolfo Chiquilicuatre. Sin dejar en ningún momento de escrutar el entorno tras las gafas, tal vez en busca de un archienemigo que se retrasa, esta leyenda urbana continua su desplazamiento escorado y se aleja por idéntico camino por el que minutos antes ha desaparecido el perroflauta. Aquí nadie ha dicho esta boca es mía.

Calculo que transcurren unos sesenta segundos estupefactos (no sólo la lectura de Slavoj Žižek me provoca episodios de bloqueo mental) hasta que por fin enderezo el timón de la realidad. La pareja de tórtolos nudistas parece comentar lo sucedido entre risas mientras dirigen insistentemente sus miradas al lugar por el que se pierde el rastro del del Ninja de los Caños. Me enciendo otro cigarro solitario. Los cigarros saben peor en la playa y se consumen muy rápido, no me pregunten por qué.

El tiempo se me escurre suavemente como arena entre los dedos mientras la playa se va llenando poco a poco de tópicos como un retablo luminoso y seriegrafiado hasta la devaluación: Surferos de poca monta, clanes de lugareños cargados con neveras, sillas de tijera, una sombrilla y la abuela enlutada de rigor (qué opinará de los nudistas), mirones con aspecto apaletado, turistas de la tercera edad desprovistos de ropa y de complejos y, por supuesto, tipos como yo, que han agotado su tiempo narrativo y ahora precisan regresar a la pantalla de sus ordenadores portátiles o de sobremesa, para lo cual les diré que, al abandonar la playa de regreso al hotel un par de horas después, me encuentro, semioculta en la arena, casualmente en las inmediaciones donde había aterrizado el Ninja, una bolsita parecida a esas en las que los ciudadanos mansos y responsables depositan las heces de sus mascotas, pero adornada con logogramas orientales. ¡Ah -me digo- mi pasaporte de vuelta al blog! Cojo la bolsita con una mano, la levanto por encima de la cabeza y la estampo con fuerza contra una roca. La bolsa explota con impacto seco y, como no puede ser de otra forma en estas historias, me veo rodeado por una densa nube de humo verdoso... etc.

La canción de hoy, de tambaleo veraniego. A colocarse y al loro, estimados Improbables Lectores

13 de mayo de 2011

Frikis

Hoy día los frikis son legión, lo cual en cierta forma se da de cabezazos contra el significado original del término entendido como anomalía, rareza o renglón torcido de Dios. Cuatro décadas atrás, el coleccionista de pelos de coño, el tonto de los palotes, el turista de camposantos o el asesino de cucarachas en serie malvivía ignorado por el resto del mundo, alimentando subrepticiamente sus manías impresentables en la oscuridad de su gusanera mientras el resto de la peña andaba engolfada en lo suyo; es decir, en el deporte bien entendido, el sexo decúbito supino, las drogas populares y el Rockanroll de tachuelas y melena. Los frikis entre tanto cultivaban amorosamente sus desviaciones singulares con el pundonor sectario de quien se sabe rara avis en un ecosistema hostil plagado de inquisidores, murmuradores, husmiajos y cotillas en estado de alerta permanente, sabedores de que vive y deja vivir nunca ha sido un aforismo especialmente popular entre los borregos y borregas del rebaño. Cierto es que de todo tenía que haber en la Viña del Señor pero, entendámonos: de todo tipo de uvas. Las guindillas no contaban.

Los frikis de la era analógica disponían de un pequeño foro sepultado entre las páginas de la revista cultural Hola! en el que reivindicaban sus causas estrambóticas (las políticamente correctas) debajo de los epígrafes Para Gritar, Para Reír o Para Llorar, aunque tal vez lo que más invitara al grito, la risa o el llanto fuese la pésima calidad de las fotografías que pretendían dar testimonio gráfico de lo increíble pero cierto: el blanco y negro desvaído y granuloso de contornos imprecisos que llevaba a miles de amas de casa a albergar dudas razonables sobre si los sixtillizos de Bloomington, Kentucky no eran en realidad mas que la fotografía traspapelada de los chopitos encebollados en el recetario de la sección contigua de la revista.

Los frikis de antaño acaso soñasen con que un buen día llamara a su puerta el Sr. Guinness para homologar sus excentricidades en el inventario universal de chaladuras coleccionables, acopios titánicos de insignificancias o mierdecitas sin más sentido que su propia multiplicidad desmesurada. El Sr. Guinness les daría, por fin, la razón, y con ella un cheque de cinco mil Dólares o al revés que en el fondo lo mismo da, puesto que desde tiempos inmemoriales es bien sabido que razón y dinero resultan ser elementos absolutamente fungibles en este nuestro mundo de viñedos y guindillas.

Con el advenimiento de la Era de Internet las cosas han cambiado. Y mucho. Todos sin excepción nos hemos vuelto un poco más mentales, porque sólo mentalmente es posible empezar a colonizar el espacio sin límites que la Red despliega ante nuestros ojos incrédulos. Blogueros, pederastas, poetas, mercachifles, prostitutas, editores, fumetas, oráculos, terroristas, curas, ideólogos, cocineros, políticos, espiritistas, desempleados, traficantes, anoréxicas y las madres y las abuelas de todos ellos se apresuran a ocupar un nicho visible en el vasto microcosmos virtual salpicado de ceros y unos como polvo de estrellas infinito, ingrediente básico con el que cocinar el recetario de los sueños o las pesadillas de cada cual.

También los frikis del nuevo milenio han encontrado en el pastizal de la Red territorio fértil en el que procrear y alimentar sus exotismos marginales o, dicho de otra forma más prosaica, un Gran Coño Planetario capaz de insuflar vida y sentido al desecho de cualquier paja mental, por improbable que pueda éste parecer. No tienen ustedes más que conjurar al algoritmo de Google y teclear al azar, por ejemplo, “coleccionismo de ojetes”, “mi menopausia”, “manual del ninja”, “palíndromos largos”, “enamorada de mi hermano”, “chistes de Chuck Norris” o “como depilarse los testículos”. O lo que se les ocurra, que colores hay para todos los gustos. En un mundo alternativo todavía por estrenar los neofrikis ya no tienen reparo en proclamar a los cuatro vientos sus pasiones antaño inconfesables a sabiendas de que en todos los casos serán fervientemente coreadas o amargamente denostadas, da igual,  por una masa de seguidores hastiados sin nada mejor que hacer que rellenar tiempos muertos navegando a la buena de Dios, allá donde el ratón les lleve, entre los que por supuesto me incluyo. El resultado paradójico es la normalización mercantil del fenómeno: probablemente los ojetes coticen en E-bay, Chuck Norris revise al alza su caché por la nueva temporada de Walker, Texas Ranger y las esteticienes hagan su agosto sádico a costa de los huevos peludos de más de un metrosexual militante. Quién sabe, hasta puede que los políticos de turno, que no dan un voto por perdido, propongan algún tipo de rebaja fiscal para el colectivo menopáusico en sus programas electorales. El caso es que, una vez convenientemente digerido y regurgitado por el mercado, el frikismo bien entendido pierde sustancia, se vulgariza irremediablemente, y todo lo que nos queda es un contingente de plastas exhibicionistas que orean sus miserias de serie B a la espera de un qué me dices que los redima de su patética mediocridad generalmente plagada de faltas de ortografía.

Las guindillas se extinguieron hace tiempo y, por desgracia, ya sólo hay uvas disfrazadas en la Viña del Señor. Espero sepan disculpar a este Usuario Razonablemente Infeliz, improbables lectores, si no brinda por ello.

Hoy les dejo en compañía de Jeff Lynne y su Electric Light Orchestra que, a principios de los Ochenta,  testimoniaron en su obra Time el aquí y el ahora con cinco aciertos más el complementario.

21 de abril de 2011

Tirrias confesables (I)

O manías, o fobias, que era lo que iba a plantar a la cabeza de esta entrada, pero una vez consultadas la Wikipedia y el Diccionario de a Real Academia me doy cuenta de que, en sentido estricto, ambos términos aluden a oscuros trastornos de la personalidad en lugar del montoncito de ojerizas coloquiales a las que quiero referirme aquí y ahora. Cada cual tiene a gala sus tirrias y esconde -o es incapaz de detectar- sus manías. Con las primeras no dudamos en exhibir convencidos ante propios y extraños nuestra personalidad singular, exótica y molona. Las segundas forman parte de ese territorio personal escabroso cuya cartografía probablemente sea evidente para cualquier observador externo y, paradójicamente, terra incognita para quien las padece.

La exhibición impúdica y desenfadada de nuestras tirrias lleva aparejado el riesgo de que propios y extraños (sobre todo, estos últimos) nos consideren un poco -o bastante- gilipollas. Qué puedo decirles, es un riesgo alto, pero asumible. Salvo Roberto Carlos y tal vez un puñado de obsesos del Facebook, no sé de nadie que quiera tener un millón de amigos (sin acuerdos comerciales con el patrocinador de turno, claro está). Por el contrario, quién no conoce a más de uno que haciendo propio el legendario lema de Isabel Pantoja no ha dudado en proclamar a los cuatro vientos “yo soy esa” (o ese), le pese a quien le pese. Porque nuestras tirrias dicen mucho, y probablemente digan bien, de nosotros.

Intento hacer inventario de las múltiples tirrias latentes que dormitan apalancadas entre los pliegues de mi conciencia a la espera de que un suceso cotidiano las arranque de su letargo para soliviantarme los ánimos y me doy cuenta de que no resulta sencillo hacer una selección representativa, pero habrá que intentarlo.

Empezaré con los diálogos de oficina prefabricados o, dicho de otro modo, por ciertos intercambios verbales huecos que por lo general suelen acontecer entre jóvenes licenciados que incomprensiblemente han decidido que lo que desean hacer en esta vida es dirigir una empresa, cuanto más grande mejor, para lo cual sus progenitores, que comprenden y respaldan las abstractas inquietudes de sus cachorros, han invertido veinte o treinta mil Euros en un Máster que al parecer los prepara para ello. Los jóvenes y acicalados emprendedores generan ingentes cantidades de antimateria comunicacional en los pasillos de las oficinas y, sobre todo, durante los encuentros profesionales fortuitos en el interior de las cabinas de los ascensores mastodónticos que horadan silenciosos, a una velocidad uniforme de diez metros por segundo, las entrañas de las corporaciones:

Nudo de corbata: “Hola
Oso de Tous: “Hola. ¿Qué tal?
Nudo de corbata: “Aquí. Bien... ¿Tú qué tal?
Oso de Tous: “Bien. ¿Mucho lío?
Nudo de corbata: “Ufff. Hasta arriba. ¿Y vosotros?
Oso de Tous: “Igual... Mucho trabajo

Arrinconado en una esquina del ascensor, he sido testigo de esta misma conversación, aunque con ligerísimas variaciones, durante más años de los que quisiera recordar. A veces me pregunto si la exposición reiterada a esta suerte de antimateria pueda producir a largo plazo efectos secundarios imprevisibles. Me sorprende, por otra parte, que los científicos del CERN no hayan concentrado esfuerzos en analizar este fenómeno capaz de producir, a coste cero, bosones Higgs para dar y tomar.

Aun a riesgo de perder Improbables Lectores (son ustedes pocos y valientes), no me queda más remedio que hacer un esfuerzo de honestidad intelectual y referirme aquí a todos aquellos que se empeñan en abrazar y defender con encono causas trilladas y facilonas. A los aficionados del Real Madrid, por poner un ejemplo: gente pleonástica que se obstina en demostrar al mundo cómo arrostran los golpes y dardos de la insultante fortuna, cómo se alzan en armas contra un piélago de calamidades y, haciéndoles frente, acaban con ellas. Bardos de barrio que se ufanan, desafiantes, en cantar los triunfos de su equipo multimillonario en domingos épicos de gloria y tapa de calamares, igual que podría yo vanagloriarme de los cientos de pulgones aniquilados tras un sanguinario combate escenificado en el marco incomparable de las macetas de mi terraza y, después, malherido en combate, aún me han restado fuerzas para arrancar la anilla de un cartón de leche y prepararme un café antes de la rueda de prensa.

Más allá de los pasillos de las oficinas y el tránsito silencioso de los ascensores mastodónticos, un nudo de corbata y un oso de Tous están indefectiblemente abocados a naufragar otro domingo cualquiera de gloria bajo el fragor ceremonial de una tormenta perfecta de arroz bajo las arquivoltas de una iglesia. Nuestros protagonistas, que supuestamente ya saben dirigir una empresa, aunque de momento se conformen con hacer fotocopias, armar presentaciones en PowerPoint© o lo que se les pida (todo se andará), han decidido formalizar lo suyo, para lo cual es requisito imprescindible naufragar a la manera descrita más arriba, y hundirse después en ese océano abisal de miseria cateta que son las bodas católicas de principios de siglo veintiuno. Las bodas entendidas como negocio, con cuenta abierta en los almacenes de El Corte Inglés, limusina de alquiler y luna de miel en un gueto resort tercermundista: Todo Incluido, 2Pax, cesta de flores y transporte desde y hasta el aeropuerto en microbús con aire acondicionado. Los jóvenes emprendedores, ahora también contrayentes, contribuyen al sainete ceremonial y tajan a dúo el primer trozo de tarta nupcial a golpe de espadón de atrezzo mientras un fotógrafo mercenario, a sueldo de la parroquia, los acribilla con el flash hasta el infinito. Luego podrán llevarse el espadón como recuerdo. Los amigos y parientes, incómodamente adosados codo con codo en mesas redondas infestadas de platos y cubiertos, aplauden y gritan consignas casposas. Algún invitado sin escrúpulos estéticos, amparado en el anonimato, les ha regalado una figurilla de Lladró.

Aunque no sólo de tirrias de inspiración clásica se nutre el imaginario de mis disgustos y sinsabores. La juventud (¿divino tesoro?) también aporta su granito, sin duda: Huestes de adolescentes desorientados -probablemente por el consumo indiscriminado de cannabis, cerveza, anuncios de televisión y gominolas- se afanan en emborronar con sus garabatos mugrientos muros, suelos, farolas, bancos y demás espacios urbanos. Jóvenes deficientes y empanados que aún no dominan, y probablemente nunca lleguen a dominar, el arte elemental de hacer una O con un canuto confunden por impulso artístico la pulsión animal que lleva a los perros a mearse en cualquier esquina. Chavales que dan palos de ciego en busca de su identidad y apalean inmisericordemente el entorno mientras los críticos se posicionan ante las maldades estéticas del puente de Moneo y los cubos de Calatrava o al revés, porque a mí esas son exquisiteces del alma que igual me dan; a mí lo que de verdad me jode es deambular por una ciudad podrida de pintadas sin sentido. Y el resto no es más que discusión estéril por la conveniencia de esta o aquella escobilla de diseño en la inmundicia de un retrete de campaña.

En fin, como escribía al principio no es tarea fácil, por extensa, conjurar todas esas ojerizas latentes que emergen puntualmente y me amargan transitoriamente la existencia para luego, como un herpes, desaparecer hasta nueva orden. Si sigo al pie de este Blog les prometo regresar en algún momento indeterminado del futuro imperfecto con la segunda parte de esta crónica inacabada. Hasta entonces, queden ustedes con Dios.

La copla de hoy, autoexplicativa

3 de abril de 2011

John Galliano

No conozco a John Galliano. Quiero decir que no le conozco personalmente, como es obvio. Lo de obvio, lo digo porque soy hombre con muy poco mundo en las alforjas y mucho barrio a las espaldas. Este fin de semana, que yo sepa, no he tenido la oportunidad de cruzarme con él de paseo por el Retiro ni en mis deambulares sin rumbo por Moratalaz colgado del brazo de Beatriz, mientras especulábamos sobre la primavera incipiente en los setos, arbustos y demás mobiliario vegetal humilde y baqueteado, abandonado a su suerte, que como cada año se obstina en reverdecer entre praderas de asfalto, farolas y papeleras. Supongo que a John Galliano uno no se lo encuentra más que al otro lado de la pantalla del televisor -el que tenga televisor- o, de rebote, atrapado tras el géltex reflectante de las revistas de moda que manoseamos aburridos en las consultas de notarios y dentistas. John Galliano tiene nombre de mafioso o de funambulista. Busco y encuentro sus fotografías en la Web, cientos de ellas, que repaso sin demasiado afán hasta confirmar un patrón fisiológico, ya intuido desde la primera imagen, que me permita describir someramente al individuo cuyo nombre da título a esta entrada del blog. Me sobreviene una epifanía que ahorra esfuerzos descriptivos pero me plantea interrogantes que me causan una cierta inquietud. ¿Puede alguien encarnarse a la imagen y semejanza del personaje de una historieta?  Alguna vez he oído o leído la frase: si no hubiera nacido, alguien había tenido que inventarlo. Doy fe de la simetría paradójica, porque a Galliano ya se lo habían inventado antes de nacer. ¿Se acuerdan de Rastapopoulos, el millonario archienemigo de Tintín? Busquen, comparen, y si no tienen nada mejor que hacer, será un placer intercambiar impresiones a pie de entrada. Parecidos más que razonables aparte, me abstendré de aventurar juicios estéticos por falta de fundamento, como con casi todo en esta vida. En mi descargo, diré que los cuerpazos angelicales de las modelos siempre me han impedido reflexionar serenamente sobre toda esa enjundia artística y creativa que ha elevado el mundo de la moda a la categoría de arte. Repaso sus fotografías y compruebo cómo John Galliano se obstina, una y otra vez, en lucir en carne propia sus creaciones de fantasía. Como cabía esperar, una vez despejadas las interferencias sexuales, compruebo que la interacción del afamado modisto con las hechuras y los estampados de Dior que él mismo ha diseñado deja bastante que desear, por no decir que raya en el esperpento o que le sientan como el culo, lo que ustedes prefieran. Pero, en fin, como digo, el mundo de la moda es y será un enigma para mí mientras me mole más una teta que una camiseta.

El lenguaje es impreciso y relativo. El contexto situacional es esencial para valorar adecuadamente el alcance de la comunicación porque, sin duda, aporta significado a la misma. Por favor, no se vayan (o al menos no se vayan todavía). Esta disquisición preliminar es necesaria para entender el abismo que media entre una jeringuilla y una chuta o entre un meteorismo y un pedo. El contexto, evidentemente, importa, y sin embargo parece que últimamente todos los medios de comunicación se dedican con inusitado esmero a desconocer esta verdad fundamental a la hora de regular los criterios profesionales que tienen por objeto identificar qué acontecimientos son noticia y cuáles no. El siguiente extracto de una conversación entre John Galliano y dos chustis en el bistrot parisino La Perle y su posterior repercusión mediática (hasta yo me he enterado) da buena prueba de ello:

Chusti nº 1:
I can’t believe he said that
Chusti nº 2:
It’s not good… Are you blond… Are you blond with blue eyes?
Pisaverde Galliano:
No, but I love Hitler and people like you would be dead today. Your mothers, your forefathers, would all be fucking gassed and fucking dead
Chustis (al alimón):
Oh my God!
Chusti nº 2:
Do you have a problem?
Pisaverde Galliano:
With you – you’re ugly
Chusti nº 2:
You don’t like peace? You don’t want peace in the world?
Pisaverde Galliano:
Not with people, like ugly people
Chusti nº 2:
Where are you from?
Pisaverde Galliano:
Your asshole

Aunque por supuesto no podría demostrarlo, presumo que este intercambio de impresiones (en realidad, y si se fijan, parece más una entrevista) se habrá iniciado y acalorado hasta sus últimas consecuencias por dos razones: La primera es la soberbia cogorza nacional-socialista del modisto gibraltareño, y la segunda reside en el hecho de que las chustis y sus compañeros en la mesa contigua del bistrot sabían a ciencia cierta con quién se jugaban los cuartos y, móvil en ristre, se dedicaban a explorar y recolectar con excitación morbosa (Oh my God!) las inmundicias interiores de Galliano para después traficar con ellas en cualquiera de las sucursales que los medios de comunicación mantienen permanentemente abiertas el Mercado Global de la Carroña. Nathalie Portman, entre otros muchos aludidos por activa y por pasiva, ha aprovechado la coyuntura para clavar una medalla bien visible en el cartel de sus dos últimas producciones cinematográficas, supongo que destinada a proclamar a los cuatro vientos su indignación políticamente correcta y, de paso, ver si se anima la taquilla un poco.

El caso es que el rifirrafe le ha costado a John Galliano el empleo y, lo que a mi juicio es más degradante -hay qué ver las tragaderas que tiene la gente rica y famosa- el ingreso en una clínica de rehabilitación en algún lugar de los Estados Unidos. Rehabilitación que ha de entenderse como bajada de pantalones, penitencia, humillación o acto de contrición pública que posteriormente será convenientemente envasada y etiquetada para su venta en el susodicho Mercado Global de la Carroña, por si cuela.

Cuando empecé a escribir esto, me topé por casualidad en la contraportada de un periódico con un aforismo de Ciorán, al que al principio confundí con un jugador de fútbol comentando la última derrota de su equipo, y que luego ha resultado ser un pensador de tomo y lomo, adalid del pesimismo y por ello más que bienvenido a éste mi mundo de infelicidad razonable. Bien, pues con el beneplácito de críticos, editores y público, y sin una mala queja al Defensor del Lector (6.775.235.741 de aludidos en 2009), Ciorán tira con bala expansiva y deja las rabietas etílicas de Galliano a la altura del betún: “La gente me produce asco, tengo asco hasta de mí mismo. Deseo una destrucción completa de todo lo humano, incluidos ellos e incluido yo, ya que no soy especial ni mejor que ellos. Soy una mierda más puesta en este mundo sin mi aprobación.” Coincido con ustedes en que las comparaciones son odiosas, sobre todo cuando resultan ser el fruto obvio de la extrapolación indiscriminada, pero no deben olvidar que eso es precisamente lo ha sucedido a Herr Galliano, catapultado sin quererlo ni beberlo (bueno, esto último no) hasta el Olimpo oscuro de los Malvados. Sastre de Satanás, nuestro hombre ocupa, hoy por hoy, un dudoso lugar de honor en los altares del mal junto a Galactus, Mouriño, Judas y, cómo no, Rastapopoulos.

Por favor, deslicen ahora la mirada unas líneas más arriba y observen como John Galliano, a pesar de todo, tiene un momento de gloria iluminada, de clarividencia moral que, al menos a mis ojos, le redime de todos sus pecados. “You are ugly”, le espeta en un momento dado a una o tal vez a ambas interlocutoras o -por qué no- también a sus acompañantes, dedicados mezquina y subrepticiamente a capturar con el teléfono móvil, astutamente emboscado tras una servilleta o una copa de vino, el testimonio visual una anécdota desagradable, para después llevarla diligentemente a los juzgados y los tabloides de guardia (The Sun nunca se pone) e interponer la denuncia correspondiente ante la ley y ante sus semejantes: Ugly people. Gente fea. Gente fea interconectada con un mundo de corporaciones e instituciones grotescas, ávidas de despojos, siempre dispuestas a multiplicar la carroña hasta el infinito y convidar a sus seguidores, a esa legión de adefesios, a un nuevo festín de coprofagia mediática. Gente fea que hace bueno el dicho: Somos lo que comemos. Ahora, por favor, vuelvan a deslizar la mirada unas líneas más arriba, esta vez hasta el aforismo de Ciorán y reléanlo con los ojos alcoholizados de John Galliano.


La canción de hoy, a tono con la entrada: