29 de marzo de 2015
Panfletos, brujos y burdeles
9 de febrero de 2015
Tapones
Quisiera dedicar esta entrada a una variante de las leyendas urbanas que, a diferencia de las anteriores, no sólo abandona el territorio de la paparrucha sino que, sorprendentemente, halla una respuesta masiva en el colectivo social, y a la que denominaré leyenda urbana solidaria.
El cambio inducido de hábitos en la población genera un excedente de plásticos en general y de botellas de plástico en particular. Así las cosas, algún aventajado heredero del sublime manipulador del que les hablaba dos o tres párrafos más arriba ha perpetrado una astuta variante 2.0 de la leyenda urbana solidaria: Lo que antaño fueron chivatos son, ahora, tapones, y el pueblo noble y bruto (aunque no necesariamente por este orden), necesitado de causas facilonas por las que luchar, se lanza sin pensarlo dos veces a la colecta indiscriminada de tapones de todos los tamaños y colores destinados a costear esa silla de ruedas que salvará al pobre niño paralítico de su condena a las muletas antediluvianas.
Tapones a mansalva; toneladas de tapones usados que los bienhechores abducidos por la leyenda urbana solidaria acopian voluntariosamente con la ayuda de familiares y amigos, para después entregar con la satisfacción del deber cumplido en comercios de barrio adheridos también a la cruzada por la ortopedia. Todos esos tapones que probablemente se perderán como lágrimas en la lluvia (de desechos) en algún vertedero, como una metáfora de las buenas y pánfilas intenciones con las que los trileros alicatan el camino del infierno.
14 de diciembre de 2014
El Trofeo
Lo que fui una vez -lo que de verdad fuimos una vez- queda irremediablemente deformado en el paisaje mental de la memoria privada. Miro, sin ver, más allá de la pantalla del portátil, y se me aparece el niño Watjilpa, que habitó confiado y feliz en la inconsciencia del presente continuo de los años setenta, protegido por unos padres que hicieron todo lo necesario para simplificar la existencia de un niño simple: días de verano, días de escuela, recreos y fútbol, tardes de tebeos, un poco de televisión y cenas desganadas (¡otra vez judías verdes!). Por la noche, el sueño fácil y profundo de un crío extenuado, sin culpa ni ansiedad, amparado por aquella luz piadosa del cuarto de baño que conjuraba mis temores y los de tantos otros niños. El miedo a la oscuridad, quizás como una metáfora infantil de la muerte, enquistada hasta una mejor ocasión, muchos años después, ante cualquier pelotón de fusilamiento que la vida nos depare...
Eso vino a ser, a grandes rasgos, el niño Watjilpa al que evoco en estas líneas sirviéndome de un recuerdo desgastado mil veces por el oleaje del tiempo. Un niño con el pelo cortado a tazón, de esos que al decir de padres, monjas y maestros eran listos pero faltos de ese mínimo esfuerzo, esa punta de velocidad académica que les hubiera permitido descollar en la escuela.
Hasta ahí la historia oficial de mi infancia, cristalizada en un relato uniforme que, supongo, podría ser la historia de cualquier niño. En abstracto, no fui más que un niño del montón. No guardo recuerdo de anécdotas destacables ni de aventuras o travesuras de las que fuera protagonista. Ningún libro asombroso me transformó ni tampoco hubo suceso feliz o traumático que me haya ayudado a comprender un poco mejor al adulto que aquí y ahora escribe estas líneas.
Al filo de los trece años, me dieron un trofeo en la clase de judo a la que acudía un par de días por semana por aquél entonces: una copa de latón corrugado atornillada a la base de un zócalo de madera barnizada, en una de cuyas caras había una chapa en la que rezaba la inscripción “a la constancia”. Aún lo conservo.
Supongo que aquella humillación bienintencionada (así decidí entenderlo mucho tiempo después) supuso el punto y final de mi infancia en el libro de la memoria. Segunda parte: Dejé el judo aparcado, hice nuevas amistades peligrosas y, con ellas, empecé a vivir una adolescencia de barrio gregaria y rebelde de pellas, drogas y pelusilla oscura en el labio superior que, combinado con los pitillos que les escamoteaba a mis padres, componían la estampa del menor suburbial con ínfulas de madurez a finales de los setenta: el niño Watjilpa ya tenía edad para montar solo en ascensor y ver programas dobles de según qué películas en cines que hoy son gimnasios, supermercados, franquicias de moda o espacios de coworking.
El trofeo de judo ha arraigado en mí como una metáfora explicativa de mis relaciones con el mundo. Creo que fui un niño que quiso -en abstracto- y no pudo. Cuarenta años después nada parece haber cambiado: aún sigo queriendo, pero sin saber exactamente qué y, por tanto, sin poder. Si bien ya nadie me dará un trofeo a la constancia, es posible que la existencia aún me depare afrentas similares. Se me ocurre, por ejemplo, ser un Empleado del Mes; otro dudoso honor del que, por fortuna, aún no he sido merecedor. Veremos.
La versión oficial del pasado impresa en mis escasos recuerdos no me ofrece otras pistas que las que he esbozado más arriba; pistas incapaces de revelar otra cosa más que el tránsito de niño del montón a hombre del montón. Sin embargo, estoy seguro de que todos tenemos una historia secreta. Un relato disgregado en una diáspora de recuerdos, revueltos e inconexos, que contiene hechos, claves y matices capaces de componer un retrato fiel y compacto de lo que fuimos y, por tanto, ofrecer respuestas a lo que ahora somos. Desgraciadamente, las piezas de esa suerte de rompecabezas yacen enterradas en la memoria de aquellos que nos conocieron en algún momento de nuestras vidas. Hombres y mujeres tan dispersos en el tiempo y en el espacio -algunos muertos ya- que se hace imposible cualquier trabajo de restauración de un ego plagado de goteras, grietas y agujeros.
Hace ya un tiempo me encontré en el supermercado de un centro comercial con mi antigua maestra, la Señorita Mari Luz, que durante aquellos años de la Enseñanza General Básica impartía asignaturas diversas a un grupo de críos que aún no intuían las maldades del instituto ni mucho menos la tómbola que vendría después. Imagínense: un adulto cuarentón y una maestra jubilada, abocados a condensar en el espacio de cuatro o cinco minutos de charla un paréntesis de cuarenta años, al pie de un mega-refrigerador industrial lleno de pizzas y embutidos envasados al vacío. Recordamos a los niños y niñas con los que compartí pupitre a principios de los setenta, y en aquel intercambio breve de memorias convergentes pude evocar a mis antiguos compañeros a través de los ojos grises y aún intensos de la Señorita Mari Luz, una maestra joven por aquel entonces, encargada de nuestra disciplina escolar y, por ello, testigo privilegiado de lo que fue nuestro pequeño mundo simplón de juegos y afanes infantiles. Encaramado a la memoria de mi antigua Señorita pude atisbar fugazmente el panorama de nuestra infancia en las aulas y el patio de recreo de aquel colegio en miniatura; a la infancia reinterpretada en clave adulta, con atributos y cualidades que mi mirada de niño nunca alcanzó a ver, pero que indudablemente estaban ahí. Así, Mari Luz me contó que, años después, Carlos G. había ido a visitarla con su hijo para que conociera a su maestra, la Seño que le daba clase cuando él era niño, y pensé que en verdad hay cosas que el dinero no puede pagar. Me acuerdo de Carlos G., que venía de familia culta de izquierdas. Arreciaba el Destape, y su hermana mayor había salido desnuda en la portada del Interviú. Claro que, por aquél entonces, y para mí, Carlos G. era el portero de nuestro equipo de fútbol de patio de colegio y, además, era más fuerte, porque era un año o dos mayor. Recordamos a Sebastián S. alias Sebi, un verdadero cerdo en la cancha de fútbol que, además de mayor, era hijo del director del colegio y, por tanto (aunque sobre todo por lo primero), investido con el poder de patear el culo de cualquier disidente de los cursos inferiores (yo, por ejemplo). Sebi, en el relato de Mari Luz, no era más que un niño inseguro. ¡Inseguro! Coño, quién lo hubiera dicho... Por falta de tiempo, en el baúl de recuerdos compartidos se quedó el resto de los niños. No hablamos de Rodolfo y Alberto G, los hermanos chapuzas, hijos de un prestigioso arquitecto y víctimas de un drama familiar soterrado de proporciones escalofriantes; ni tampoco de José Manuel O. aquel niño gallego tan ingenioso que, aunque me zurraba un poco más de la cuenta (cosas de críos, nada más), fue mi mejor amigo durante aquellos años de inocencia, inventos locos y correrías descafeinadas. También, entre otros, quedaron inéditos el manso Fernando L., Maria Dolores P., alias Loli o Lolaza la Gordaza (así la motejaba Sebi con la cruel connivencia de todos), Alfonso C., un crío rubio de reflejos increíbles, rápido como un rayo, imposible atajar en el regate y, también, Marián B, de la que anduve secreta y castamente enamorado durante aquellos años, hoy funcionaria cincuentona, y a la que nunca he vuelto a ver para confesárselo. Sobra decir que, por pudor (mío), no hablamos de mí. Una lástima, pero así han de ser las cosas.
Me despedí de ella con dos besos y continué comprando ya con desgana, invadido por esa especie de tristeza difusa que yo identifico con la nostalgia. Conduciendo de regreso a casa pensé en voz alta "Señorita" y me di cuenta que el sustantivo de otro tiempo le encajaba aún como un guante. Para Mari Luz fuimos críos transparentes, probablemente catalogables en una serie de perfiles objetivos: críos extrovertidos, inseguros, distraídos, nerviosos, disciplinados, imaginativos, tímidos, nobles... Críos, a fin de cuentas, transparentes a los ojos del mundo adulto. Desde aquella tarde en el supermercado creo que si alguna vez alguien hubiera podido explicarme el porqué de la placa en aquel trofeo desangelado, esa habría sido mi maestra durante aquellos seis años de bendita y pánfila ignorancia.
De aquel encuentro conservo un pedazo de papel manuscrito con su dirección de Gmail y un borrador de correo electrónico dirigido a ella sin texto ni anexos titulado Un par de fotos fechado el veintiuno de diciembre de 2011.
13 de julio de 2014
La Del Oro
26 de mayo de 2014
Mi voto
29 de abril de 2014
Los Criados
La gran empresa se acicala y cuida con esmero su imagen y su marca de cara a la prensa económica y otras revistas especializadas; se posiciona en los ranking de las escuelas de negocios de postín entre los lugares que escogerían para trabajar los licenciados de buena familia con contactos, que son quienes habitualmente superan los procesos de selección en el departamento de recursos humanos. La gran empresa se maquilla de cara a la galería y adopta protocolos medioambientales, medidas de buen gobierno, patrocina causas nobles, declara la guerra a la corrupción y a la discriminación en el trabajo. Todo muy loable, todo muy inofensivo y, desde luego, muy políticamente correcto.
En las alcobas de la corporación la historia es diferente. Los criados -somos muchos, somos la mayoría- sabemos de sobra que en todas partes se cuecen las mismas habas y que donde hay confianza da asco. Sabemos muchas cosas, pero no todas. Nuestra visión jerárquica es limitada y la cadena de mando se difumina primero entre departamentos, divisiones y líneas de servicio para perderse después fuera de nuestras fronteras, en algún lugar de Europa o de los Estados Unidos. Los resultados económicos de la corporación se miden, año tras año, en cifras que indican crecimiento sostenido en todas las áreas, y así se proclama en los medios de prensa. Pero los criados no celebramos porque sabemos que nuestros sueldos permanecerán congelados o se incrementarán estrictamente en lo que marque el Índice de Precios al Consumo. Aunque somos la fuerza de trabajo que vertebra la multinacional no somos productivos. Somos un gasto, un mal necesario: Secretarias, mensajería, administración, marketing, reprografía, mantenimiento, contabilidad, catering, y otros departamentos internos. Sobre nuestros lomos cabalgan los hidalgos, los hijos de alguien, para librar las guerras del dinero, las batallas por los resultados que en último término engrosarán las cifras de sus cuentas bancarias o los abocarán al ostracismo profesional que tarde o temprano acabará en un acuerdo económico más o menos honorable y el destierro de la corporación.
El caso de la servidumbre es diferente. El triunfo o el fracaso económico individual no es vara que mida la valía del criado que, a fin de cuentas, no compite por la preciada cartera de clientes. Por otra parte, los años de experiencia me han revelado que el buen hacer, la responsabilidad, el compromiso, la eficacia o la diligencia son, en la multinacional, cuestiones tan irrelevantes como la desidia, la chapuza, la incompetencia o la falta de interés.
Por mucho que en el departamento de recursos humanos se empeñen en proclamar lo contrario, meritocracia, promoción interna y carrera profesional son valores como poco relativos, por no decir directamente falsos. Para nosotros los criados sólo existe antigüedad e Índice de Precios al Consumo. Somos gasto, carga, coste, pasivo, debe; somos la antítesis del beneficio. Nuestros salarios lastran los resultados globales, restan enteros valiosos a esos porcentajes que determinan el triunfo de una empresa frente a sus competidores directos.
Los criados somos un desafío para el gestor eficaz del negocio. En las grandes corporaciones el gestor eficaz del negocio opera en un mundo simplificado de magnitudes analíticas y verdades matemáticas. Un mundo en el que no existe Isabel García ni su circunstancia; digamos, por ejemplo, un par de hijos, una hipoteca por cancelar y un marido en el paro. Para el gestor eficaz, Isabel García, Alejandro Recio, José Fuentes y otros criados del montón no son más que números anónimos enmarcados en las celdas de una hoja de cálculo. Números negros o números rojos, esa es la cuestión. Los números rojos no son rentables. Los números rojos desmerecen el desempeño del gestor eficaz; cuestionan el que haya de ser su bonus al final del ejercicio y, llegado el caso, su continuidad en la empresa. El gestor eficaz recalcula alternativas para cuadrar el desfase en la hoja de cálculo empleando para ello fórmulas complejas. En último término las matemáticas deciden el destino de los criados. Un criado puede ser eficaz, fiel, comprometido, vago o incluso un verdadero hijo de puta. Nada de eso es relevante. La hoja Excel ni siquiera puede confundir valor y precio, porque la valía no es una magnitud que tenga cabida en el código fuente del programa. Sólo el número puro y duro va a determinar el futuro de los criados. Un buen sueldo -quizás, aunque no siempre, un salario justo- es un arma de doble filo. El buen sueldo del criado en una multinacional suele ser el fruto de muchos años de deglutir marrones a deshoras, de acomodarse a las prisas insensatas de los amos del dinero, de bajarse los pantalones con una sonrisa y de hacer gala de unas encomiables tragaderas. A pesar de todo lo anterior, nuestros sueldos crecerán al ritmo que marca el Índice de Precios al Consumo; acaso unas décimas más. Dentro del vientre de la corporación, los criados podemos hacernos viejos y relativamente pudientes, pero sólo hasta el límite que marca el número rojo, más allá del cual no cabe esperar más que muerte profesional y sustitución por alguien probablemente más joven y, seguramente, más barato.
Desde el despacho del gestor eficaz en Minneapolis, Nueva Delhi o Dusseldorf hasta las oficinas de la filial del grupo en Castellón hay un intrincado descenso en la cadena de mando a lo largo del cual se diluyen las razones empresariales -por no hablar de la responsabilidad moral- que pudieran justificar el cese de Isabel García (aunque podía haber sido José Fuentes o Alejandro Recio). Al final de la cadena, un criado senior del Departamento de Personal con cara de circunstancias le notificará el despido improcedente: Aquí lo que te corresponde por ley, Isabel, impecablemente calculado. Firma aquí, por favor. Te deseamos buena suerte.
En algún lugar de Minneapolis, Nueva Delhi o Dusseldorf, un ordenador portátil contiene dentro de sus múltiples directorios una subcarpeta que guarda en su interior diversas hojas de cálculo, en una de las cuales el debe y el haber están ahora compensados, una vez corregida la desviación en la celda conflictiva. Los servidores de la multinacional replican indiferentes la copia diaria de seguridad mientras que en algún lugar de la franja horaria el gestor eficaz continua su jornada, cena con su familia o descansa tranquilo.
Estimados Improbables, me pillan en pleno puente, con los ánimos flojetes y sin ganas de pensar demasiado, así que aquí les enlazo el primer tema que se me viene a la cabeza, a tono con las vacaciones:
