16 de marzo de 2013

Lagartas


Lucen sus cuerpos sinuosos al pie de un lienzo gigante serigrafiado de reclamos publicitarios que a menudo desmerecen hasta el oprobio unos cuerpos que la sabia naturaleza no ha manufacturado para patrocinar embutidos, cajas de ahorros o productos lácteos. Inmóviles, gesto petrificado y pupilas inasequibles al bombardeo de los flashes, las lagartas enseñan muslo y escote mientras son ametralladas, clac, clac, clac, por una multitud indistinta de fotógrafos mercenarios y sus cámaras de variados calibres. Criaturas hermosas por definición son, precisamente por ello, capaces de mimetizarse armónicamente con los hombres que las poseen o las franquicias a las que se deben. Qué bien que te queda esa compresa en la mano, cariño, pero igual podía ser un salchichón, un gañán adinerado, un cepillo de dientes o un negro desnutrido. Las lagartas son a la vez sujetos de glamour y objetos de poder capaces de concitar atenciones, envidias, deseos y hasta disertaciones en blogs mediocres como este que ahora se toman la molestia de hojear.

Reptiles vagamente acomplejados, pareciera que las lagartas se afanasen en demostrar a quien les pregunte que el mundo las venera por razones equivocadas; que bajo el terso canalillo late un corazón de oro y que detrás de la mirada cautivadora, detrás de las caritas lavadas, hay tesón y talento a raudales. Que ese coño suyo no es un coño cualquiera; al contrario, es un coño solidario, un coño bondadoso, un coño con estudios, oiga. Escarben, Improbables Lectores, entre las líneas de cualquier entrevista o tertulia al uso y no hallarán otra cosa que esta reivindicación básica que, por otra parte, no evidencia más que esta o aquella lagarta han hecho los deberes según los dictados del manual imaginario que llevaría por título La Redención del Reptil o Como Sacar Petróleo de la Herencia Biológica de Dios.

Noventa-sesenta-noventa es la tríada de números mágicos que delimita el umbral de discriminación estética que permitirá a las lagartas buenorras, aunque sin oficio ni beneficio, abrirse trocha en el mundo de los Hombres de Éxito con el consabido Par de Buenas Razones. Razones que constituyen un argumentario extremadamente simple pero eficaz y que, en último término, les garantizará la supervivencia, ligeritas de ropa, en la cubierta de una embarcación de recreo, un reportaje a todo color embutidas en faralaes durante la Semana Santa sevillana, el Todo Incluido entendido como estilo de vida por defecto y méritos curriculares sospechosos del tipo “modelo” o “empresaria”, pero suficientes para cubrir expediente en las revistas de mucho mirar y poco leer. Lagartas indolentes y afortunadas para las que siempre existirá un coleccionista de reptiles con posibles; por lo general un torero, un futbolista, un empresario, un político, un actor u otros oficios más o menos mediáticos en los que la fotogenia extrema es condición necesaria para las capitulaciones matrimoniales.

En las etapas más tempranas de su existencia debutan al calor de los focos de un Mundo Macho que consciente o inconscientemente se pasa por el arco del triunfo la igualdad de géneros porque, a fin de cuentas, la señorita se deja invitar y con toda naturalidad acepta fiestas, copas y drogas gratis y, llegado el caso, otros detalles golfos de mayor calado aunque si es lista (que no inteligente) una lagarta que se precie siempre se cuidará de reservar el derecho de admisión a la zona VIP allende sus bragas.

Seres efímeros como su belleza, las lagartas han de asegurarse cuanto antes el paso por la vicaría del Señor y la progenie que les procurará el sustento y la dignidad futuras, cuando la cirugía no pueda ya garantizar su hegemonía sexual en el terrario, forzándolas a abandonarlo discretamente pero con pensión alimenticia garantizada como señora de, serena divorciada o viuda del que fue, según los casos, y unas memorias que, bien por publicables o por impublicables, acaso valgan un dinerillo.

Claro que las hay que no se resignan a la decadencia y no aceptan la metamorfosis humillante e inevitable que determina el tránsito del reptil al mamífero. O de lagarta a vaca vieja, si se quiere. El final en estos últimos casos es previsible y por todos conocido, a pesar de lo cual les haré una breve síntesis: En un arrebato de furia tabloide la vaca vieja, con mayor o menor fortuna, se pone a su cirujano por montera, se traviste de lagarta recalcitrante y se arroja a una francachela de romance, sexo, caspa y botox. Las posibilidades comerciales de relanzar al estrellato mediático a la vaca vieja son cuidadosamente evaluadas en consejos editoriales y departamentos creativos. Una portada en el Interviú, tertuliana en un programa de chismorreo catódico, un cameo en alguna producción cinematográfica populachera, quizás la telerrealidad friki o, si todo lo demás falla, una corresponsalía o un tarot a deshoras en alguna teletienda. Y también -por qué no- la vana gloria de saberse ícono de jóvenes maricas de la vieja escuela.




7 de febrero de 2013

Crisis

Buenas noches estimados Lectores Improbables. Comienzo a escribir esta entrada en plena flojera espiritual por culpa de Bebo Valdés y su banda. Con lo que me cuesta ponerme a las teclas del ordenador, y los cubanos cabrones estos que me arrinconan en lugares de la cabeza donde las letras no significan nada, donde no hay más que desidia y deseo abstracto de convertirme en un objeto inanimado como un cenicero o un tomo del María Moliner y dejar que la música me llueva encima sin más. Ahora.

Descuiden, que no voy a explayarme a propósito de mis agonías estéticas. No es esa clase de crisis a la que me refiero con el título del encabezamiento. Les anticipo que esta noche escribiré o, mejor dicho, describiré mis impresiones sobre el mundo en el que vivo (que probablemente no coincida con el mundo en que viven ustedes) que, a mi modo de ver, se halla sumido en una crisis, entendida ésta en el mejor de los casos como situación dificultosa o complicada según la séptima acepción del término en el D.R.A.E.

Hay crisis cuando al cabo de su mandato el político -no importa su filiación- deja de servir, peor o mejor, a la comunidad y se reencarna en honrado traficante de influencias, de profesión asesor o consejero. Y esto a nadie le parece extraño, empezando por los medios de comunicación que, fieles a las verdaderas inquietudes de la ciudadanía, son mucho más receptivos, por ejemplo, a los problemas deportivos de un guardameta millonario con su millonario entrenador.

Hay crisis cuando un monarca que en sus ratos libres se dedica, entre otros ocios, a cazar de gorra y (al parecer) en buena compañía aprovecha, según murmuran, para traficar con influencias con la loable finalidad de beneficiar a un consorcio de empresas españolas del ramo de la construcción; y de ahí -digo yo- que los empresarios agradecidos le regalen un barco al monarca de vez en cuando. Curiosamente, la llaga dolorosa que levanta quejidos y lamentos en el colectivo social no es el paradero de una nube de seis mil setecientos millones de Euros que la gestión cinegética de S.M. ha desviado hacia los cielos patrios; eso al parecer suscita escaso interés, sino que el Soberano se vaya de caza y cuernos ¡con la que está cayendo! Parece como si todos intuyéramos resignadamente que esa cantidad estratosférica de pasta se quedará ahí flotando, inerte, hasta que algún viento financiero la desplace discreta e inexorablemente hacia los bolsillos adecuados; probablemente bajo la chilaba de algún miembro de la familia real saudí o en las cajas de seguridad de una cuenta bancaria en suiza u otro paraíso fiscal administrada por un testaferro fiel a la Voz de su Amo. Hay crisis cuando a la inmensa mayoría de un pueblo en paro no le importa realmente para quién o para qué trabaja un Rey y, en su lugar, se abandona dócilmente un lunes al sol sí y otro también a especular dócilmente sobre los elefantes y la entrepierna.

El mediático pulpo con dotes adivinatorias fue sólo un aviso de que lo peor estaba por llegar. Y llegó: Un perro imprime su pata peluda en el Paseo de la Fama en Hollywood sin que ningún crítico cinematográfico ponga el grito en el cielo al constatar que el animal carece de filmografía de calidad contrastada que avale ese (ya dudoso) honor. Hace dos mil años, Cayo Calígula nombraba senador a su caballo Incitatus y todos los que habíamos visto el capítulo de Yo Claudio teníamos claro que la cosa andaba mal, muy mal, por el Imperio; que al loco de Calígula le quedaban, como quien dice, dos telediarios. Como de hecho así fue, por obra y gracia de la guardia pretoriana (por cierto que, a diferencia de lo que ocurre con algún que otro infame Senador bípedo implume, el bueno de Incitatus no se dedicó durante su mandato a malversar el pecunio ajeno). Pues eso, que entre pulpos clarividentes y perros protagonistas digo yo, que también vi Yo Claudio, que la cosa debe de andar, como poco, mal.

Estamos gravemente enfermos de estupidez; y la estupidez es contagiosa. La estupidez -y no el sida, la malaria o el cáncer- se revela como la gran pandemia de este siglo. Twitter, Facebook y Whatsapp han demostrado ser focos de infección indestructibles. The Walking Dead como metáfora velada de la realidad: Una realidad en el que seres humanos de toda laya y condición deambulan absortos en la contemplación de las pantallas de sus telefonillos-intercomunicadores, en un estado de ensimismamiento apardalado, probablemente sintomático de deficiencias en el desarrollo intelectual que sin duda pasarán factura a las generaciones venideras.

Vivimos en un mundo esperpéntico en el que la historia se escribe a golpe de trending topic en los Muros de Facebook; un mundo espasmódico en el que quien no corre, vuela. Maricón el último bien sea para que asegurar una pole position ante las puertas de los grandes almacenes en época de rebajas sin tener ni puta idea de qué vaya a comprarse uno o para juntar setecientas mil o un millón firmas a toda hostia u organizar una flashmob de zombies encabronados para apedrear la sede de un partido político de cuyo nombre no quiero acordarme sin más razón que una primicia difundida por un medio de comunicación que les recuerdo que hace un par de semanas publicó también en primera página la fotografía de un dictador entubado que  tuvo que retirar a toda PRISA (píllenme el chiste, se lo ruego).

Y qué más da si donde dije digo, digo Diego [rogaría a cierto amigo no se dé por aludido]; si lo verdaderamente importante es que pasen y jueguen en esta feria global donde todo el mundo gana menos el que pierde; esto último en letra pequeña. Esa letra pequeña que esconde tanta mentira desfachatada o, según se mire, en la que acecha la verdad ratonera que nos ocultan las grandes campañas publicitarias de los comerciantes, los discursos grandilocuentes de los políticos o los exabruptos de los contertulios televisivos en el prime time de baja estofa. Un mundo de mentiras y letra pequeña hecho a la medida de los necios.

Un mundo en crisis, ya digo, en el que se da pábulo a las voces equivocadas mientras que aquellos que tendrían que hablar, los que podrían explicar y tal vez justificarse, se parapetan tras el discurso institucional, tras el comunicado oficial, tras estadísticas que avalan esto pero también, y si conviene, lo otro. O simplemente permanecen cómodamente instalados en el anonimato, mientras en la pista central el foco mediático no escatima luz ni taquígrafos ni analistas para desvelar los dimes y diretes del ciclista que se dopaba, la cantante embarazada o el futbolista descontento. Las responsabilidades, entre tanto,  fluctúan etéreas, incomprensibles e inaprensibles y se entremezclan con el montón estratosférico de pasta de tres o cuatro párrafos más arriba hasta diluirse por desinterés, aburrimiento o -no será la primera ni la última vez- prescripción.

Un mundo en crisis que nos impele hacia el consumo implacable, sin descanso, día y noche, seven twenty four ; hay que comprar más váteres para que los trabajadores de Roca no se vayan a la calle, más coches para que los amos del cotarro no deslocalicen esta o aquella cadena de montaje; adquirir más periódicos y más libros para que las editoriales y los libreros no se vayan al carajo; hay que seguir yendo en masa hasta El Corte Inglés, que a lo que parece ha empezado ya a recortar sueldos a la plantilla. Dejarnos los cuartos en los pequeños comercios, que están, como quien dice, a la última pregunta. Reavivar el tejido industrial necrosado antes de que sea demasiado tarde: más electrodomésticos redundantes, congeladoras, robots de cocina, un aire acondicionado con bomba de calor, otra televisión... y ropa, mucha ropa, que no falte la ropa; viva la República de Zara. Importar y exportar turistas para dar de comer a los empleados de las agencias de viaje, a los hosteleros y a los camareros del sector. Hay que comprar deuda pública, acciones, bonos, fondos, invertir y, en definitiva, apuntalar el statu quo financiero. El ciudadano en crisis se transmuta en especulador de poca monta que, paradójicamente, no ceja en aborrecer y denunciar esas mismas prácticas cuando, ejecutadas a gran escala con know-how y guante blanco, enriquecen a bancos, multinacionales y grandes conglomerados corporativos que, por otra parte y al mismo tiempo, proporcionan sustento a todo un ecosistema humano de secretarias, ejecutivos, burócratas y chupatintas de medio pelo entre los que me cuento.

Y la conclusión desoladora es que el consumo deshumanizado, el consumo intensivo; el consumo puro y duro, resulta ser el único lenitivo plausible para este crisis. La vida modesta y simple es insolidaria con el prójimo desempleado y sólo conduce a la quiebra de lo que hay. Rehenes del sistema, indignados o no, no tenemos otra elección que abandonarnos a esta especie de orgía infernal de shopping sin fin. La existencia parece haber entrado en un bucle infinito en el que los Siete Días de Oro o la Semana Fantástica o el Día sin IVA se repiten sin cesar. Corren malos tiempos de ruido y de furia; de ruido mediático y furia financiera. Los malos actores, los cantantes mediocres, los políticos corruptos, los monarcas anacrónicos, los aviesos banqueros y, en general,  los artistas de la pista se pavonean y agitan fugazmente ante millones de idiotas de todas las razas, religiones y extracción social que escriben la historia con minúsculas dentro de los ciento cuarenta caracteres de un Twitter.

Algún día, rebasada la última frontera de la estupidez, agotado el último trending topic, exhaustos los recursos del planeta, supongo que nos llegará la Liquidación Final por Cierre y Agotamiento de Existencias. Mientras tanto, aquí les dejo empantanados en medio de esta crisis rampante que enfrenta a estafadores y estafados del primer mundo. Esa crisis relativa que acontece en medio de un fango moral que lo ensucia todo y confunde quién es quién a estas alturas de la película. Dónde acaba una vida digna y empieza una existencia de despilfarro vergonzante. Cuándo se ha cruzado la frontera de la avaricia.  Cuánto es, en el fondo, prescindible y si el fondo de lo prescindible está verdaderamente en el bolsillo o en el corazón. Hasta pronto.



Con Vds, una hermosa canción que escuché por primera vez hace ya ¿veintitantos? años en la voz forastera de Harry Dean Stanton y que ahora devuelvo a sus legítimos orígenes. A César lo que es de César, híjole.









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27 de noviembre de 2012

Un gordo real o imaginario

Es hora de sincerarse con nuestras barrigas. Gordos y gordas del mundo civilizado, hagan el favor de desnudarse frente al espejo del cuarto de baño y déjense la ropa interior puesta para evitar distracciones innecesarias. Les concederé que la iluminación del water (cuando no está tuneada) no suele ser la más favorecedora; al contrario, entorpece cualquier intento de autojustificación corporal, devalúa los réditos del gimnasio y nos muestra en nuestra espléndida ordinariez de nalgas estriadas, ojeras, arrugas, lunares, vientre inflado y tetillas tristes. Vístanse o apaguen la luz, según, e intenten olvidar. Si se han visto no se acuerdan.


Dice Steven Pinker que la lectura de una novela proyecta al lector en la mente de otro y le permite vivir otras vidas. Me atrevo a añadir que la mirada del gordo real o imaginario traslada su cuerpo a través del papel couché y le permite colonizar, por ejemplo, el de David Beckham. Y hay que ver qué agustito que se está en el cuerpo de David Beckham.

Al Quijote se le fue la olla de tanto leer novelas de caballería; se proyectó más de la cuenta, que diría Steven Pinker; y el resto ya lo saben, queridos Lectores Improbables: confío en que, como yo, habrán leído al menos la versión infantil abreviada, tan socorrida para superar sin pena ni gloria los desafíos lectivos del Instituto. Hoy día el gordo real o imaginario lee poco pero mira mucho. Y cuanto más viaja a otros cuerpos gloriosos, más duro se hace el retorno al realismo sucio del espejo del cuarto de baño. Adoctrinado desde su más tierna infancia en el mito de las tres comidas diarias, la merienda, los tentempiés y el botellón de Cocacola fresquita en la puerta del refrigerador, el gordo real o imaginario, que tal vez no naciera para gordo, se hace gordo. Biológicamente ya lo ha dado todo; tiene los huevos negros y es capaz de transitar por la vida a velocidad de crucero sin suplementos alimenticios. Va sobrado de calorías que luego se le pudrirán camino del trabajo al volante de su primer coche de segunda mano y, en general, se le seguirán pudriendo imperceptiblemente mientras desgasta las neuronas frente a la pantalla del pecé desde el lunes hasta el viernes o mientras aniquila alienígenas en la videoconsola o embebe, uno tras otro, los Telediarios, las carreras y los encuentros de fútbol en esta o aquella cadena. El gordo real o imaginario se ha hecho mayor en un mundo en el que los tres Reyes Magos han abdicado en favor de una tríada de fuerzas más abstractas que representan el corolario moderno de anhelos que ocupan su razón y su corazón: Belleza, dinero y poder encarnan todo aquello que su reflejo en el cuarto de baño se empeña en negarle cada mañana de su vida adulta.

Pletórico de calorías infrautilizadas, sedentario y en un estado de deterioro que ya empieza a ser alarmante, el gordo real o imaginario se dedica a marear la perdiz y continua  proyectándose desde la poltrona del sofá en David Beckham, Cristiano Ronaldo o cualquier otro macho mediático. El gordo real o imaginario que cree que ya no cree en los Reyes Magos se apunta a un gimnasio, y un miércoles cualquiera empieza a consumir proteínas en polvo de un bidón de plástico que le han recomendado en una tienda de nutrición deportiva. Por la noche se acostará sin comer nada que le aproveche más allá de una loncha de pavo, un par de rebanadas de pan tostado industrial y una pieza de fruta. El miércoles siguiente, avalado por la experiencia que le proporciona una semana de entrenos y agujetas en el gimnasio, adoctrinará a sus compañeros de oficina sobre los beneficios de una dieta hipocalórica, a los que por supuesto ha renunciado el fin de semana (esto no lo comenta). Después, en el vestuario del gimnasio, ingerirá su empalagoso batido de proteínas y, de propina, dos barritas de muesli y una Cocacola cero. El gordo real o imaginario se masturbará esa noche con el estómago vacío de comida útil a la salud de alguna modelo de su devoción cuyos méritos genéticos -que no deportivos- le han otorgado un lugar de honor en las páginas centrales del Men's Health de ese mes.

Pasan las semanas y el peso de la báscula rivaliza con el tiempo del reloj como magnitud que da razón de la existencia rutinaria del gordo real o imaginario. Los kilos van y vienen de forma misteriosa. Cada cerveza, cada sauna, cada deposición computa en el debe o el haber de unas cuentas que nunca llegan a cuadrar delante del espejo acusador: La vida está llena de trampas y tapas, de cenas y sobremesas y de sábados por la noche en los que corre el alcohol. Los propósitos de enmienda del gordo real o imaginario pasan por un aumento del gasto en productos de farmacopea que han captado su atención durante los insomnios de Teletienda o en el escaparate de alguna parafarmacia que prometen resultados sin otro esfuerzo que el de deslizar la tarjeta de crédito por la raja del datáfono. Como es un hombre de criterio, descarta la dieta del sirope de arce porque le parece una mamarrachada y se decanta por el método que le promete ese cuerpazo que se merece sin pasar hambre.Porque puede hacer cinco comidas al día. ¡Cinco! Durante la próxima quincena, redoblará sus esfuerzos en el gimnasio y, a pie de taquilla, seguirá fiel al batido de proteínas, las barritas de muesli y la Cocacola cero. Y una manzana.

Aunque siga fallando fin de semana sí y al otro también, el gordo real o imaginario por lo menos ya no anda lampando los días laborables, aunque a veces pierda la cuenta de las comidas que hace. También se ha descargado un programa de control de calorías que ha instalado en su teléfono móvil. Los kilos llegan y se van mientras en su revistero se amontonan los ejemplares de Peso Perfecto que no tiene tiempo de leer. Una rotura fibrilar primero y un viaje de trabajo después le apartarán durante un tiempo del camino deportivo de virtud. Ya con la moral minada, seguirá haciendo las cinco comidas diarias aunque alguna de ellas sea de postre o café y chupito de hierbas. Sus comparecencias ante el espejo se limitan ahora a lo estrictamente necesario y las noticias de la báscula no resultan precisamente alentadoras. Decide sustituir la quinta comida por el batido de proteínas y la manzana, y traslada las barritas de muesli al desayuno junto con las tostadas, las dos piezas de fruta, el queso fresco, el jamón york y el café con leche desnatada. Lo cual tiene pleno sentido porque, aunque le queden cuatro, el desayuno es la comida más importante del día o, mejor dicho, del día en el que no comparte menú con los compañeros y si descontamos, claro está, algún que otro ágape dominical con sobremesa.

El retorno al gimnasio es un propósito de enmienda que aún tardará un par de semanas en materializarse porque el gordo, ahora un poco más real que imaginario, no está por la labor, no encuentra el momento. El sábado por la mañana temprano se va a correr al parque y a su regreso, desfallecido, decide reponer fuerzas con un copioso desayuno, que no es cuestión de jugarse la salud. Después, bajo el agua caliente de la ducha reconsidera la dieta del sirope de arce y decide que ese mismo lunes empezará a pasar hambre.

Llegados a este punto creo que es hora de abandonar a mi gordo imaginario a su suerte, a la espera de un lunes que permanecerá inédito sine die en los anales de este blog. La suya no es más que la historia de tantos gordos y gordas descontentos, cuando no indignados, consigo mismos al verse incapaces de alcanzar la belleza tantas veces prometida en un mundo en el que querer -eso dicen- es poder y el fracaso no existe salvo para los fracasados, que naturalmente son esos seres tristes, anodinos y dignos de compasión que viven atrapados para siempre en el espejo de un cuarto de baño cualquiera en una ciudad cualquiera.

23 de octubre de 2012

Bicicleta


Un sábado de hace tres o cuatro años alquilé una bicicleta por horas en una tienda de los alrededores del parque del Retiro. Vivir solo y sin televisión a veces tiene sus inconvenientes; y entre ellos está el que uno tiene que inventarse quehaceres para rellenar con estopa los tiempos muertos del fin de semana en el noble intento de construirse una vida personal digna, aunque sea una vida personal disecada. Cuando el placer de leer se vuelve tostón, desasosiego y culo requemado en el sillón favorito y se ha superado con creces el cupo de tareas domésticas admisibles, llega ese momento en el que a uno no le queda más remedio que echarse a la calle a lo que salga. Y lo que salió fue alquilarse una bicicleta, y como una cosa lleva a la otra los pedales me llevaron desde el Retiro hasta las inmediaciones de la Torre Blanca, mi lugar de trabajo, la cuna de mis ingresos y también, probablemente, la tumba de mi vida laboral. Eso era lo que debía haber yo reflexionado allí y entonces si hubiera estado escribiendo un blog en lugar de medir mis fuerzas, pero en realidad lo que hice fue no pensar nada en especial y regresar hasta el portal de mi casa y de ahí hasta la tienda de bicicletas otra vez, procurando sudar lo justo, una hora y diez minutos después. Por abreviar, les diré que una vez en posesión de una razón para vivir (y que conste que no es infrecuente vivir sin razones especiales para ello) el domingo transcurrió en la paz relativa del lobo estepario y el lunes por la tarde me gasté ciento diez Euros en una bicicleta híbrida que me robaron vilmente al viernes siguiente y que volví a comprar en la misma tienda unas horas después del suceso, esta vez por ciento treinta Euros. Los veinte extras me los gasté en un buen candado, uno de combinación que a fecha de hoy aún conservo y encripto cada día entre las ruedas de esa misma bicicleta que, por si les interesa (seguro que no, pero bueno), es una Conor Atlantic, vintage 2007; un pedazo de hierro polvoriento, correoso y familiar, entrañable en su simplicidad grasienta de piñones y frenos permanentemente estrábicos que ocupa ya un merecido lugar entre mis objetos de culto. A lo mejor les suena extraño, pero mientras escribo esto me invade una sensación como de nostalgia anticipada por su pérdida. Propendo al drama.

Así que de lunes a viernes voy y regreso del trabajo a lomos de una bicicleta. No llevo casco y voy ataviado con la indumentaria de brega corporativa: pantalones, camisa y los zapatos de vestir. Y la corbata, claro. La corbata me la dejo puesta en invierno, porque aunque parezca mentira algo abriga (la única utilidad que le he encontrado, hoy por hoy). Por estas fechas acostumbro a guardarla con el nudo hecho en las entrañas malolientes de la bolsa de deportes. Recuerdo que al principio ponía especial esmero en recogerme el bajo de los pantalones con unos clips hasta que me percaté de que las manchas de grasa y el gris marengo se mimetizan a la perfección y desde entonces no me preocupo, como tampoco le otorgo mayor importancia a los sudores y sofocos que van de suyo al cabo de rodar casi siete kilómetros por las calles al filo de las nueve de la madrugada. Cada mañana el cuerpo mío va duchado de serie, el sudor es volátil y, suponen bien queridos Improbables,  no soy yo precisamente un dandi.

No hace falta ser una lumbrera para percatarse de que Madrid no es ciudad para bicicletas. Si uno no desea acabar apabullado -cuando no ahogarse- en el torrente de coches que inunda las arterias principales de esta ciudad a cualquier hora es mejor buscarse la vida por las aceras y las calles asequibles, de esas que son de una sola dirección, y por las que los conductores estresados no tienen más elección que chupar farolillo rojo o pasar por encima de tu cadáver. En esas calles el ciclista no es más que otro de tantos incordios que jalonan la vida urbana junto con los semáforos, los camiones de mudanzas, los pasos de cebra, las señoras aparcando o los servicios municipales de limpieza mantenimiento. Somos lo que somos y las cosas son lo que son y quien no entienda eso mejor se vaya a vivir al campo. Un utilitario de andar por casa pesa alrededor de una tonelada y esa tonelada es capaz de desplazarse a gran velocidad por vías diseñadas a su imagen y semejanza; creadas precisamente para facilitar y potenciar sus asombrosas posibilidades mecánicas. Miro en Internet y hay en Madrid, al parecer, unos dos millones de coches; dos millones de toneladas, ciento ochenta millones de caballos omnipotentes galopando por praderas de asfalto planificado que son suyas de hecho y por derecho. Mi bicicleta y yo apenas sumamos setenta y cinco kilos. No soy tan rápido ni tan fuerte ni tan potente ni tan caro, pero sí en cambio liviano, versátil, molón y minoritario. Afortunadamente, ni las leyes administrativas ni la maquinaria burocrática municipal han hecho aún mella en este mundo maravillosamente anárquico y  marginal por el que rueda el pedaleante urbano. De momento, la simbiosis con la todopoderosa masa del parque móvil sucede de forma natural y la tutela perversa de los poderes públicos, siempre empeñada en salvar al ciudadano tonto e indefenso de sí mismo, aún no ha terciado en el asunto, aunque empiezan a soplar malos vientos: Las asociaciones de ciclistas, supongo que convenientemente auspiciadas y alentadas por los empresarios del ramo, demandan carriles excluyentes, privativos para el uso de bicicleta enarbolando argumentos-comodín, de esos que igual valen para un roto como para un descosido: ecología, victimismo social de las minorías, salud cardiovascular o buenrollismo bohemio y global. Si se fijan, son consignas que lo mismo sirven para demandar libertad sexual y plátanos para todos. El caso es que de vez en cuando le da al colectivo ciclista por colapsar festivamente el tráfico rodado del Paseo de la Castellana y yo no puedo evitar pensar en las grandes urbes chinas y esas masas proletarias de toda edad y condición que pedalean cansina y resignadamente camino de la fábrica, la tienda o la oficina. El otro día leí en un periódico que el kilómetro de carril-bici cotiza a ciento setenta mil Euros. En los escaparates de las tiendas especializadas se ofrecen a la venta con toda naturalidad ejemplares ultraligeros por cuatro mil o más Euros. Las grandes superficies no escatiman metros cuadrados cuando se trata de ofertar bicicletas y complementos afines. Los medios de prensa económica especulan sobre la eclosión ciclista y la crisis del carburante  y, de paso, aprovechan para exhibir modelos y precios en precario y sospechoso equilibrio entre la información periodística y la publicidad encubierta. Los recintos  feriales ofrecen sus pabellones a mayor gloria de la bicicleta a seis Euros la visita. Las bicicletas son, en definitiva, trending topic, y precisamente por ello una mina de dinero, dinero y más dinero.

La unión hace la fuerza bruta. El ciclista solitario se vuelve pelotón y clama por el reconocimiento oficial de su derecho a circular por la ciudad igual que las parejas de hecho optan por formalizar su unión ante la ley que después les exigirá sangre, sudor y lágrimas a la hora de divorciarse. Creo que ya lo he dicho antes: Madrid no está preparado para las bicicletas y esto es algo que no va cambiar porque se otorgue una Carta Fundamental de Derechos del Ciclista. Con o sin carta de derechos, seguiremos teniendo que buscarnos la vida, pactando con conductores y peatones, aprovechando los retales de asfalto que nos quedan allí donde los neumáticos no llegan.

El ciclista como sujeto de obligaciones sancionables es una perita en dulce que pide a gritos rentabilizar el pelotón en aras del bienestar social y, sobre todo, de las arcas del Ayuntamiento, tan menguadas en estos últimos tiempos. Hace ahora algunos años fui a Londres y recuerdo que, aparte de representar la obligada comedia del turista (pues qué otro sentido tiene hoy el tiempo libre si no es gastarlo en comprar y mirar lo que te digan), tuve la ocasión de percatarme de que las ordenanzas municipales de la City prohibían candar la bicicleta en farolas, vallas y demás mobiliario urbano so pena de confiscación y multa. Reflexioné con una cierta desazón que esa norma no debía de ser más que la punta del iceberg de un corpus punitivo que seguramente sería moneda común de todas las sociedades sensatas y civilizadas en las que el pedaleo ha dejado de ser ejercicio de libertad individual para convertirse en responsabilidad colectiva.

Permítanme visualizar un futuro imperfecto a tono con el gris cenizo de este blog: El pelotón pedirá carril-bici, se manifestará una y otra vez, organizará fiestas y concentraciones y, por fin, tal vez aprovechando el atropello y muerte de algún mártir de la causa en época electoral le será concedido, si bien convenientemente envuelto en ordenanzas municipales que harán obligatorio portar casco y uniforme reflectante, quedará prohibido circular por las aceras, se gravará con un canon el precio de compra de las bicicletas a cuenta del uso u amortización del carril y, por supuesto un pack  punitivo-recaudatorio que, entre otros, sancionará sin miramientos a los ciclistas que rebasen la cicatera tasa de alcohol en sangre permitida por las autoridades, cosa esta última que me va a joder  especialmente, ahora que había descubierto las ventajas de salir a tomar copas y otras cosas por el centro de Madrid y orear la curda de regreso al fresco de la madrugada, pian piano, disipando malos vapores a lomos de la bicicleta. Qué agradable que es llegar a casa, ovillarse debajo del edredón y dejarse vencer por el sueño, ebrio y tonificado (no Gin-Tonificado) a partes iguales. Perdonen la digresión, pero es que cada  vez escribo peor; entre otras razones porque el tiempo precioso que antes solía dedicar a mis incómodas lecturas en los vagones del Metro camino del trabajo ahora lo empleo en quemarme los muslos un día sí y otro también. ¡Mis piernas de acero pedalean incansables en una suerte de involución diabólica hacia el analfabetismo funcional!

Distopías aparte, les confesaré que no puedo evitar sentirme un poco fuera de lugar cuando circulo por una de esas pistas de la Señorita Pepis que el Ayuntamiento ha construido en las zonas verdes, cuya única utilidad parece ser el garbeo desde un parque hasta el parque siguiente los fines de semana que hace bueno. Ruedo en paralelo con familias que pedalean unidas y también peatones que se obstinan en sacarle partido al carril como área de paseo alternativa, con o sin el perro cagón. De vez en cuando me veo violentamente rebasado por oficinistas que pedalean embutidos en mallas de colores como superhéroes fondones que hacen promoción gratuita de bebidas refrescantes, corporaciones bancarias, publicaciones deportivas y otros engendros hipertrofiados del capitalismo salvaje. Equipados con cantimploras, pulsómetros y cascos como de garrapata futurista apabullan a los niños en sus triciclos con ruedines y también a mujeres que montan en bicicletas rosas. Los superhéroes fondones y sudorosos circulan por las pistas de juguete y lucen piernas inquietantemente depiladas.

Bien pensado, esos carriles no van a ninguna parte. Para eso -para ir a los sitios, quiero decir- ya están puestas las calles de toda la vida, que cumplen esa misión con creces y que son las que hay que conquistar a golpe de pedal, finta y frenazo si es que uno quiere realmente desplazarse por Madrid con fines prácticos en lugar de hacer el ganso.

A veces me pregunto por qué lo hago; por qué pedaleo y sacrifico preciosos minutos de lectura diaria; qué gano a mi edad reventándome las piernas cada mañana para volver a dar baqueta al cuerpo más tarde en los salones sudados de uno de esos gimnasios para ejecutivos de medio pelo que proliferan por la zona de los Nuevos Ministerios. Al cabo de la semana laboral, de regreso a casa los viernes por la tarde, no soy más que materia orgánica desechable, y les aseguro que a estas alturas de mi vida la siesta ya no basta para recuperar la condición humana... Escribía al comienzo de esta entrada que el origen de todo esto no fueron más que razones improvisadas para vivir durante el tiempo muerto de un fin de semana y debo añadir que aquel experimento acabó cuajando en hábito rutinario. Mentiría si les dijera que doy pedales por no contaminar o por ahorrar los cincuenta Eurazos del abono de transportes o por la gloria bohemia o en aras del sueño neoyorkino. No. En realidad pienso que el hábito hace al tonto, le ofrece una excusa para vivir sin pensar demasiado... Estimados Lectores Improbables, me acojo al derecho constitucional de no seguir escribiendo contra mí mismo porque me temo que, si no lo ha hecho ya, cualquier argumento o justificación no hará sino poner de manifiesto el poco seso de esta cabeza, capaz de abonarse fielmente a cualquier rutina. Incluso a este triste Blog.



Hacía tiempo que nadie me llamaba Zooey. Zooey fui, aunque haya perdido todas mis cuentas de correo con ese apodo. Rebusco en el baúl de los recuerdos y encuentro algo en la Despensa de Merlín:


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¿Tú qué me dirías?

¿Qué me dirías
si me vieras sólo pierna y media?

Si me tuvieras enfrente
y mirándote a los ojos.

Tú, sentado en ese banco
y yo en el de enfrente.

Tú, con veinte dedos.
Yo con quince.

A tí, doliéndote un pie.
A mí, el pie.

Tú, ¿qué me dirías?


--------º----------


7 de julio de 2012

Sara Carbonero


En realidad esta entrada debería haberse titulado algo así como “Feria del Libro” o “Feriantes”, puesto que hacía ya varias semanas que me había había hecho el propósito de escribir algo sobre ese parque temático que cada año es más parque y menos temático, en el que los libros importan ya poco y lo verdaderamente reseñable es el muñeco viviente de Gerónimo Stilton, la exposición fotográfica ecosaludable, el mega-camión blanco de Caja Madrid coronado con una enigmática antena parabólica, los restaurantes de quita y pon y los Calippo a dos Euros con cincuenta. Y la gente: Una multitud heteróclita que desfila o participa con sus hijos en las distintas actividades accesorias organizadas por los Feriantes a lo largo y ancho del Paseo de Carruajes del Retiro que, como podrán suponer, poco o nada tienen que ver con la lectura entendida como goce o entretenimiento de ámbito interno e inmaterial, sin otra proyección física exterior que la de el libro-contenedor que, como tal, no ofrece más divertimento que el que pueda proporcionarnos un ladrillo o una tableta de turrón. Disculpen este insulto a su inteligencia, pero un libro no es un balón; no es una canción ni tampoco una flor o un tinto de verano. Y sin embargo los libros venden, así que hay que celebrarlo como sea y, si hace falta, fichar a Gerónimo Stilton o incluso a Camilla Läckberg para que niños y mayores hagan colas y lo pasen bien y, de paso, degusten un bocadillo de panceta o una paella de guerrilla.

Pero, como les decía al principio, ese no va a ser el motivo de esta entrada; principalmente porque cuando por fin me decido a mover el culo y perpetrarles algo a propósito de la Feria del Libro, la Feria del Libro no es más que historia obsoleta. La realidad comentable, lo que está pasando aquí y ahora precisa de agilidad, inspiración, voluntad y recursos narrativos de los que carezco; ya quisiera yo publicarles una entrada un día sí y otro también, pero la falta de talento se alía con mis obligaciones laborales y otras miserias cotidianas y al final no me queda otra que recurrir a Sara Carbonero, trending topic perdurable y facilón donde los haya. Empezando por los datos objetivos, les diré que la protagonista interina de esta entrada no ha cumplido aún los treinta años. Me doy cuenta con relativa tristeza de que su tiempo biológico equidista del mío en los roles de hija y amante y me siento viejo pero no verde. Continuo con los hechos puros y duros: Para ser de un pueblo de Toledo Sara es, cuanto menos, exótica, con esos ojos de color verde ultraterreno y el pantone sublime de su piel inocente de granos, merecedora por sí sola de un Club de Amigos en Facebook. Busco en Internet Sara Carbonero en bikini y confirmo su corporeidad privilegiada, refrendada por las murmuraciones de muchos opinadores que sostienen su excesiva delgadez, tal vez para justificar la propia genética de saldo o un endomorfismo retro desde hace ya cientos de años. También dicen en Internet que Sara no ha terminado la carrera de periodismo. Probablemente sea cierto, pero si  mi modesta opinión al respecto sirve de algo, les diré que una licenciatura no es más prueba de la valía intelectual o profesional de una persona que el valor certificado en la cartilla militar de millones de varones del tardofranquismo (entre los que me cuento). Siempre me han hecho gracia las jeremiadas de los jóvenes mamertos que confían en sus licenciaturas y sus posgrados como antídoto infalible contra el paro, sus reproches al sistema fundamentados en este axioma demagógico que es en realidad una cómoda falacia arrojadiza desde cualquier militancia política atrincherada en la oposición. Pero me doy cuenta de que eso es material para otra entrada impublicable, así que continuaré con Sara, aunque ahora me enfangaré en cuestiones más subjetivas; son ustedes libres de discrepar si así lo desean. Sara es bonita; Sara Carbonero está bien buena: Micrófono en mano y unos vaqueros ceñidos se basta y se sobra para emputecer sin remedio el postpartido de cualquier vestuario de la Liga BBVA. Ni sus preguntas ni las respuestas de los jugadores importan; son todas prefabricadas, entrevistas sin chicha ni limonada, exentas de gracia, para todos los públicos. Entrevistas que Sara ejecuta sin tomar los riesgos mediáticos que cabría esperar de una redactora (algunos dicen que Subirectora) de deportes a sueldo de Telecinco. Sara no enseña los dientes, no manda callar con la fuerza de los hechos profesionales consumados y, por ello, es incapaz de ganarse el respeto de todos los que cada domingo nos reafirmamos en la creencia de que no es más que un pobre florero mediático víctima de unas circunstancias que ya quisieran para sí las endomorfas y los endomorfos de medio mundo. Pobre niña rica.

Sara confunde recochineo con persecución ideológica y se defiende, desde la tribuna que con gentileza incomprensible le proporciona el diario deportivo Marca, con paralelismos que evidencian un escaso cuajo intelectual y, si me apuran, hasta un cierto infantilismo demagógico. A sus propias palabras me remito: “(...) Y no sólo en España, en muchísimos países de Europa y América. Aunque no existía Twitter [¡gracias, Sara!] la práctica de acusar desde el anonimato e intentar que quemasen a alguien estaba muy extendida.¡Menos mal que esa época ya ha pasado!”. Los corchetes son míos.

Sepultado bajo el césped del estadio Santiago Bernabeu yace un legado suculento que Sara podrá entregar al diablo a cambio del copyright de su vida futura -que no los derechos sobre su alma. Si consiente, el diablo nos contará una historia ilustrada en couché policromado pletórica de amores, embarazos, escándalos, rupturas y reconciliaciones, amantes, bodas íntimas,  moda, complementos y secretos de belleza. Una historia en la que no faltarán demandas por el derecho al honor la intimidad y a la propia imagen o tal vez algún problema con Hacienda o con las drogas. Un guión trillado y predecible, apto para todos los públicos, que Sara podrá escenificar como una delicada marioneta de ojos verdes hasta que la celulitis y otros estragos de la edad  hagan presa en su cuerpo. Con ese legado y la pensión alimenticia de algún que otro divorcio Sara costeará su hipoteca y las hipotecas de sus hijos y las de sus nietos. Pero todo eso está, de momento, sepultado bajo el césped del estadio Santiago Bernabeu. Hoy por hoy, a ras de césped, no hay más que un horizonte profesional por conquistar, lo cual es tarea complicada para una mujer paradójicamente lastrada por su cuerpo y por toda esa inexperiencia, o quizás falta de talento natural, que durante los encuentros la relega a recitar estadísticas y porcentajes sin sustancia, cuando no directamente imbéciles, que le proporcionan los laboratorios de Telecinco. A diferencia de sus entrevistados, que se han ganado a pulso o, mejor dicho, a puntapiés, el privilegio de opinar, manifestar y declarar lo primero que se les ocurre sobre cualquier cosa después de un partido, la Carbonero no da la talla; esto es, metafóricamente hablando, puesto que desde una perspectiva estrictamente carnal sus credenciales 90-60-91 son incuestionables si damos por buenas las prótesis Natrelle de Allergán de 225 cc. con las que no ha mucho complementa su armazón corporal y que, a poco que reflexionemos, nos inclinan a creer que más tarde o más temprano Sara aceptará el legado envenenado del diablo. ¿Qué se apuestan?

Vaya esta canción para todas las valientes que por principios, y muy a su pesar, decidieron no tatuarse ni calzarse un par de lujuriosas tetas...


16 de junio de 2012

Diego


Diego corre detrás de un balón por la playa vacía de turistas. El cielo encapotado de finales de febrero derrama una luminosidad grisácea que confiere a las cosas un aspecto desgastado y rutinario, lejos del mundo policromado de los catálogos turísticos. Su madre, sentada a horcajadas en el murete que deslinda la playa del paseo marítimo consulta a ratos la pantalla del teléfono móvil. A sus pies descansa una mochila de colores estampada con superhéroes que posan en actitudes diversas de combate.

- Diego, la gorra... ¡Diego!... ¡La gorra!

Diego ha recogido el balón y se acerca hasta el murete con paso vacilante, hundiendo con desgana las zapatillas de deporte en la arena.

- Mamá, podemos quedarnos más rato. Luego va a venir el primo.

- Diego, recoge la gorra y vámonos.

Se voltea. La gorra abandonada reclama su atención treinta metros más allá, cerca del agua. Diego calcula, mira a su madre y sonríe.

- ¡Vale!

Echa a rodar el balón y emprende una carrera alocada hacia el mar. Mónica está a punto de advertirle algo, pero al final retiene el aire en los pulmones y se limita a observar al niño correr haciendo aspas con los brazos. Luego marca un número de teléfono en el móvil.

- Marcos. Cómo estás.

Al otro lado de la línea, Marcos le espeta directamente si ha sucedido algo, si ha habido cambio de planes. Mónica se retira el pelo de la cara y se enciende un cigarrillo. Mezcla las palabras con el humo que exhala.

- No, todo bien. Llega mañana. A su hora.

Silencio. Mónica escucha el mar de fondo y mira el cigarrillo humear entre los dedos fríos, ligeramente amarillentos. Cuánto hace que volvió a fumar; nueve meses, tal vez un año. Marcos no sabe lo del tabaco; no lo hubiera entendido. Pero antes las cosas eran distintas. Antes de las excusas civilizadas, de la desidia y los silencios ensimismados frente al televisor. Finalmente todo se torció y las formas superficiales desterraron la complicidad y la rutina que fue generando espacios estancos, incomunicados, en la relación. Un día Marcos simplemente se fue. O se fue el extraño en que Marcos se había convertido; el extraño que ahora la interpelaba disgustado, suspicaz, al otro lado del teléfono, al otro lado de mar.

- Espera.

Le alarga el teléfono.

- Cariño, es papá.

Diego se pone la gorra y sin soltar el balón coge el teléfono. El balón y el teléfono son objetos que aún le quedan grandes. Permanece callado, con expresión concentrada y el móvil aplastado contra la mejilla. La mira.

- Diego, es tu padre. Dile hola a papá.

Diego obedece, dice hola y lo que sigue son cincuenta segundos de tiempos muertos intercalados con palabras sueltas y monosílabos distraídos.

Mónica observa a su hijo. Le angustia pensar que al cabo de un tiempo, unos meses tal vez, será ella la desconocida al otro lado de la línea, la que intente infructuosamente rescatar afectos y complicidades en la distancia.

- Anda, trae, que parece que se te ha comido la lengua el gato. Dile adiós a papá y dame el teléfono.

Mónica se apea del murete y le da la espalda al niño, que rebusca algo en un bolsillo de la mochila. Se aleja unos pasos

- Marcos...

Entre dientes, casi asfixiando las palabras.

- Marcos, por favor, qué piensas que le puedo decir al niño. Nada, joder, no le digo nada. No sé que esperas que te cuente si no has vuelto a verlo desde que te marchaste. Perdón, desde que os marchasteis. Ya te he dicho que el niño ha estado en el pediatra; ha...

Por un momento desvía su atención.

- ¿Mamá, puedo?

Mónica se gira y ve a Diego que le muestra una bolsa de plástico con gominolas que ha sacado de la mochila.

- ¿Sólo una, mamá?

- … ha estado jodido, Marcos. Y ahora esto; no, Marcos, no sabe nada, para él son sólo unas vacaciones en Galicia.

Asiente en silencio mirando a Diego y le muestra un dedo, mitad advertencia mitad permiso: Una gominola nada más.

La existencia simple de Diego. Los deberes del colegio, las fiestas de cumpleaños, sus catarros de niño, los cromos o los dibujos animados y una multitud de cosas insignificantes sobre las que se sustentaba el territorio neutral en el que Mónica se había refugiado, al margen del desastre sin sentido en que se había convertido su vida desde la marcha de Marcos. Marcos, que un día abandonó la isla con sus rastas, el petate y una beca en la universidad de Santiago de Compostela. El vuelo de ella había despegado al cabo de unos días también rumbo al norte de la península. Eso y también todo lo demás lo supo después. Tras las primeras semanas de angustia e incomprensión a duras penas disimulada en el esfuerzo de mantener a Diego al margen de todo aquello, había tenido tiempo para reflexionar y atar cabos; para destilar algún poso de verdad en aquella mezcla de desgarros existenciales, tortura interior y otros tópicos grotescos con los que Marcos había intentado justificar su decisión de poner tierra de por medio. Pensó Mónica que detrás de todo no existía más que el empeño absurdo de recuperar una vida bohemia de mileurista aventurero, plagado de proyectos e ideales solidarios que la realidad provinciana de las islas o tal vez el lastre de una familia le negaba.

- No sé que es lo que va a pasar. Aquí no es fácil encontrar trabajo, ya lo sabes. Por lo menos hasta el verano. Te llamaba porque aún no hemos hablado de cuándo tienes pensado regresar con Diego. Perdona, quiero decir cuándo pensáis regresar. De visita.

Los ojos se le humedecen al escuchar lo que ya sabe que va a oír y se siente estúpida por haber marcado su número. Estúpida porque sabe de sobra que Marcos se va a refugiar en la falta de dinero, en la difícil situación económica, para no concretar un regreso a medio plazo y maquillar la fea verdad de que sólo su marcha de la isla propiciará el retorno a la que a fin de cuentas es su tierra. Estúpida por haber cerrado los ojos a la realidad de su situación tras la ruptura; por haber buscado apoyos y complicidad en todas aquellas amistades circunstanciales que compartieron teléfono, paseos por el malecón y algún café de sobremesa dentro de los límites civilizados de la cortesía, para retomar después vidas, lazos y lealtades familiares y personales. Estúpida por haberse refugiado en el pequeño mundo de Diego y la rutina de su trabajo en la inmobiliaria, a sabiendas de que con ello no hacía más que prorrogar una existencia interina en un mundo de playas, volcanes y desiertos. Un mundo frágil y transitorio que más tarde o más temprano acabará reclamando su legítimo titular, paradójicamente exiliado en un lugar de lluvia y bosques, de piedra, frío y musgo. Vidas forzadas que pronto retomarán sus cauces naturales. Marcos -él aún no lo sabe- regresará a su tierra para reconstruir una nueva familia sobre los restos calcinados de la anterior.

Mónica deja caer la colilla humeante sobre los adoquines del paseo marítimo, sucios de arena y desperdicios que evidencian el descuido administrativo de cualquier lugar de costa en temporada baja. Desvía la mirada hacia el mar adentro y deja que la brisa aborte las lágrimas incipientes. Reconduce la conversación al tópico exhausto de las últimas semanas; hacia los detalles prácticos del viaje de Diego: La ropa de abrigo, el papeleo del traslado escolar, el acompañante de vuelo. Intercambio mecánico de información, probablemente el último, que ya no hace desgarro ni mella en el ánimo de ella, aplastado por las circunstancias hace ya tiempo.

Sentado con las piernas cruzadas al pié del murete, Diego repasa con aplomo infantil un taco de cromos. Por un momento alucinado Mónica disocia el objeto de la conversación con Marcos del niño que a solo unos metros mueve los labios ensimismado en el inventario feliz de sus primeras posesiones. Pero sólo es un momento. El niño moreno con las rodillas raspadas y el pelo corto y desordenado vuelve a confundirse con el menor protegido por las leyes, a merced de la guarda y tutela de dos progenitores que no pudieron o no supieron no hacer pedazos una familia. Mónica siente de nuevo la zozobra de tantas otras noches y piensa que Marcos tampoco sabe lo de los ansiolíticos, ni otras cosas que tampoco le ha contado por aferrarse a una dignidad escuálida que será todo lo que le reste a partir de mañana cuando Diego se marche.

Una vez más, quizá también la última, vuelve a rechazar el poco dinero que sabe que Marcos le puede ofrecer, aunque haya agotado la prestación por desempleo tiempo atrás. Marcos, que al otro lado de la línea debería saber que el desafecto no se redime con subsidios, ni con la estética de las buenas intenciones, que debería sospechar que habría trabajado en cualquier cosa, en cualquier lugar, en cualquier empleo de mierda antes que renunciar dócilmente a Diego, antes de entregarlo sin resistencia al cuidado de su padre como está a punto de hacer.
- Te lo agradezco, no hace falta. Ya te he dicho que tarde o temprano encontraré algo. No queda tanto para el verano.

La conversación ahora languidece distante, cenagosa y alcanza, al fin, el tiempo de descuento en un partido que uno de los equipos ha perdido muchos minutos atrás. Cuando Mónica pulsa el botón de desconexión intuye que Marcos probablemente se sienta aliviado en la creencia de que también ella ha encontrado alguien con quien compartir la vida; que tiene proyectos de futuro en los que el niño no encaja. Marcos, que ahora podrá redimir infidelidades y abandonos pasados con el ejercicio de la paternidad responsable cuando finalmente recupere a su hijo.

- Vámonos, cariño.

Diego se levanta, aún con el taco de cromos en la mano, mira al suelo y protesta en voz baja, un poco contrariado.

- Es que va a venir el primo...

- Diego, tenemos que hacer la maleta.

Por segunda vez experimenta la certeza angustiosa del regreso de Marcos a las islas y el horror inconcebible de su propia ausencia. Desvía la mirada más allá del niño, hacia el espigón del puerto y, con tono neutro, le miente:

- Ya verás al primo a la vuelta de vacaciones; ahora tenemos que irnos.

*******

Por la noche antes de dormir, aún con los ojos grandes y muy abiertos, Diego le pregunta a su madre otra vez por los árboles.

- Hay muchos en Galicia; Robles, eucaliptos... también castaños y pinos y tejos y, qué sé yo, todos los árboles que se te ocurran. Iréis al bosque; seguro que tu padre te llevará.

- ¿Pero iremos de día?

- Claro, de día es cuando los bosques son más bonitos, más verdes.

Diego se queda un rato mirando a la luz del techo sin decir nada. Al otro lado de la ventana abierta, el motor de un coche que maniobra para aparcar ahoga el monólogo lejano de las noticias del Telediario en la casa de algún vecino. Más cerca, en la cocina, el murmullo persistente de la nevera. Ruidos que recalcan el silencio. Sentada al borde de la cama del niño, Mónica quisiera no sentir el vacío terrible que le ensucia la respiración, que le gangrena los pulsos y el resto de las constantes vitales indiferentes. El dolor insoportable de las últimas semanas ha remitido, concediendo a Mónica una tregua, un transitorio retorno a la normalidad de sus funciones corporales y, con ello, la lucidez necesaria para pensar que no quiere pensar, porque sus pensamientos no son más que un telón de fondo en el que se escenifica una y otra vez el infierno vacío de su cabeza.

- ¿Y si me pierdo?

- ¡Qué te vas a perder! Anda, dame un achuchón y a dormir, que mañana te marchas de vacaciones.

Mónica se inclina sobre su hijo que la abraza distraído.

- ¿Y si me esconden?

Diego huele a niño y sabe a sal. Mónica sonríe, cierra los ojos y deja de pensar mientras lo aprieta con suavidad contra su pecho.

- Si los árboles te esconden, te encontraremos porque siempre llevarás puesto el chubasquero rojo. No te olvides de decirle a papá que te lo tienes que poner cuando vayáis de excursión al bosque.

Al apartarse de Diego, nota que va a empezar a llorar y se apresura a pulsar el interruptor de la luz antes de que eso suceda. Le da un beso de buenas noches y escucha, impotente y un poco avergonzada, como la voz se le quiebra al despedirse.

- Ahora duérmete, cariño.

Esa noche pasará mucho tiempo de pié en la penumbra bajo el quicio de la puerta mirando a su hijo dormir, sorbiendo las lágrimas en silencio.

*******

De vuelta del aeropuerto, en el autobús, rebusca entre los papeles de su cartera, pero no encuentra el volante. Había pensado acercarse al hospital para confirmar los detalles de la primera cita al día siguiente, ahora que cargaba con todo el tiempo del mundo a sus espaldas; un tiempo muerto, un tiempo en descomposición. Mónica contempla al resto de los viajeros e intuye vidas en movimiento cargadas de sentido: Reencuentros familiares, negocios, quehaceres rutinarios, planes y anhelos que tal vez se cumplan o quizá no. Vidas en progresión que ahora ella contempla desde una parálisis desoladora, atrapada en un presente sin más capacidad de maniobra que la que le permitan las sesiones de quimioterapia. Al otro lado de la ventana del autobús el paisaje árido de la isla discurre luminoso e indiferente. Poco a poco, el ruido monótono del motor va empapando sus pensamientos hasta ahogarlos en una realidad indistinta.

Mónica llega al apartamento media hora después. Rebusca y por fin encuentra el volante en un cajón, entremezclado con las radiografías, diagnósticos, recetas y demás papeleo hospitalario acumulado a lo largo de los últimos meses. Antes de marcharse al hospital se detiene por un momento delante del cuarto vacío de Diego. Su cama está deshecha. Reprime el deseo de acercarse y oler las sábanas. Al salir, aún con la puerta abierta, se percata del pequeño chubasquero rojo colgado en el perchero de la entrada.


Tras una larga ausencia -espero no me lo tengan en cuenta- les regalo, con el inestimable patrocinio de youtube, una canción triste de esas que se le pegan a uno en los costurones del corazón remendado que, al cabo de los años, todos acabamos portando detrás de las costillas: