20 de marzo de 2011

Demagogia

A veces me sucede que en las páginas de un libro hallo pasajes por los que a menudo he transitado durante mis devaneos mentales, pasajes que el autor se ha encargado de desbrozar y adecentar convenientemente de forma que hace redundante cualquier esfuerzo por mi parte de planificación pseudo-literaria para perpetrar una nueva entrada en este Blog. Les convido, por tanto, Improbables Lectores a que lean y tomen buena nota de la tramoya que sostiene los decorados de cualquier reñida campaña electoral, aquí, en Washington o en Calcuta:

“(…) That happened in my new job. Because of his position, the editor-in-chief was friendly with many politicians and was able to set me up for freelancing, in morcha production” Seeing the question on Maneck's face, he explained, “You know, to make up slogans, hire crowds, and produce rallies or demonstrations for different political parties. It seemed simple enough when he presented me with the opportunity”.
    “And was it?”
“There was no problem on the creative front. Writing speeches, designing banners -all that was easy. With years of proofreading under my belt, I knew exactly the blather and bluster favoured by professional politicians. My modus operandi was simple. I made up three lists: Candidate's Accomplishments (real and imaginary), Accusations Against Oponent (including rumours, allegations, innuendoes, and lies), and Empty Promises (the more improbable the better). Then it was merely a matter of taking various combinations of items from the three lists, throwing some bombast, tossing in a few local references, and there it was -a brand-new speech. I was a real hit with my clients (...)”
    “After all, the success of a demonstration is measured in decibels. Clever slogans and smart banners alone will not do it. So I felt I must lead by example, employ my voice enthusiastically, volley and thunder, beseech the heavens, curse the forces of evil, shriek the praises of the benefactor -bellow and clamour and cry and cheer till victory was mine”.
     “(...) I have learned from my experience,” he said with gravity. “Now I keep a strong-throated assistant at my side, to whom I whisper my instructions. I teach him the phrasing, the cadence, the stressed and unstressed syllables. Then he leads the shouting brigades on my behalf”

Por último, debo añadir que aunque de sobra sé que mis ilustres -e ilustrados-  Lectores Improbables hayan de ser duchos en los más variados campos del saber, pudiera suceder que desconozcan los rudimentos de la lengua inglesa. Si ese fuera el caso, y a su requerimiento, se proveerá la correspondiente traducción del pasaje de la novela de Rohinton Mistry, “A Fine Balance”, reproducido más arriba, y cuya lectura, dicho sea de paso, recomiendo fervientemente.

La canción de hoy, una pequeña joya de Jethro Tull, va dedicada a los nostálgicos de los Setenta,  a los perroflautas y, en general, a todos aquellos que, superado el primer decenio, aún no alcanzan a entender de qué va este siglo XXI, entre los que me cuento.

Cheap Day Return

P.d. Recojo aquí la amable solicitud de un anónimo Lector Improbable y hago buena mi oferta de traducir el texto referenciado:

“(...) Eso fue en mi nuevo empleo. Por su cargo, el jefe de redacción tenía buenas relaciones  con muchos políticos y podía colocarme como colaborador independiente en el campo de la producción morcha” Al ver el interrogante en la expresión de Maneck, explicó: “Ya sabes, idear eslogans, captar multitudes, y organizar manifestaciones o mítines para distintos partidos políticos. Parecía bastante sencillo cuando me ofreció la oportunidad”.
“¿Y lo era?”
“Los aspectos creativos no eran problema. Redactar discursos, diseñar emblemas -todo eso era fácil. Con los años de experiencia acumulados, conocía exactamente el tipo de palabrería grandilocuente que demandaban los políticos profesionales. Mi modus operandi era sencillo. Preparaba tres listados: Logros del Candidato (reales e imaginarios), Acusaciones contra el Adversario (incluyendo rumores, alegatos, murmuraciones, e infundios), y Promesas Vacías (cuanto más improbables, mejor). Después no había más que combinar variantes de los elementos de las tres listas, añadir un poco de verborrea, aderezar con referentes locales, y ya lo tenemos: un discurso listo para estrenar. Coseché un gran éxito entre mis clientes (…).
“A fin de cuentas, la eficacia de una manifestación se mide en decibelios. No es  solo una cuestión de eslogans con gancho y emblemas atractivos. Sentía que tenía que predicar con el ejemplo, usar la voz con entusiasmo, tronar invocando a los cielos, maldecir a las fuerzas del mal, desgañitarme alabando al benefactor -rugir y aclamar y gritar y vitorear hasta que el triunfo fuese mío”.
“(...) La experiencia me ha enseñado,” dijo con gesto serio. “Ahora me acompaña un asistente de garganta curtida al que le susurro instrucciones. Le instruyo sobre la dicción, la cadencia, qué sílabas han de llevar énfasis y cuáles no. Entonces él se ocupa de dirigir las brigadas vociferantes en mi lugar".

17 de marzo de 2011

Gatos Desalmados

Desconfiad de los gatos desalmados. Van a lo suyo. A lo que quiera que sea lo suyo. Técnicamente no pueden traicionar a sus amas puesto que nunca pactaron sus afectos con ellas. Ellas, sus amas, son esa multitud silenciosa de mujeres solitarias, independientes y modernas que malviven el tránsito hacia su madurez al límite de su sueldo en mini apartamentos en el centro de las ciudades. Mujeres en pie de guerra que acarician distraídamente a sus gatos mientras charlan y cosechan facturas escandalosas en sus teléfonos móviles de última generación.

El gato desalmado que, como digo, va a lo suyo, se refrota una y mil veces contra su ama y el resto del mobiliario del apartamento, se caga en su caja de bolitas o la observa indiferente mientras mea (su dueña) por las mañanas. El gato desalmado tiene razones insondables que sus ojos de vidrio no desvelan, razones que no incluyen el afecto ni la fidelidad, pero que tal vez algo tengan que ver con el hecho de que su dueña haya optado naturalmente por castrarlo, neutralizando así vicios y comportamientos intolerables en cualquier apartamento metropolitano que se precie de limpio y ordenado. Vicios y comportamientos intolerables también latentes en los todos hombres que desfilaron por su vida y por su cama, que no supieron -o no pudieron- renunciar a otras vidas y otras camas. Hombres inferiores, esclavos de sus desórdenes morales, que mintieron sin saberlo para fornicar, que plantaron en sus labios besos que no eran otra cosa que salivas sucias de humo y secreciones y que, por supuesto, nunca aflojaron un duro a cuenta de la hipoteca del mini apartamento metropolitano, pulcro y ordenado, del que un día se marcharon para no regresar. Por contra, el gato castrado ya no tiene razones para abandonar a su dueña, que deposita en él sin reservas afectos y caricias al tiempo que hojea el Cosmopolitan y constata una vez más con íntima satisfacción la superioridad indubitada de su género, apuntalada en la Sección de Estilo de la revista, que, como es de todos bien sabido, posee una mayor sensibilidad, capacidad de pensamiento analítico y conceptual, resistencia al sufrimiento, intuición, habilidades comunicativas, belleza, empatía, un sexo más sentido y, por si fuera poco, un sexto sentido. Todo lo cual no le impide aceptar con desganada naturalidad el dogma de fe de la igualdad que, inexplicablemente, la equipara con esa legión de amantes desertores cuyos calzoncillos danzaron la rondalla con sus prendas íntimas en el tambor de la lavadora.

Todo eso fue antes de que llegara el gato desalmado para quedarse, pacto quirúrgico de por medio, otorgando a cambio el consentimiento indiferente a lecturas, teleseries, consoladores, crisis menstruales y otras rutinas de su ama. Es verdad que, por lo general,  el gato desalmado consiente y ronronea, pero a veces discrepa, acaso por un exceso de atenciones, y le tatúa con sus garras, en los antebrazos depilados, el estigma inequívoco de una relación sin futuro.

No me fío de los gatos desalmados y, hasta que la vida me demuestre lo contrario, extiendo esa desconfianza instintiva hacia el prototipo de mujer solitaria, independiente y moderna por la que alguna vez me he sentido atraído que, inadvertida o casualmente, me ha permitido entrever la piel surcada de rasguños caprichosos bajo la manga de un jersey o, si el tiempo acompaña, las abrasiones incongruentes que cercenan la perfección lineal de un tatuaje de diseño (los tatuajes, por cierto, también me hacen recelar). Y entonces pienso, esclavo de mis bajos instintos, que tal vez no sea digno de entrar en su casa, y que ese arañazo suyo ha bastado para espantarme.

Hoy simplemente me limito a regalar -es un decir, en estos tiempos de flagrante piratería- a mis lectores improbables una canción que no guarda más relación con la entrada de hoy que el estado de ánimo propiciado por un jueves cualquiera de madrugada, tres latas de cerveza y un mendrugo de pan reseso. Que la disfruten.

6 de marzo de 2011

Los Elegidos

Somos fruto de la dictadura del azar biológico, a la sombra de una coyunda improvisada dentro o fuera del matrimonio, de un condón reventado en el dormitorio de los padres de María, o de la planificación familiar a cargo de dos adultos cartesianos, responsables y aburridos. Podemos elegir la barra de pan más o menos tostada y unos vaqueros de pitillo en lugar de unos chinos, periodismo o filosofía, Barcelona o Atlético de Madrid, pero a la hora de la verdad, cuando verdaderamente importa, nadie nos pregunta si estamos dispuestos a jugarnos los cuartos en este mundo con las cartas que nos han tocado en suerte, así que no nos queda más remedio que tirarnos al ruedo con  veintitrés parejas de cromosomas de mano y todo el pescado vendido. O casi todo: Si dejamos aparte el genoma, el resto no van a ser más que disgustos y callos, cicatrices de profundidad variable y otros extras que, a la postre, no modifican el hecho incontestable de que la vida en su versión más básica no es más que rodar y desgastarse dando tumbos por los caminos hasta que finalmente, de una u otra forma, llega el reventón definitivo y uno se cae con todo el equipo para no volver a levantarse. Vivir no es elegir, digan lo que digan.

Haputale es un pueblo dejado de la mano de Dios en algún lugar de Sri Lanka. En el recuerdo, Haputale fue un lugar triste de paso, dos noches de lluvia bajo una mosquitera repleta de manchas  de sangre antigua y costurones a la luz de un bombillo costrado de polvo. Había un mercado con los puestos colmados de frutas macilentas y piezas de carne oscura, plantificados al pie de una red de canalones jalonados de vísceras en descomposición y líquidos turbios en el que los lugareños compraban las provisiones que por la noche, seguramente, acabarían maceradas en curry a tiro de tenedor en el plato del turista. En mi plato, por ejemplo. Comprenderán, o tal vez no, que aunque hayan pasado más de quince años, Haputale sea un lugar inasequible a mis nostalgias de viajero.

Tras una lucha encarnizada para adquirir un billete salvador en el caos colonial de la estación, conseguí abandonar el infausto lugar dentro de un vagón atestado de bultos de colores y lugareños de piel ahumada. Mientras el tren se alejaba, reflexioné desde la distancia del que se sabe libre e invulnerable, acorazado tras las divisas y el salvoconducto de un pasaporte de la Unión Europea. Imaginé cómo continuarían las vidas de toda esa miriada de personajes secundarios, los náufragos de Haputale, que dejaba atrás y que nunca volvería a ver:  Náufragos Abandonados a un porvenir anodino en la legendaria tierra de las especias pero no de las oportunidades. Sin combustible, con veintitrés parejas de cromosomas en la mano y un sofisticado mapa genómico; un calco del mío o del de cualquiera de ustedes, improbables lectores, por poner un ejemplo. La vida les había dejado tirados en una carretera secundaria, lejos de cualquier parte. A nosotros siempre nos quedará París, y a ellos el mercado y las moscas. E la nave va, mientras no se hunda.

Yo no lo sabía, aunque lo imaginaba, en abstracto. Gracias a la Wikipedia he podido confirmar mis sospechas: Mariano Rajoy Brey es nieto de Enrique Rajoy Leloup, uno de los redactores del Estatuto de autonomía de Galicia en 1932, y es hijo del también jurista Mariano Rajoy Sobredo, presidente de la Audiencia Provincial de Pontevedra, ciudad donde creció. José María Aznar López es nieto de Manuel Aznar Zubigaray, periodista, político y diplomático navarro e hijo del también periodista Manuel Aznar Acedo, que durante la dictadura ocupó diversos cargos en organismos de radiodifusión y propaganda. Sin duda, hombres con pedigrí: hidalgos impecables del siglo XXI. No los conozco personalmente, aunque supongo que ambos deben de ser amenos conversadores, de trato cordial, aunque salvando las distancias, y que en los cursos de verano del Escorial le convidan a uno al café o aforan la comida en el restaurante de turno si es menester, porque nobleza obliga mientras la Visa aguante. En definitiva, gente ilustrada de bien que seguramente opinará sin reservas, al alimón con sus diez millones de votantes, que la caridad bien entendida empieza por uno mismo, que es el que a fin de cuentas se lo ha currado en esta vida, tan puta ella, para llegar donde ha llegado, lo cual a mí no me cuadra demasiado por la sencilla razón, esto último lo suele decir mi padre, de que para llegar a la Moncloa no se puede salir de Haputale.

El mundo rebosa de artesanos del propio porvenir; de hombres y mujeres que traen a gala el haberse fabricado a sí mismos: vencedores de su oposición, doctores laureados, empresarios de éxito, prestigiosos homosexuales, políticos de renombre, aclamados restauradores, todos ellos indefectiblemente aferrados con uñas y dientes a sus merecimientos. Hombres y mujeres con mando en plaza, ejemplos a seguir. El triunfo mal entendido tiende a retraer injustificablemente los límites de la solidaridad, al tiempo que engrosa las listas de votantes de centro derecha, en la medida en que la ideología ofrece un territorio moral fácilmente colonizable por quienes se resisten a creer en su buena suerte y, en cambio, depositan todo el peso de sus convicciones en el espejismo del esfuerzo personal, garante del orden y la inviolabilidad de sus derechos fundamentales consolidados que, entre otros, incluyen el de hospedarse en un parador nacional, protestar por el alza de los impuestos o las comisiones bancarias, denostar el despilfarro de la sanidad pública y anatemizar la política de inmigración del gobierno de turno.

Primus inter pares del montón que si alguna vez transitaron por Haputale, probablemente en el vientre de un microbús con aire acondicionado, tal vez hiciesen un apunte mental, incluso tomaran una pequeña nota auxiliar a pie de página del diario de viajes adquirido en una franquicia del Coronel Tapioca, para apuntalar la experiencia personal sobre el terreno de un mundo exótico y disfuncional, de una realidad sucia y triste, casi extraterrestre.

Mementos del tercer mundo evocados en charlas intrascendentes durante las sobremesas de pacharán y licor de hierbas en esos cursos de verano del Escorial, a la mayor gloria del aventurero-ponente curtido en turismos del Capitán Saimaza.

Aunque, como escribía al principio, vivir no es elegir, qué duda cabe de que ellos son los elegidos. Brindaremos, pues, por el Capitán Saimaza que anida en el corazón de aquellos diez millones de votantes. Hoy por hoy, el mundo les pertenece.



El tema de hoy, a cargo de María "La Mala" Rodríguez, exaltará sin duda los ánimos de tantos y tantos Capitanes Saimaza como andan sueltos por ahí, sobre todo en estos tiempos de crisis. A corear el estribillo, amigos, que venceréis, pero no... etc. 

19 de febrero de 2011

Lluvia

Cada vez leo menos los periódicos. Cada vez escucho más música en el bunker en que se está convirtiendo mi casa, a pesar de que sea un ático. Enterrado en las alturas, sospecho entre canción y canción que ahí abajo se debe de estar librando una guerra que hace tiempo que no va conmigo. Me ha pillado medio viejo, sin televisor y con un puñado de prejuicios que han derivado en confortables convicciones sobre  las que cimentar esta vida mía irremediablemente averiada, como es natural en todo aquello que funciona veinticuatro horas al día, siete días por semana, trescientos sesenta y cinco, etc. No sé si a ustedes les sucederá, pero cuando llueve, como ahora llueve y sin embargo es de día, el estéreo suena sucio, mortecino (híbrido de “muerte” y “tocino”) se ponga lo que se ponga, las lecturas dramáticas repugnan, las cómicas no tienen gracia y los versos más certeros no son más que letra impresa en pulpa de papel reciclado. En la semipenumbra forzada por las condiciones atmosféricas, encender la luz es claudicar deshonrosamente ante la evidencia de que Dios nos ha colado por la patilla un atardecer de saldo a deshoras, de acelga hervida con patatas y zanahoria, de siesta a destiempo. El cenicero rebosa prematuramente de colillas mutiladas y cenizas blancuzcas y, por un momento iluminado, le doy la razón a Donna Summer y su coro de violines desangelados: Spring was never waiting for us dear, it ran one step ahead, as we followed in the dance; el resto no es más que  chunda-soul de finales de los setenta, mis rodillas intactas y todo por descubrir. Entramos a saco en la cacharrería de la vida como una troupe de elefantes descerebrados y triunfadores. Barra libre y tanto que romper que no podemos imaginar que un buen día el chollo se acabe. Toca pagar los platos rotos. Lo que, por cierto, me devuelve a esta mañana mediocre de sábado sin expectativas de ninguna clase. Ha parado de llover. Aunque deje de escribir esto, tengan por seguro que este elefante, confortablemente atrincherado entre sus añicos, no se irá a ninguna parte.

16 de febrero de 2011

Reciclaje

Cada vez que termino de escribir una entrada en este Watiblog me sucede lo mismo: Nunca consigo -ni de lejos- rematar el resultado a mi gusto; niquelar ese Proyecto Perfecto que de repente me sobreviene con el rollo de papel higiénico en ristre, extáticamente cautivado por ciertos culos en las escaleras del Metro de Madrid o a mitad del tercer sorbo del café de la mañana. Por desgracia, la inspiración nunca me pilla aposentado delante de las teclas del portátil, siquiera para maquetar apresuradamente un esqueleto de las tres o cuatro ideas que luego se hubieran convertido en el Proyecto Perfecto de vaya usted a saber qué, pero Proyecto Perfecto a fin de cuentas. Tiro de la cadena, los culos gloriosos me dan esquinazo o arrojo el vasito de poliestireno a la papelera. Y mi vida continua. Una vida que, como todas las vidas, se empeña en fluir inexorablemente como un río o como una cloaca, según se mire, y el bañista -o sea, yo- llega otra vez mojado a su casa con su Perfecto Proyecto perfectamente empapuzado de contingencias irrelevantes. Prostituido, emborronado, arrugado, irreconocible al cabo de un día largo y jodido en el que, como de costumbre, no ha sucedido nada que no hubiera sucedido ya en otro río o en otra cloaca similar, aunque no idéntica. No idéntica, porque supongo que ahí reside precisamente la sutil diferencia entre un martes de duelos y un miércoles de quebrantos.

Enciendo el ordenador e intento restaurar mi malogrado Proyecto Perfecto al trasluz del cátodo blanco. Lo repienso panza arriba, lo revuelvo del revés, lo remezclo con cualquier banda sonora, lo rememoro y me lo replanteo. Me doy cuenta de que llevo más de una hora transitando por la cloaca y que la cosa no tiene arreglo. Tal como éramos, tal vez fuimos, pero ya no somos, y yo me cago en el devenir y en el sudario blanco e inmaculado, tamaño A4, del procesador de textos; un sudario a la espera del muerto aún por llegar. Si desenfoco la mirada, puedo intuir los contornos mi reflejo desvaído superpuesto sobre la pantalla desplegada del portátil. La frustración deja paso al aburrimiento, el aburrimiento, a una lata de cerveza; la lata, a un cigarro, el cigarro a un viaje a la nevera, acaso una escala técnica en el mueble de los compactos y, después, el eterno retorno a la silla de oficina azul y al reflejo desenfocado, al ensimismamiento y a la pregunta trascendente del millón: Por qué coño hago esto.

Sé que no quiero o no puedo o, mejor dicho, no debo intentar buscar respuestas, principalmente porque, aunque resulte tentador, no deseo conocerme a mí mismo más de lo estrictamente necesario para ir tirando de un día para otro; no vaya a ser que no me caiga bien y parda la hayamos liado. Y paso palabra.

Llegados a este punto mis escasos e improbables -si bien avispados- lectores ya se habrán dado cuenta de que este revuelto de consideraciones variopintas que hoy les ofrezco no son más que los duelos y quebrantos de otro Proyecto Perfecto que se me ahogó río (o cloaca) arriba, y que no he tenido más remedio que reciclar como buenamente he podido, haciendo, como tal vez debieran decir por ahí, de tripas digestión. Monstruo de mi propio laberinto, a veces me veo incapaz de sostener la imaginación con ideas vivas y, llegado el caso, me contento con sobrevivir depredando los cadáveres de mis propios proyectos muertos; serpas cuius caudeam devorabit (hay que ver los latinajos con los que se tropieza uno en Internet). Las letras recicladas o, si prefieren, regurgitadas, tienen una consistencia mustia, viscosa y el sabor agrio de un yogur pasado de fecha. Decididamente, son poco aptas para el consumo del ojo lector que las procesa con la sana intención de pasar un rato atolondrado, una tarde cualquiera de febrero, antes de meterse en faena con las arduas tareas de recomponer fragmentos de identidad dispersa en Facebook.

Y ya, por fin, termino, en la esperanza de haber reciclado convenientemente este batiburrillo de palabras que de otra forma habría obturado irremediablemente los raquíticos canales de comunicación que, hoy por hoy, fluyen entre quien esto les escribe y los que viven, respiran y leen esto, fuera de la caverna. Como de costumbre, me sobran, exactamente, veintinueve letras. Pero eso es otra historia.

La canción de hoy está dedicada, con retraso, al lector improbable que amablemente me sugirió la temática de esta entrada, amén de mostrarme la plausibilidad culinaria de una tortilla de patata.

3 de febrero de 2011

Etiquetas

Como un tumor blanco y alargado las etiquetas evolucionan, conforme las prendas de vestir se replican a si mismas; idénticas, por millones, en una especie de simbiosis malévola dentro de un ecosistema industrial capitalista cada vez más complejo, maquiavélico, y, por qué no, casi perfecto. La perfección es amoral.

La Unión Europea también crece, y las etiquetas tumorales se hipertrofian y se pudren de leyendas prescindibles que hablan la misma inutilidad en siete lenguas oficiales además de urdú, turco, ruso o chino. No hay un francés con tres brazos ni, que yo sepa, existe el rumano bicéfalo ni la holandesa multimamaria. Igual que los cuerpos que las habitarán, las prendas de vestir están condenadas a la servidumbre forzosa del copyright de Dios, todos los derechos reservados.

Aunque existan seres humanos incombustibles (pensemos en Chuck Norris), el hombre no es una criatura ignífuga. Así de simple. A los objetos que nos rodean les sucede exactamente lo mismo. No hace falta comprender en profundidad el conjunto de procesos físico-químicos inherentes a la combustión para deducir que la brasa de un cigarrillo en contacto incidental con el algodón pakistaní de una camiseta adquirida en la ropería de Zara resultará en un agujero de contornos irregulares y renegridos que, por cierto, no podremos aprovechar para orear un palpo articulado que anduviera enroscadito debajo de la axila, por esas cosas del copyright divino. Sin embargo, los fabricantes de ropa o los fabricantes de reglamentos o los fabricantes institucionales del miedo o todos ellos a la vez, se confabulan para advertirnos, en un portentoso ejercicio de lingüística comparada a lo largo de dos eternos centímetros de etiqueta impresa en caracteres rojos de que la camiseta tercermundista, si arde, se quema: Keep away from fire, tenir éloigne du feu,  mantener lejos del fuego, tenere lontano dal fuoco, von feurer femhalten, verwijderd houden van vuur, manter afastado do fogo, trzymać z dala od ognia, tüztöl tavol tartandó, Сохранить вдали от пожара, a se feri de foc, nepribiližujte k otvorenému ohňu, håll borta frå eld, atesten uzak tutun, 远离火, يبقى بعيدا عن اطلاق النار,

Al contrario que el palpo imaginado, la etiqueta acabará enquistada, arrugada e inédita en algún rincón de la tela, al pie del monte de Venus o en los límites de la cordillera cervical, con sus jeroglíficos extraños de aspas, círculos y triángulos superpuestos, testimoniales de un mundo  pulcro plagado de planchas, lavadoras, barreños, detergentes y secadoras.

No soporto verlas desbordando las fronteras de la ropa, costuradas a las entretelas, apasquinadas al socaire de los tacones de los zapatos y, sobre todo, cuando se obstinan en privar de erotismos merecidos a sutiles sostenes, bragas breves y lycras de segunda piel.

Una noche amputé insensatamente una que campaba al otro lado del escote sudoroso de una mujer. Al calor de los focos y los decibelios atronadores aún alcancé a ver, con la etiqueta atrapada entre los dientes, cómo me miraba, entre divertida y atónita, mientras retrocedía para confundirse irremediablemente en la vorágine de cuerpos en movimiento.

- Chico, ¿me la devuelves?

La mujer sonreía al tiempo que me tendía la mano tentativamente mientras con la otra se ceñía a la cintura el abrigo desabotonado. Hacía frío y yo estaba apoyado contra la pared de la calle, unos metros más allá del portón de la discoteca. Su perfume se mezclaba incongruentemente con el aire seco de la madrugada y el sabor agrio de la mixtura de vómito, tabaco y saliva reseca que se me había instalado en la boca. Rebusqué un rato entre los bolsillos hasta que finalmente di con el pedazo de tela cercenada. Se lo dejé en la palma aún tendida, tibia al contacto de mis dedos. Tosí. Mierda de pulmones.

- ¿Cómo te llamas?

- Teresa. ¿Y tú?

- Lo siento. Las etiquetas me sacan de quicio. Diego.

Volví a toser. Ahora el que tendía la mano era yo, buscando en la suya una tregua para el desamparo culpable de otra noche de borrachera sin sentido. Buscando retenerla, aunque fuera sólo un momento.

- ¿Estás bien, chico?

- No. Y perdona que no te suelte. La verdad, preferiría no hacerlo.

Aquella madrugada me dormí aferrado a su cuerpo, la cabeza naufragada entre su pelo y los restos dulzones del perfume, al cabo de un polvo breve y desangelado. Tampoco solté las bragas de Teresa, unas bragas que nunca regresó a recoger, que nunca lavé, y que aún guardo en un cajón del armario, revueltas entre mis calcetines y la ropa interior.

Esta noche opto por desempolvar un tema de 1990 perpetrado por otro Ser Incombustible: Iggy Pop, también conocido (por motivos obvios) como la Iguana de Memphis