Se llama Roberta, forma parte del selecto Club de los Artefactos
Perfectos ideados por el ser humano: un martillo, una cafetera
italiana, tal vez un libro y, desde luego, una bicicleta. Mi
bicicleta -ya lo he dicho- se llama Roberta, y es de color negro
mate. Carece de marcas distintivas o seriegrafías agresivas. Simple,
discreta y elegante, Roberta calza llantas plateadas, aunque no
bruñidas, cubiertas de goma negra ni muy gruesas ni muy delgadas, y
en la parte de arriba un asiento de cuero oscuro con remaches de
cobre, un poco pijo, no apto para según qué tipo de culos. Apenas
dos cables interrumpen la austeridad rectilínea de sus formas. Sin
piñones, desviadores, pastillas de freno ni otros mecanismos
expuestos a la vista, se podría decir que es una máquina pudorosa.
El manillar, rematado por puños encintados en cuero negro a juego
con el sillín, dibuja un arco suave que le confiere un cierto aire
retro-deportivo, aunque por supuesto no es una bicicleta diseñada
para la competición. Sólida, hermosa y funcional, quise a Roberta
lejos de talleres, ajustes y mantenimientos, al igual -supongo-
que hubiera querido
yo verme lejos de hospitales, médicos y burocracias sanitarias. Me
acompañó al trabajo a diario durante los últimos tiempos de mi
vida profesional de corbata y nómina, y también después, en mis
otros desplazamientos por Madrid. A día de hoy, y salvo un par de
pinchazos, Roberta ha demostrado una resiliencia digna
de aplauso. Tan
es así que esta mañana (por eso se me ha antojado escribir esto) la
he llevado por primera vez en ocho años a un mecánico de bicicletas
que, tras examinarla a fondo, le ha recetado unas gotitas de
lubricante en la cadena y, extraño en estos tiempos que corren, no
me ha cobrado nada. Se me ocurren dos cosas ahora mismo: La primera
es que, de haber sido Juan Ramón Jiménez, habría podido comenzar
este texto tal que Roberta
es pequeña, peluda, suave...
La segunda es que, como
obviamente no soy Juan Ramón Jiménez, y dadas las considerables
limitaciones/discapacidades que padezco en estas cosas del escribir,
esto bien podría ser una redacción escolar; uno de esos tópicos
que el maestro o la señorita de turno encargaban escribir
a los niños, sin duda
para rellenar la hora que duraba la clase de lengua. Sea como fuere,
quede en la nube y, por tanto, para la posteridad, que una vez fui
orgulloso propietario de una bicicleta de
color negro mate, que se
llamaba Roberta, y que por
pertenecer al selecto Club de los Artefactos Perfectos sobrevivió
con holgura a su dueño, que sucumbió, como sucumben todos, a la
maldición de los hospitales, médicos y demás burocracias
hospitalarias. Memento mori.
27 de julio de 2020
23 de febrero de 2020
¿Hace ya casi un año de todo aquello?
Realmente no tengo nada que contar. A veces temo que este Blog se averíe de no usarlo, como un coche con pocos kilómetros aparcado y polvoriento en la plaza de garaje de alguien que se murió sin familia ni amigos ni nada. Hace casi ya un año de todo aquello y aunque es verdad que todo ha cambiado, todo sigue, en cierta forma, igual: la misma playa, el mismo mar, los mismos bares en invierno. Curro Jaramago sigue sonriendo a quien quiera mirarlo, con un palillo en la boca, sentado en su sillita de tijera al lado del río. Y Curro Jaramago es inasequible al desaliento porque, después de todo, no es más que una estatua de bronce. Las rutinas del expatriado, a veces placenteras y otras asfixiantes. Es
verdad, dejé de escribir cartas hace ya tiempo. Bebo menos, leo menos. Duermo más. Me duelen más los huesos; el caso -supongo- es cambiar unos dolores por otros, pero algo tiene que doler. Si publico, es porque algo me tiene que doler, porque aún no he aprendido a ser como Curro Jaramago. Estoy en ello.
22 de diciembre de 2018
Darth Vader
Permítanme que me presente. Digamos que me llamo Darth Vader y, como
es notorio, voy de luto riguroso por la vida: luto satinado, cueros
adustos, ropones de negro sable. Para mí todo lo oscuro ha devenido
en una segunda naturaleza a la que ya me he acostumbrado, mal que me
pese. Y hasta diría que le he cogido el tranquillo: la épica de las
calaveras, la estética de la muerte, el lujo entrópico, el ruido
bronco de las motocicletas pesadas… Por contraste, no soy temido a
pesar de las oscuridades, a pesar de mi poder o quizás precisamente
por eso. Acaso, y sólo a veces, incomprendido. No se crean todo lo
que George Lucas pueda haberles contado de mí o, mejor, no se crean
nada. No me imaginen rodeado de esclavos sombríos ni de sumisos y
acogotados chupatintas imperiales vestidos de gris norcoreano.
Todo falsa imaginería fabricada a la medida de los niños
impresionables y de algunos adultos un poco lelos, la verdad. La
indumentaria oscura, sí; ya les he dicho antes. Y la Fuerza
también. La Fuerza, que es la mía.
Hubo un tiempo
lejano -apenas lo recuerdo ya- en el que era yo carne doblegada,
huesos truncos y corazón triste; uno de tantos aplastados que andan
por ahí dando tumbos como sonámbulos. Quizá tuve mala suerte,
quizá busqué sin querer mi mala suerte. Encontré a quienes nunca
me quisieron o puede que nunca quise, en realidad, a quienes me encontré. Fui
bueno o imbécil o las dos cosas a la vez. Me aniquilaron
una, dos, tres veces. Me dieron tormento. Aullé en silencio, hacia
dentro, que es donde más duelen los aullidos. Sufrí creyendo
merecerlo, como sufren algunos gilipollas. Y si les acabo de decir que
apenas lo recuerdo ya, les he mentido.
Un día, se me rompió el alma, se partió la rosca que me atornillaba. Algo
sanseacabó dentro de mí. Rompí la baraja queriendo, y sin querer
me abandoné al caos de las cosas. Caí a plomo hacia ninguna parte,
hacia donde todo da igual: fui nada, y entonces fue cuando me alcanzó
la Fuerza de sopetón. Hubo un Gran Bang: exploté en infinitos
pedazos y me dispersé violentamente por el mundo, como un torbellino
de polvo enamorado, entre las cosas y las personas. Entré a saco en
el Lado Oscuro y allí vi gente llena de agujeros negros: gente que
hacía aguas por todas partes, malos rollos de dimensiones inabarcables,
cicatrices abisales, extravíos y desorientaciones, muertos reales y
muertos de opereta, ahogados en su vaso de agua o en un mar de
lágrimas, orgullos heridos de muerte, autoestimas terminales... Un
mundo desgastado por la Materia Oscura, como un gigantesco retablo
descolorido por el suceder de las cosas tristes. Debajo, cubierto
de mugre, el tapiz maravilloso y colorista sobre el que había
arraigado toda esa vida enferma. Me dije que no podía yo seguir
viviendo en medio de toda esa mierda dolorida, así que fundé doce o
trece grupos de Whatsapp, me hice socio de un club de Basket de la Liga Oro y empecé a viajar barato a cualquier parte del
mundo que se me pusiera a tiro. Y hablé. Hablé con perfectos
desconocidos y escuché, sobre todo escuché, mientras bebía como un
cosaco en este bar de aquí o en el de más allá. Bailé
hasta reventarme, bailé hasta perder la cuenta de los omeprazoles y
las aspirinas ingeridas después de tantas noches de después.
Divorciado de mí mismo fui feliz sin estar en ninguna parte, y por
todos los rincones del Lado Oscuro esparcí un torbellino de colores
que no era otra cosa que la Fuerza. Mi Fuerza, una y otra vez, mi
Fuerza nueva e inagotable, mi Fuerza destructora de sombras y miserias. Fui
feliz regalando lustre y vida a quienes se cruzaban por mi camino. Fui hermoso durante un
tiempo.
Después, comenzó el desgaste. Empecé a pagar el precio de
batallar con el cieno de las cosas. A la par que
mi aspecto, mi alma se fue ensombreciendo. Sucio y marchito,
adopté la indumentaria funesta que me caracteriza: el negro ascético
que oculta y disimula a la perfección el sinnúmero de cicatrices, callos y
durezas acumulados a lo largo tantas escaramuzas en el
Lado Oscuro. Como un siniestro botín de guerra, el expolio de
las miserias ajenas se convirtió en la única recompensa que me concedía la Fuerza, una
Fuerza que poco a poco comenzó a dominarme. Es cierto que continuo redimiendo a
extraños tristes: recientemente he ingresado en un grupo de simpatizantes de
las telenovelas de los Ochenta, me apunto a las visitas guiadas a los museos de cera y les escribo cuentos feos a mis
sobrinos. Sospecho que la gente me aprecia, aunque si bien eso me hacía antes feliz, ahora cada vez me importa menos, porque creo haber hallado un equilibrio en
la indiferencia. Cada vez más poderoso, más popular, soy ahora el Señor Oscuro de
una inmensa red social: Lord Vader, el Redentor de los Desconocidos
Tristes, el Sanador de Almas Putrefactas, el Salvador de Suicidas
Emocionales.
Duermo poco. A veces creo que me quedo dormido con los ojos abiertos. Pienso en el día en que alguien me abrazó y tuve miedo. Revivo mi propia muerte, que tan cerca estuvo, pero que no llegó. También entonces tuve miedo, pero fue distinto.
Duermo poco. A veces creo que me quedo dormido con los ojos abiertos. Pienso en el día en que alguien me abrazó y tuve miedo. Revivo mi propia muerte, que tan cerca estuvo, pero que no llegó. También entonces tuve miedo, pero fue distinto.
Mis días de cólera
son terribles, aunque esos los paso con la televisión encendida y
sin salir de casa mientras los mensajes se acumulan por cientos en la memoria de mi
teléfono móvil; burocracia imperial con mil bombardeos a los que
apuntarme: fiestas, inauguraciones, conciertos, cursillos,
deporte...
Tal vez mañana reorganice la cuadrícula cada vez más enrevesada en que se ha convertido mi vida social. Y aunque la dispersión sea brutal, todo es manejable desde la calma interior indiferente, alcanzada tras un aprendizaje bastante doloroso en el que he tenido que abandonar a este torbellino feliz que una vez fui Yo.
Creo que voy a aprender a jugar al Golf. Aunque las emociones, ya digo, han dejado de ser prioritarias, aún me queda la curiosidad, que es ahora el combustible de esta Fuerza mía insaciable. Fuera de ella, no veo más que miedo y fragilidad, y un mundo al que no quiero -tal vez no pueda ya- regresar. Mañana a las doce tengo un taller de Mindfulness para mascotas, así que, si apuro, aún puedo desayunar con X, a quien conocí en un receso, durante unas jornadas de micología, y al que no he vuelto a ver desde entonces. Pero hoy no hay en mi mundo más que televisión, sofá y horas bajas. Acaso esta noche tome otra píldora sedante, que es la única forma que conozco de que la Fuerza me abandone durante unas horas. Mi pijama, por supuesto, es de seda oscura.
Tal vez mañana reorganice la cuadrícula cada vez más enrevesada en que se ha convertido mi vida social. Y aunque la dispersión sea brutal, todo es manejable desde la calma interior indiferente, alcanzada tras un aprendizaje bastante doloroso en el que he tenido que abandonar a este torbellino feliz que una vez fui Yo.
Creo que voy a aprender a jugar al Golf. Aunque las emociones, ya digo, han dejado de ser prioritarias, aún me queda la curiosidad, que es ahora el combustible de esta Fuerza mía insaciable. Fuera de ella, no veo más que miedo y fragilidad, y un mundo al que no quiero -tal vez no pueda ya- regresar. Mañana a las doce tengo un taller de Mindfulness para mascotas, así que, si apuro, aún puedo desayunar con X, a quien conocí en un receso, durante unas jornadas de micología, y al que no he vuelto a ver desde entonces. Pero hoy no hay en mi mundo más que televisión, sofá y horas bajas. Acaso esta noche tome otra píldora sedante, que es la única forma que conozco de que la Fuerza me abandone durante unas horas. Mi pijama, por supuesto, es de seda oscura.
31 de mayo de 2015
Selfies
Somos criaturas eminentemente visuales, diseñadas para acceder y
relacionarnos con el mundo que nos rodea a través de la mirada. Es
la mirada el primer portal de nuestros prejuicios; la que filtra y
cataloga lo bello, lo deseable y discrimina lo repugnante según
patrones preestablecidos e interiorizados: venga a nosotros un jardín
en primavera o las muchachas que anuncian perfumes caros en los
espacios publicitarios del mobiliario urbano y no nos dejes caer en
aquella caca de perro que alguien olvidó sobre la acera. Aparta,
Señor, de nuestros sueños la sonrisa leporina de un expresidente
del gobierno. Sí, claro, entendemos perfectamente eso de que no es
oro todo lo que reluce, que las apariencias engañan y que lo
esencial es invisible a los ojos, etc. Hasta somos capaces de
argumentar y defender intelectualmente estas causas sin duda nobles y
políticamente correctas, pero irremediablemente perdidas, porque a
primer golpe de vista, lo feo, lo viejo y lo decrépito nos seguirá
dando, cuanto menos, cosica, mientras que los colores alegres
de un stand de gominolas o el galán de ojos verdes que coprotagoniza
El Príncipe serán siempre bienvenidos al inventario de las cosas
buenas que pueblan nuestro panorama mental, aunque las primeras sean
un cóctel deleznable de conservantes y otros químicos (aunque
legales) y el segundo trafique (en la serie de televisión,
entiéndase) al por mayor con sustancias ilegales (aunque naturales).
Pero aunque el mundo nos entre por los ojos, paradójicamente, no nos
es dado observarnos y juzgarnos, gustarnos y querernos de la misma
forma en la que lo hacemos con nuestro entorno porque o miras o te
miran, no queda otra, salvo el viaje astral. O un Selfie.
Ha llovido desde que Narciso se enamoró de su reflejo en las aguas
de una fuente. Después fue el espejo que le hacía la pelota a la
madrastra de Blancanieves, sin duda precursora de las MILF. Pienso
también en los autorretratos de los pintores mercenarios que
asimismo retrataban a sus patrones para la posteridad. Luego llegó
la fotografía analógica y, con ella, la autocontemplación se
transformó en posibilidad más o menos democrática y todos pudimos
reconocernos como narcisos modernos en aquellos estanques químicos
sobre papel plastificado que fueron las fotografías en color; un
reconocimiento no exento de extrañeza -e incluso decepción- ante el
descubrimiento de que nos suponíamos bastante más guapos y
atractivos de lo que en realidad éramos; lo que a muchos feos (y
feas) nos llevó a abrazar fervientemente las tesis de Saint-Exupéry
y supongo que a otros feas (y feos) igualmente desencantados, aunque
más ilustrados, las de Platón, y pertrecharse así para la batalla
de las hormonas a la salida del instituto; batalla perdida de todas
formas, pero transmutada en victoria moral del héroe que se rebela
contra la adversidad y pierde como Dios manda. Fue entonces que el
mundo empezó a poblarse de corazones rotos y románticos incurables.
Con el advenimiento de la telefonía inteligente llegan los
autorretratos o la posibilidad de la gestión autónoma de la propia
imagen. La era del Selfie, combinada con el virtuosismo tecnológico
del retoque digital y la osadía descerebrada de los adolescentes ha
resucitado vanidades latentes que ahora se ven capaces de multiplicar
hasta el infinito su reflejo enamorado. Pasen y exploren la carpeta
DCIM de cualquier teléfono móvil en la mochila o el pantalón
cagado de un nativo digital y probablemente lo hallarán petado de
Selfies cuyos propietarios se están amando locamenti, con un ego del
tamaño de Godzilla comprimido en un chip de silicio.
Amar es compartir adquiere un nuevo significado de implicaciones
desoladoras, casi siniestras, porque lo que ahora se comparte no son
más que egos infatuados, mastodónticos e insaciables, envasados en
paquetes con etiqueta mp4, jpg, avi o similar que proclaman a los
cuatro vientos cuánto se aman. La solidaridad no es más que un
click en “me gusta” y el prójimo se transmuta en seguidor de
Twitter o amigo de Facebook; un prójimo devaluado, al servicio de
quien no tiene otra ambición que convertirse en efímero Trending
Topic.
El millón de amigos de Roberto Carlos ha dejando de ser metáfora
musical para convertirse en objetivo mercadotécnico a la mayor
gloria de Mark Zuckerberg. Miles de millones (1.000.000.000) de
Selfies en busca de acólitos se autopromocionan emulando las
estrategias publicitarias tradicionales pero a la inversa, porque
aquí el producto estrella en oferta es el chavalote que, en pleno
romance consigo mismo, se adosa cual Gnomo viajero a cualquier
referente cultural con el objeto de colonizar las redes sociales por
la vía de la saturación. Un Selfie con Mario Vaquerizo, embutido en
un disfraz del Real Madrid o a lomos de un dromedario resabiado en
Lanzarote; da igual: el caso es figurar, acaso con la secreta
esperanza de invertir las tornas del juego publicitario y algún día
vivir del cuento mientras dure la tontería, transmutado en
reclamo-famosete por un golpe de fortuna (por ejemplo, como las
hermanas Kardashian).
Por desgracia, no se puede estar al plato y a las tajadas. O miras o
te miran, y el convertirse en figurante de la propia vida deja
forzosamente un espacio vacío en la silla del director. Narciso se
debe a su público hastiado e indiferente, dispara un Selfie detrás
de otro y cada día se quiere más obiobi-obioba al tiempo que su ego
se infla y flota igual que un globo de helio en una galaxia
imaginaria, poblada de millones egos hipertrofiados y vistosos,
igualmente huecos, predestinados algún día no muy lejano a tomar
las riendas de lo real.
Puesto que igual que mis habilidades literarias mi cultura musical deja bastante
que desear (no crean que no me
doy cuenta, Estimados Improbables), a veces me resulta complicado seleccionar una canción
para compensarles el mal trago de lo leído. En fin, quítense al
Cigala de la cabeza y disfruten con las dos voces de la original.
29 de marzo de 2015
Panfletos, brujos y burdeles
He sido y sigo
siendo devoto seguidor de un cierto tipo de propaganda callejera. Me
refiero al panfleto de reducidas dimensiones que imagino replicado
al por mayor en la oscuridad polvorienta de una imprenta clandestina,
tecnológicamente más afín al ciclostilo del siglo pasado que al
prospecto satinado de los restaurantes de comida basura que nos
ofertan la caca de colores del siglo veintiuno.
Todo empezó con las
hojitas que repartían hombres de piel oscura, africanos de patera, a
la salida de la boca del Metro de Nuevos Ministerios. En ellas, un
gran mago, vidente o profesor de nombre exótico nos ofrecía en
formato rústico y tipografía desvaída la solución a un rosario de
problemas y contrariedades: recuperar la pareja, detienedivorcios
(sic) atraer a personas queridas, predicciones, problemas con la
justicia, mal de ojo, impotencia sexual, florecimientos (también
sic) para su empresa y negocios, amarres a distancia y demás
tribulaciones a la medida del parado sin estudios ni dinero para
recurrir a un abogado o un psicólogo, que es la opción habitual de
los mortales de clase media con nómina a fin de mes.
Afirmaban los
hechiceros ilustres que en todos los casos el resultado estaba
garantizado al cien por cien en el improrrogable plazo de tres días
y facilitaban un teléfono de contacto a pie de panfleto. Lo cierto
es que me entretenía en leer los papeluchos de camino al trabajo o,
mejor dicho, compararlos en busca de la diferencia: nuevos e
imaginativos problemas no enumerados en los panfletos anteriores,
grandes, ilustres y (e)videntes errores ortográficos africanos y,
sobre todo, los nombres: Profesor Bafode, Profesor Kanllura, Profesor
Souleymane, Profesor Mara, Maestro Casama, Profesor Touré y un vasto plantel
de brujos titulados. Solía tirar el panfletillo a la papelera más
cercana, hasta que una vez, probablemente al no hallar una papelera a
mano, opté por introducirlo en el interior del libro que aquel día
me acompañaba en el trayecto suburbano. Y ahí fue que empecé a
guardarlos de forma dispersa y sin ningún orden: no se
trata de coleccionismo en sentido estricto. Hoy, un número
indeterminado de ellos yace sepultado en las entrañas de los libros
que decoran las estanterías de mi casa.
Con el paso del
tiempo, este tipo de propaganda esotérica de andar por casa empezó
a vivir horas bajas o tal vez el libro electrónico -actualmente mi
modo de lectura habitual- ya no se presta a albergar más hojitas en
su interior desalmado. De todas formas, últimamente es raro que me
ofrezcan alguna, y si la guardo en el bolsillo de la camisa lo más
normal es que acabe olvidada y hecha pulpa en el tendedero de la
ropa. Supongo que todos esos ilustres profesores y maestros
remendones de nuestras cuitas más prosaicas habrán encontrado un
nicho de negocio más rentable en la venta de complementos de moda
apócrifos -y bien feos, por cierto- que son objeto del deseo de una
sociedad en plena crisis económica y de valores.
Atrás quedó, pues,
la época de los brujos visionarios, al tiempo que dejaron de
multiplicarse los libros de papel en los anaqueles del salón de mi
casa hipotecada. Sin embargo, mi debilidad por los panfletos de
guerrilla quedó latente hasta una mejor ocasión que no ha tardado
en llegar. A diferencia de lo que ocurría con las hojitas de los
curanderos, éstas se materializan como por ensalmo atrapadas bajo los
limpiaparabrisas o incrustadas en las ventanillas de los coches y nos
ofertan sexo a precios muy competitivos, si tenemos en cuenta que por
lo que cobra un fisioterapeuta de barrio puedes echar uno o dos
polvos (según el atasco de cada cual) y tomarte además una copa.
Aclarar aquí que conozco de primera mano las tarifas de un
fisioterapeuta de barrio. Me pregunto si follar tan barato resultará
rentable desde una perspectiva estrictamente empresarial o si
simplemente se trata de un complemento salarial opaco con el que
ciertas señoras maduras e independientes rebasan el fin de mes.
A pesar de tratarse
de un negocio al margen de las zarpas recaudadoras de Cristóbal
Montoro, en especial, e ilegal en general, algunos panfletos muestran
una paradójica deferencia hacia la juventud inocente con una leyenda
a pie de foto que reza “mayores de 18 años”, como en las
máquinas de tabaco de los bares, aunque el cartel disuasorio “tú
no debes comprar yo no puedo vender” admitiría una variante
similar a “tú no puedes pagar, yo no te dejo follar”. La vida
del graduado escolar y sus colegas es dura.
Las fotografías
están cortadas por el mismo patrón: Blanco y negro de escasa
resolución, rostro pixelado, lencería picarona, semidesnudos
improvisados y poco imaginativos. Putas de saldo para hombres cutres
que también tienen derecho a su pretty woman: La Cubana de los
Últimos Días utiliza estrategias de marketing poco sofisticadas
pero contundentes: “Tu buen polvo 20€”. Hay una Andaluza en
Apuros y también una española supercompleta que por setenta euros
(incluido taxi) debe de hacer todo tipo de guarrerías patrias a
domicilio. Las nuevas amiguitas independientes piden y dan discreción
(léase secreto profesional) y practican el francés natural hasta el
final (léase felación a pelo). Mención aparte merece el
culturista-masajista que desde un torso musculado sin cabeza (quiero
decir que la cabeza del fornido queda cortada fuera del encuadre) ofrece sus
servicios -sin especificar; probablemente algo prosaico con mucha
vaselina- y advierte en letra mayúscula que no responde a SMSs
anónimos ni a números ocultos, en la que yo percibo una amarga intrahistoria de chufla y escarnio telefónico.
Algunas ofertas,
además de las prestaciones carnales de rigor, incluyen el piso
propio a modo de valor añadido; lo que seguramente valorará y
agradecerá el cliente más tradicional que busca desahogo entre las
piernas de un putón hogareño. Supongo que en estos malos tiempos
que corren el domicilio en propiedad conjura también el fantasma de
un desahucio judicial inoportuno (léase en plena cosa).
Aunque todavía no
ha invadido los buzones comunitarios, este fenómeno panfletario está
ganando fuerza con el paso de los meses. El oficio más antiguo le
roba terreno los que tradicionalmente habían venido sirviéndose de
este tipo de propaganda. Cerrajeros, pintores y restaurantes chinos a
domicilio viven sus horas más bajas, anegados por la marea creciente
de freelancers del amor. Donde antes le pintaban el piso o le
reformaban la cocina, ahora una legión de emprendedor@s sin página
web ni Twitter que los parió le procuran una ñapa sexual sin IVA,
pero con copa. No es de extrañar que en el extranjero odien a los
españoles, porque somos sin duda un país en el que sobra vicio y,
también -aunque sospecho que en menor medida- talento. Envidiosos.
Hoy, una canción de
puticlub, porque la entrada lo merece.
9 de febrero de 2015
Tapones
Existen leyendas urbanas que sobrevuelan el imaginario colectivo y de
ciento en viento aterrizan en las tertulias de bar transmutadas en
tema de charleta y chascarrillo mientras unas cañas se van y las
otras vienen: El perrito de Ricky Martin, la niña de la curva, las
hebras del plátano fumadas, las melodías satánicas de los
Zeppelin vueltas del revés, el enigma de los chinos difuntos, Walt
Disney congelado y otros pseudomuertos tal que Jesús Gil o el Rey
Elvis. Busquen en Internet y comprobarán que los frikis han dedicado
tiempo y esfuerzos para categorizar y catalogar un sinfín de bulos y
patrañas que tarde o temprano acabarán, ya digo, amenizando sus
momentos de ocio y patatas bravas un domingo cualquiera por la
mañana.
Quisiera dedicar esta entrada a una variante de las leyendas urbanas que, a diferencia de las anteriores, no sólo abandona el territorio de la paparrucha sino que, sorprendentemente, halla una respuesta masiva en el colectivo social, y a la que denominaré leyenda urbana solidaria.
Quisiera dedicar esta entrada a una variante de las leyendas urbanas que, a diferencia de las anteriores, no sólo abandona el territorio de la paparrucha sino que, sorprendentemente, halla una respuesta masiva en el colectivo social, y a la que denominaré leyenda urbana solidaria.
Como supondrán, queridos Improbables, el origen de la leyenda urbana
solidaria admite todo tipo de especulaciones. Dejando a un lado la
cuestión de su autoría, que como sucede con los chistes es lo de
menos, el caso es que en algún momento, hace muchos años, en algún
lugar de esta patria nuestra, algún sublime manipulador lanzó al
viento la noción almodovariana de que la solidaridad
bien entendida empieza por la ortopedia. Por absurda que pueda
parecer a primera vista, esta ocurrencia delirante caló hondo en el
inconsciente colectivo, que no tardó en aliñarla con ingredientes
al gusto de los tiempos que corrían y que supongo -a su manera- aún
corren; los mimbres castizos sobre los que se tejerá la leyenda
urbana solidaria en sus múltiples variantes: De una parte, un niño
tullido o gravemente impedido y, por supuesto, sin recursos
económicos (angelico). De otra parte, la silla de ruedas entendida
como sublime vehículo terapéutico que encarnaba el sueño dorado de
todo minusválido más allá de la proverbial muleta de cojo: La
solución bienintencionada de un país de Pepe Gotera y Otilio en el
que la polio aún hacía estragos. Y por fin, el ingrediente surrealista de alto voltaje que eleva una
humilde historia de buenismo parroquial a la prestigiosa categoría
de leyenda urbana solidaria. Agárrense los machos: La clave para que
el pobrecito niño tullido pudiera disfrutar de la silla de ruedas
estribaba en reunir un kilo de esas delgadas fundas de plástico que
envuelven los paquetes de tabaco (curiosamente denominados “chivatos”
o “chivatas”, vayan ustedes a saber porqué). A lo largo
de mi añorada juventud he tenido la oportunidad de conocer gente
cabal que en uno u otro momento confesó ser coleccionista ocasional
de estos chivatos y, por consiguiente, víctima del poder de la
leyenda. Nadie nunca pudo darme razón del extraordinario proceso de
alquimia comercial que era capaz de transmutar el plástico de la
Tabacalera en ortopedia salvadora. Como suele ser habitual en el caso
de toda leyenda urbana que se precie, cualquier sustrato de verdad se
extravía irremediablemente a lo largo y ancho de una diabólica
cartografía social de parentescos y relaciones que hace imposible
contrastar los hechos. Puede que la verdad esté ahí fuera, pero tan
lejos como el novio de la hermana de tu excuñado, o más allá.
El hecho de que la silla de ruedas tuviera un valor económico
indeterminado -enigmático incluso- propiciaba el alivio de todo tipo
de conciencias solidarias, sin distingo de clases sociales. El único
requisito era fumar. Ducados o Winston daba igual; la materia prima
capaz de obrar el milagro ortopédico abundaba entre las familias de
los años ochenta, donde fumaba el padre, la madre, el hijo, la Tía
Tula y hasta la abuela republicana.
Hoy todo eso ha cambiado. El tabaco cuesta un Congo y además es el
demonio. Los niños, educados con amor en lo políticamente correcto
repiten las consignas aprendidas en el colegio y chantajean
sistemática y sentimentalmente a sus progenitores: Pap@ no corras.
Pap@ no fumes. Si han seguido y comparten lo leído hasta ahora,
queridos Improbables, entonces también coincidirán conmigo en que pareciera que
la leyenda urbana solidaria de la silla de ruedas y los chivatos ha
recibido una estocada mortal por la sencilla razón (como en
alguna ocasión ya les he dicho que decía mi padre) de que el fin,
por altruista y ortopédico que sea, no justifica el pecado nefando
de fumar y fumar hasta el kilogramo reunir, aunque sólo sea por no
oír la caca que dan los chiquillos con el asunto.
Sin embargo, la leyenda urbana solidaria ha demostrado una envidiable
capacidad de adaptación a un nuevo entorno globalizado que ahora
ensalza nuevas formas de consumo masivo comercializadas como estilos
de vida saludables. En fin, que como siempre nos acaban vendiendo una
moto que no sabíamos que íbamos a comprar. Ahora el padre, la
madre, el hijo, la Tía Tula y hasta la abuela republicana van al
gimnasio un par de veces por semana. Los mismos que antes fumaban,
ahora beben agua, mucha agua, mucha litrona de Coca-Cola y también
mucha bebida isotónica...
El cambio inducido de hábitos en la población genera un excedente de plásticos en general y de botellas de plástico en particular. Así las cosas, algún aventajado heredero del sublime manipulador del que les hablaba dos o tres párrafos más arriba ha perpetrado una astuta variante 2.0 de la leyenda urbana solidaria: Lo que antaño fueron chivatos son, ahora, tapones, y el pueblo noble y bruto (aunque no necesariamente por este orden), necesitado de causas facilonas por las que luchar, se lanza sin pensarlo dos veces a la colecta indiscriminada de tapones de todos los tamaños y colores destinados a costear esa silla de ruedas que salvará al pobre niño paralítico de su condena a las muletas antediluvianas.
Tapones a mansalva; toneladas de tapones usados que los bienhechores abducidos por la leyenda urbana solidaria acopian voluntariosamente con la ayuda de familiares y amigos, para después entregar con la satisfacción del deber cumplido en comercios de barrio adheridos también a la cruzada por la ortopedia. Todos esos tapones que probablemente se perderán como lágrimas en la lluvia (de desechos) en algún vertedero, como una metáfora de las buenas y pánfilas intenciones con las que los trileros alicatan el camino del infierno.
El cambio inducido de hábitos en la población genera un excedente de plásticos en general y de botellas de plástico en particular. Así las cosas, algún aventajado heredero del sublime manipulador del que les hablaba dos o tres párrafos más arriba ha perpetrado una astuta variante 2.0 de la leyenda urbana solidaria: Lo que antaño fueron chivatos son, ahora, tapones, y el pueblo noble y bruto (aunque no necesariamente por este orden), necesitado de causas facilonas por las que luchar, se lanza sin pensarlo dos veces a la colecta indiscriminada de tapones de todos los tamaños y colores destinados a costear esa silla de ruedas que salvará al pobre niño paralítico de su condena a las muletas antediluvianas.
Tapones a mansalva; toneladas de tapones usados que los bienhechores abducidos por la leyenda urbana solidaria acopian voluntariosamente con la ayuda de familiares y amigos, para después entregar con la satisfacción del deber cumplido en comercios de barrio adheridos también a la cruzada por la ortopedia. Todos esos tapones que probablemente se perderán como lágrimas en la lluvia (de desechos) en algún vertedero, como una metáfora de las buenas y pánfilas intenciones con las que los trileros alicatan el camino del infierno.
No voy a dejarles abandonar el blog esta vez sin recomendar fervientemente que hagan por ver este soberbio vídeo firmado por Beatriz Sánchez en 2011 en el que la muchacha se coloca a los Guadalupe Plata por montera y hace un faenón visual merecedor de orejas, rabo y puerta grande:
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