13 de mayo de 2011

Frikis

Hoy día los frikis son legión, lo cual en cierta forma se da de cabezazos contra el significado original del término entendido como anomalía, rareza o renglón torcido de Dios. Cuatro décadas atrás, el coleccionista de pelos de coño, el tonto de los palotes, el turista de camposantos o el asesino de cucarachas en serie malvivía ignorado por el resto del mundo, alimentando subrepticiamente sus manías impresentables en la oscuridad de su gusanera mientras el resto de la peña andaba engolfada en lo suyo; es decir, en el deporte bien entendido, el sexo decúbito supino, las drogas populares y el Rockanroll de tachuelas y melena. Los frikis entre tanto cultivaban amorosamente sus desviaciones singulares con el pundonor sectario de quien se sabe rara avis en un ecosistema hostil plagado de inquisidores, murmuradores, husmiajos y cotillas en estado de alerta permanente, sabedores de que vive y deja vivir nunca ha sido un aforismo especialmente popular entre los borregos y borregas del rebaño. Cierto es que de todo tenía que haber en la Viña del Señor pero, entendámonos: de todo tipo de uvas. Las guindillas no contaban.

Los frikis de la era analógica disponían de un pequeño foro sepultado entre las páginas de la revista cultural Hola! en el que reivindicaban sus causas estrambóticas (las políticamente correctas) debajo de los epígrafes Para Gritar, Para Reír o Para Llorar, aunque tal vez lo que más invitara al grito, la risa o el llanto fuese la pésima calidad de las fotografías que pretendían dar testimonio gráfico de lo increíble pero cierto: el blanco y negro desvaído y granuloso de contornos imprecisos que llevaba a miles de amas de casa a albergar dudas razonables sobre si los sixtillizos de Bloomington, Kentucky no eran en realidad mas que la fotografía traspapelada de los chopitos encebollados en el recetario de la sección contigua de la revista.

Los frikis de antaño acaso soñasen con que un buen día llamara a su puerta el Sr. Guinness para homologar sus excentricidades en el inventario universal de chaladuras coleccionables, acopios titánicos de insignificancias o mierdecitas sin más sentido que su propia multiplicidad desmesurada. El Sr. Guinness les daría, por fin, la razón, y con ella un cheque de cinco mil Dólares o al revés que en el fondo lo mismo da, puesto que desde tiempos inmemoriales es bien sabido que razón y dinero resultan ser elementos absolutamente fungibles en este nuestro mundo de viñedos y guindillas.

Con el advenimiento de la Era de Internet las cosas han cambiado. Y mucho. Todos sin excepción nos hemos vuelto un poco más mentales, porque sólo mentalmente es posible empezar a colonizar el espacio sin límites que la Red despliega ante nuestros ojos incrédulos. Blogueros, pederastas, poetas, mercachifles, prostitutas, editores, fumetas, oráculos, terroristas, curas, ideólogos, cocineros, políticos, espiritistas, desempleados, traficantes, anoréxicas y las madres y las abuelas de todos ellos se apresuran a ocupar un nicho visible en el vasto microcosmos virtual salpicado de ceros y unos como polvo de estrellas infinito, ingrediente básico con el que cocinar el recetario de los sueños o las pesadillas de cada cual.

También los frikis del nuevo milenio han encontrado en el pastizal de la Red territorio fértil en el que procrear y alimentar sus exotismos marginales o, dicho de otra forma más prosaica, un Gran Coño Planetario capaz de insuflar vida y sentido al desecho de cualquier paja mental, por improbable que pueda éste parecer. No tienen ustedes más que conjurar al algoritmo de Google y teclear al azar, por ejemplo, “coleccionismo de ojetes”, “mi menopausia”, “manual del ninja”, “palíndromos largos”, “enamorada de mi hermano”, “chistes de Chuck Norris” o “como depilarse los testículos”. O lo que se les ocurra, que colores hay para todos los gustos. En un mundo alternativo todavía por estrenar los neofrikis ya no tienen reparo en proclamar a los cuatro vientos sus pasiones antaño inconfesables a sabiendas de que en todos los casos serán fervientemente coreadas o amargamente denostadas, da igual,  por una masa de seguidores hastiados sin nada mejor que hacer que rellenar tiempos muertos navegando a la buena de Dios, allá donde el ratón les lleve, entre los que por supuesto me incluyo. El resultado paradójico es la normalización mercantil del fenómeno: probablemente los ojetes coticen en E-bay, Chuck Norris revise al alza su caché por la nueva temporada de Walker, Texas Ranger y las esteticienes hagan su agosto sádico a costa de los huevos peludos de más de un metrosexual militante. Quién sabe, hasta puede que los políticos de turno, que no dan un voto por perdido, propongan algún tipo de rebaja fiscal para el colectivo menopáusico en sus programas electorales. El caso es que, una vez convenientemente digerido y regurgitado por el mercado, el frikismo bien entendido pierde sustancia, se vulgariza irremediablemente, y todo lo que nos queda es un contingente de plastas exhibicionistas que orean sus miserias de serie B a la espera de un qué me dices que los redima de su patética mediocridad generalmente plagada de faltas de ortografía.

Las guindillas se extinguieron hace tiempo y, por desgracia, ya sólo hay uvas disfrazadas en la Viña del Señor. Espero sepan disculpar a este Usuario Razonablemente Infeliz, improbables lectores, si no brinda por ello.

Hoy les dejo en compañía de Jeff Lynne y su Electric Light Orchestra que, a principios de los Ochenta,  testimoniaron en su obra Time el aquí y el ahora con cinco aciertos más el complementario.

21 de abril de 2011

Tirrias confesables (I)

O manías, o fobias, que era lo que iba a plantar a la cabeza de esta entrada, pero una vez consultadas la Wikipedia y el Diccionario de a Real Academia me doy cuenta de que, en sentido estricto, ambos términos aluden a oscuros trastornos de la personalidad en lugar del montoncito de ojerizas coloquiales a las que quiero referirme aquí y ahora. Cada cual tiene a gala sus tirrias y esconde -o es incapaz de detectar- sus manías. Con las primeras no dudamos en exhibir convencidos ante propios y extraños nuestra personalidad singular, exótica y molona. Las segundas forman parte de ese territorio personal escabroso cuya cartografía probablemente sea evidente para cualquier observador externo y, paradójicamente, terra incognita para quien las padece.

La exhibición impúdica y desenfadada de nuestras tirrias lleva aparejado el riesgo de que propios y extraños (sobre todo, estos últimos) nos consideren un poco -o bastante- gilipollas. Qué puedo decirles, es un riesgo alto, pero asumible. Salvo Roberto Carlos y tal vez un puñado de obsesos del Facebook, no sé de nadie que quiera tener un millón de amigos (sin acuerdos comerciales con el patrocinador de turno, claro está). Por el contrario, quién no conoce a más de uno que haciendo propio el legendario lema de Isabel Pantoja no ha dudado en proclamar a los cuatro vientos “yo soy esa” (o ese), le pese a quien le pese. Porque nuestras tirrias dicen mucho, y probablemente digan bien, de nosotros.

Intento hacer inventario de las múltiples tirrias latentes que dormitan apalancadas entre los pliegues de mi conciencia a la espera de que un suceso cotidiano las arranque de su letargo para soliviantarme los ánimos y me doy cuenta de que no resulta sencillo hacer una selección representativa, pero habrá que intentarlo.

Empezaré con los diálogos de oficina prefabricados o, dicho de otro modo, por ciertos intercambios verbales huecos que por lo general suelen acontecer entre jóvenes licenciados que incomprensiblemente han decidido que lo que desean hacer en esta vida es dirigir una empresa, cuanto más grande mejor, para lo cual sus progenitores, que comprenden y respaldan las abstractas inquietudes de sus cachorros, han invertido veinte o treinta mil Euros en un Máster que al parecer los prepara para ello. Los jóvenes y acicalados emprendedores generan ingentes cantidades de antimateria comunicacional en los pasillos de las oficinas y, sobre todo, durante los encuentros profesionales fortuitos en el interior de las cabinas de los ascensores mastodónticos que horadan silenciosos, a una velocidad uniforme de diez metros por segundo, las entrañas de las corporaciones:

Nudo de corbata: “Hola
Oso de Tous: “Hola. ¿Qué tal?
Nudo de corbata: “Aquí. Bien... ¿Tú qué tal?
Oso de Tous: “Bien. ¿Mucho lío?
Nudo de corbata: “Ufff. Hasta arriba. ¿Y vosotros?
Oso de Tous: “Igual... Mucho trabajo

Arrinconado en una esquina del ascensor, he sido testigo de esta misma conversación, aunque con ligerísimas variaciones, durante más años de los que quisiera recordar. A veces me pregunto si la exposición reiterada a esta suerte de antimateria pueda producir a largo plazo efectos secundarios imprevisibles. Me sorprende, por otra parte, que los científicos del CERN no hayan concentrado esfuerzos en analizar este fenómeno capaz de producir, a coste cero, bosones Higgs para dar y tomar.

Aun a riesgo de perder Improbables Lectores (son ustedes pocos y valientes), no me queda más remedio que hacer un esfuerzo de honestidad intelectual y referirme aquí a todos aquellos que se empeñan en abrazar y defender con encono causas trilladas y facilonas. A los aficionados del Real Madrid, por poner un ejemplo: gente pleonástica que se obstina en demostrar al mundo cómo arrostran los golpes y dardos de la insultante fortuna, cómo se alzan en armas contra un piélago de calamidades y, haciéndoles frente, acaban con ellas. Bardos de barrio que se ufanan, desafiantes, en cantar los triunfos de su equipo multimillonario en domingos épicos de gloria y tapa de calamares, igual que podría yo vanagloriarme de los cientos de pulgones aniquilados tras un sanguinario combate escenificado en el marco incomparable de las macetas de mi terraza y, después, malherido en combate, aún me han restado fuerzas para arrancar la anilla de un cartón de leche y prepararme un café antes de la rueda de prensa.

Más allá de los pasillos de las oficinas y el tránsito silencioso de los ascensores mastodónticos, un nudo de corbata y un oso de Tous están indefectiblemente abocados a naufragar otro domingo cualquiera de gloria bajo el fragor ceremonial de una tormenta perfecta de arroz bajo las arquivoltas de una iglesia. Nuestros protagonistas, que supuestamente ya saben dirigir una empresa, aunque de momento se conformen con hacer fotocopias, armar presentaciones en PowerPoint© o lo que se les pida (todo se andará), han decidido formalizar lo suyo, para lo cual es requisito imprescindible naufragar a la manera descrita más arriba, y hundirse después en ese océano abisal de miseria cateta que son las bodas católicas de principios de siglo veintiuno. Las bodas entendidas como negocio, con cuenta abierta en los almacenes de El Corte Inglés, limusina de alquiler y luna de miel en un gueto resort tercermundista: Todo Incluido, 2Pax, cesta de flores y transporte desde y hasta el aeropuerto en microbús con aire acondicionado. Los jóvenes emprendedores, ahora también contrayentes, contribuyen al sainete ceremonial y tajan a dúo el primer trozo de tarta nupcial a golpe de espadón de atrezzo mientras un fotógrafo mercenario, a sueldo de la parroquia, los acribilla con el flash hasta el infinito. Luego podrán llevarse el espadón como recuerdo. Los amigos y parientes, incómodamente adosados codo con codo en mesas redondas infestadas de platos y cubiertos, aplauden y gritan consignas casposas. Algún invitado sin escrúpulos estéticos, amparado en el anonimato, les ha regalado una figurilla de Lladró.

Aunque no sólo de tirrias de inspiración clásica se nutre el imaginario de mis disgustos y sinsabores. La juventud (¿divino tesoro?) también aporta su granito, sin duda: Huestes de adolescentes desorientados -probablemente por el consumo indiscriminado de cannabis, cerveza, anuncios de televisión y gominolas- se afanan en emborronar con sus garabatos mugrientos muros, suelos, farolas, bancos y demás espacios urbanos. Jóvenes deficientes y empanados que aún no dominan, y probablemente nunca lleguen a dominar, el arte elemental de hacer una O con un canuto confunden por impulso artístico la pulsión animal que lleva a los perros a mearse en cualquier esquina. Chavales que dan palos de ciego en busca de su identidad y apalean inmisericordemente el entorno mientras los críticos se posicionan ante las maldades estéticas del puente de Moneo y los cubos de Calatrava o al revés, porque a mí esas son exquisiteces del alma que igual me dan; a mí lo que de verdad me jode es deambular por una ciudad podrida de pintadas sin sentido. Y el resto no es más que discusión estéril por la conveniencia de esta o aquella escobilla de diseño en la inmundicia de un retrete de campaña.

En fin, como escribía al principio no es tarea fácil, por extensa, conjurar todas esas ojerizas latentes que emergen puntualmente y me amargan transitoriamente la existencia para luego, como un herpes, desaparecer hasta nueva orden. Si sigo al pie de este Blog les prometo regresar en algún momento indeterminado del futuro imperfecto con la segunda parte de esta crónica inacabada. Hasta entonces, queden ustedes con Dios.

La copla de hoy, autoexplicativa

3 de abril de 2011

John Galliano

No conozco a John Galliano. Quiero decir que no le conozco personalmente, como es obvio. Lo de obvio, lo digo porque soy hombre con muy poco mundo en las alforjas y mucho barrio a las espaldas. Este fin de semana, que yo sepa, no he tenido la oportunidad de cruzarme con él de paseo por el Retiro ni en mis deambulares sin rumbo por Moratalaz colgado del brazo de Beatriz, mientras especulábamos sobre la primavera incipiente en los setos, arbustos y demás mobiliario vegetal humilde y baqueteado, abandonado a su suerte, que como cada año se obstina en reverdecer entre praderas de asfalto, farolas y papeleras. Supongo que a John Galliano uno no se lo encuentra más que al otro lado de la pantalla del televisor -el que tenga televisor- o, de rebote, atrapado tras el géltex reflectante de las revistas de moda que manoseamos aburridos en las consultas de notarios y dentistas. John Galliano tiene nombre de mafioso o de funambulista. Busco y encuentro sus fotografías en la Web, cientos de ellas, que repaso sin demasiado afán hasta confirmar un patrón fisiológico, ya intuido desde la primera imagen, que me permita describir someramente al individuo cuyo nombre da título a esta entrada del blog. Me sobreviene una epifanía que ahorra esfuerzos descriptivos pero me plantea interrogantes que me causan una cierta inquietud. ¿Puede alguien encarnarse a la imagen y semejanza del personaje de una historieta?  Alguna vez he oído o leído la frase: si no hubiera nacido, alguien había tenido que inventarlo. Doy fe de la simetría paradójica, porque a Galliano ya se lo habían inventado antes de nacer. ¿Se acuerdan de Rastapopoulos, el millonario archienemigo de Tintín? Busquen, comparen, y si no tienen nada mejor que hacer, será un placer intercambiar impresiones a pie de entrada. Parecidos más que razonables aparte, me abstendré de aventurar juicios estéticos por falta de fundamento, como con casi todo en esta vida. En mi descargo, diré que los cuerpazos angelicales de las modelos siempre me han impedido reflexionar serenamente sobre toda esa enjundia artística y creativa que ha elevado el mundo de la moda a la categoría de arte. Repaso sus fotografías y compruebo cómo John Galliano se obstina, una y otra vez, en lucir en carne propia sus creaciones de fantasía. Como cabía esperar, una vez despejadas las interferencias sexuales, compruebo que la interacción del afamado modisto con las hechuras y los estampados de Dior que él mismo ha diseñado deja bastante que desear, por no decir que raya en el esperpento o que le sientan como el culo, lo que ustedes prefieran. Pero, en fin, como digo, el mundo de la moda es y será un enigma para mí mientras me mole más una teta que una camiseta.

El lenguaje es impreciso y relativo. El contexto situacional es esencial para valorar adecuadamente el alcance de la comunicación porque, sin duda, aporta significado a la misma. Por favor, no se vayan (o al menos no se vayan todavía). Esta disquisición preliminar es necesaria para entender el abismo que media entre una jeringuilla y una chuta o entre un meteorismo y un pedo. El contexto, evidentemente, importa, y sin embargo parece que últimamente todos los medios de comunicación se dedican con inusitado esmero a desconocer esta verdad fundamental a la hora de regular los criterios profesionales que tienen por objeto identificar qué acontecimientos son noticia y cuáles no. El siguiente extracto de una conversación entre John Galliano y dos chustis en el bistrot parisino La Perle y su posterior repercusión mediática (hasta yo me he enterado) da buena prueba de ello:

Chusti nº 1:
I can’t believe he said that
Chusti nº 2:
It’s not good… Are you blond… Are you blond with blue eyes?
Pisaverde Galliano:
No, but I love Hitler and people like you would be dead today. Your mothers, your forefathers, would all be fucking gassed and fucking dead
Chustis (al alimón):
Oh my God!
Chusti nº 2:
Do you have a problem?
Pisaverde Galliano:
With you – you’re ugly
Chusti nº 2:
You don’t like peace? You don’t want peace in the world?
Pisaverde Galliano:
Not with people, like ugly people
Chusti nº 2:
Where are you from?
Pisaverde Galliano:
Your asshole

Aunque por supuesto no podría demostrarlo, presumo que este intercambio de impresiones (en realidad, y si se fijan, parece más una entrevista) se habrá iniciado y acalorado hasta sus últimas consecuencias por dos razones: La primera es la soberbia cogorza nacional-socialista del modisto gibraltareño, y la segunda reside en el hecho de que las chustis y sus compañeros en la mesa contigua del bistrot sabían a ciencia cierta con quién se jugaban los cuartos y, móvil en ristre, se dedicaban a explorar y recolectar con excitación morbosa (Oh my God!) las inmundicias interiores de Galliano para después traficar con ellas en cualquiera de las sucursales que los medios de comunicación mantienen permanentemente abiertas el Mercado Global de la Carroña. Nathalie Portman, entre otros muchos aludidos por activa y por pasiva, ha aprovechado la coyuntura para clavar una medalla bien visible en el cartel de sus dos últimas producciones cinematográficas, supongo que destinada a proclamar a los cuatro vientos su indignación políticamente correcta y, de paso, ver si se anima la taquilla un poco.

El caso es que el rifirrafe le ha costado a John Galliano el empleo y, lo que a mi juicio es más degradante -hay qué ver las tragaderas que tiene la gente rica y famosa- el ingreso en una clínica de rehabilitación en algún lugar de los Estados Unidos. Rehabilitación que ha de entenderse como bajada de pantalones, penitencia, humillación o acto de contrición pública que posteriormente será convenientemente envasada y etiquetada para su venta en el susodicho Mercado Global de la Carroña, por si cuela.

Cuando empecé a escribir esto, me topé por casualidad en la contraportada de un periódico con un aforismo de Ciorán, al que al principio confundí con un jugador de fútbol comentando la última derrota de su equipo, y que luego ha resultado ser un pensador de tomo y lomo, adalid del pesimismo y por ello más que bienvenido a éste mi mundo de infelicidad razonable. Bien, pues con el beneplácito de críticos, editores y público, y sin una mala queja al Defensor del Lector (6.775.235.741 de aludidos en 2009), Ciorán tira con bala expansiva y deja las rabietas etílicas de Galliano a la altura del betún: “La gente me produce asco, tengo asco hasta de mí mismo. Deseo una destrucción completa de todo lo humano, incluidos ellos e incluido yo, ya que no soy especial ni mejor que ellos. Soy una mierda más puesta en este mundo sin mi aprobación.” Coincido con ustedes en que las comparaciones son odiosas, sobre todo cuando resultan ser el fruto obvio de la extrapolación indiscriminada, pero no deben olvidar que eso es precisamente lo ha sucedido a Herr Galliano, catapultado sin quererlo ni beberlo (bueno, esto último no) hasta el Olimpo oscuro de los Malvados. Sastre de Satanás, nuestro hombre ocupa, hoy por hoy, un dudoso lugar de honor en los altares del mal junto a Galactus, Mouriño, Judas y, cómo no, Rastapopoulos.

Por favor, deslicen ahora la mirada unas líneas más arriba y observen como John Galliano, a pesar de todo, tiene un momento de gloria iluminada, de clarividencia moral que, al menos a mis ojos, le redime de todos sus pecados. “You are ugly”, le espeta en un momento dado a una o tal vez a ambas interlocutoras o -por qué no- también a sus acompañantes, dedicados mezquina y subrepticiamente a capturar con el teléfono móvil, astutamente emboscado tras una servilleta o una copa de vino, el testimonio visual una anécdota desagradable, para después llevarla diligentemente a los juzgados y los tabloides de guardia (The Sun nunca se pone) e interponer la denuncia correspondiente ante la ley y ante sus semejantes: Ugly people. Gente fea. Gente fea interconectada con un mundo de corporaciones e instituciones grotescas, ávidas de despojos, siempre dispuestas a multiplicar la carroña hasta el infinito y convidar a sus seguidores, a esa legión de adefesios, a un nuevo festín de coprofagia mediática. Gente fea que hace bueno el dicho: Somos lo que comemos. Ahora, por favor, vuelvan a deslizar la mirada unas líneas más arriba, esta vez hasta el aforismo de Ciorán y reléanlo con los ojos alcoholizados de John Galliano.


La canción de hoy, a tono con la entrada:

20 de marzo de 2011

Demagogia

A veces me sucede que en las páginas de un libro hallo pasajes por los que a menudo he transitado durante mis devaneos mentales, pasajes que el autor se ha encargado de desbrozar y adecentar convenientemente de forma que hace redundante cualquier esfuerzo por mi parte de planificación pseudo-literaria para perpetrar una nueva entrada en este Blog. Les convido, por tanto, Improbables Lectores a que lean y tomen buena nota de la tramoya que sostiene los decorados de cualquier reñida campaña electoral, aquí, en Washington o en Calcuta:

“(…) That happened in my new job. Because of his position, the editor-in-chief was friendly with many politicians and was able to set me up for freelancing, in morcha production” Seeing the question on Maneck's face, he explained, “You know, to make up slogans, hire crowds, and produce rallies or demonstrations for different political parties. It seemed simple enough when he presented me with the opportunity”.
    “And was it?”
“There was no problem on the creative front. Writing speeches, designing banners -all that was easy. With years of proofreading under my belt, I knew exactly the blather and bluster favoured by professional politicians. My modus operandi was simple. I made up three lists: Candidate's Accomplishments (real and imaginary), Accusations Against Oponent (including rumours, allegations, innuendoes, and lies), and Empty Promises (the more improbable the better). Then it was merely a matter of taking various combinations of items from the three lists, throwing some bombast, tossing in a few local references, and there it was -a brand-new speech. I was a real hit with my clients (...)”
    “After all, the success of a demonstration is measured in decibels. Clever slogans and smart banners alone will not do it. So I felt I must lead by example, employ my voice enthusiastically, volley and thunder, beseech the heavens, curse the forces of evil, shriek the praises of the benefactor -bellow and clamour and cry and cheer till victory was mine”.
     “(...) I have learned from my experience,” he said with gravity. “Now I keep a strong-throated assistant at my side, to whom I whisper my instructions. I teach him the phrasing, the cadence, the stressed and unstressed syllables. Then he leads the shouting brigades on my behalf”

Por último, debo añadir que aunque de sobra sé que mis ilustres -e ilustrados-  Lectores Improbables hayan de ser duchos en los más variados campos del saber, pudiera suceder que desconozcan los rudimentos de la lengua inglesa. Si ese fuera el caso, y a su requerimiento, se proveerá la correspondiente traducción del pasaje de la novela de Rohinton Mistry, “A Fine Balance”, reproducido más arriba, y cuya lectura, dicho sea de paso, recomiendo fervientemente.

La canción de hoy, una pequeña joya de Jethro Tull, va dedicada a los nostálgicos de los Setenta,  a los perroflautas y, en general, a todos aquellos que, superado el primer decenio, aún no alcanzan a entender de qué va este siglo XXI, entre los que me cuento.

Cheap Day Return

P.d. Recojo aquí la amable solicitud de un anónimo Lector Improbable y hago buena mi oferta de traducir el texto referenciado:

“(...) Eso fue en mi nuevo empleo. Por su cargo, el jefe de redacción tenía buenas relaciones  con muchos políticos y podía colocarme como colaborador independiente en el campo de la producción morcha” Al ver el interrogante en la expresión de Maneck, explicó: “Ya sabes, idear eslogans, captar multitudes, y organizar manifestaciones o mítines para distintos partidos políticos. Parecía bastante sencillo cuando me ofreció la oportunidad”.
“¿Y lo era?”
“Los aspectos creativos no eran problema. Redactar discursos, diseñar emblemas -todo eso era fácil. Con los años de experiencia acumulados, conocía exactamente el tipo de palabrería grandilocuente que demandaban los políticos profesionales. Mi modus operandi era sencillo. Preparaba tres listados: Logros del Candidato (reales e imaginarios), Acusaciones contra el Adversario (incluyendo rumores, alegatos, murmuraciones, e infundios), y Promesas Vacías (cuanto más improbables, mejor). Después no había más que combinar variantes de los elementos de las tres listas, añadir un poco de verborrea, aderezar con referentes locales, y ya lo tenemos: un discurso listo para estrenar. Coseché un gran éxito entre mis clientes (…).
“A fin de cuentas, la eficacia de una manifestación se mide en decibelios. No es  solo una cuestión de eslogans con gancho y emblemas atractivos. Sentía que tenía que predicar con el ejemplo, usar la voz con entusiasmo, tronar invocando a los cielos, maldecir a las fuerzas del mal, desgañitarme alabando al benefactor -rugir y aclamar y gritar y vitorear hasta que el triunfo fuese mío”.
“(...) La experiencia me ha enseñado,” dijo con gesto serio. “Ahora me acompaña un asistente de garganta curtida al que le susurro instrucciones. Le instruyo sobre la dicción, la cadencia, qué sílabas han de llevar énfasis y cuáles no. Entonces él se ocupa de dirigir las brigadas vociferantes en mi lugar".

17 de marzo de 2011

Gatos Desalmados

Desconfiad de los gatos desalmados. Van a lo suyo. A lo que quiera que sea lo suyo. Técnicamente no pueden traicionar a sus amas puesto que nunca pactaron sus afectos con ellas. Ellas, sus amas, son esa multitud silenciosa de mujeres solitarias, independientes y modernas que malviven el tránsito hacia su madurez al límite de su sueldo en mini apartamentos en el centro de las ciudades. Mujeres en pie de guerra que acarician distraídamente a sus gatos mientras charlan y cosechan facturas escandalosas en sus teléfonos móviles de última generación.

El gato desalmado que, como digo, va a lo suyo, se refrota una y mil veces contra su ama y el resto del mobiliario del apartamento, se caga en su caja de bolitas o la observa indiferente mientras mea (su dueña) por las mañanas. El gato desalmado tiene razones insondables que sus ojos de vidrio no desvelan, razones que no incluyen el afecto ni la fidelidad, pero que tal vez algo tengan que ver con el hecho de que su dueña haya optado naturalmente por castrarlo, neutralizando así vicios y comportamientos intolerables en cualquier apartamento metropolitano que se precie de limpio y ordenado. Vicios y comportamientos intolerables también latentes en los todos hombres que desfilaron por su vida y por su cama, que no supieron -o no pudieron- renunciar a otras vidas y otras camas. Hombres inferiores, esclavos de sus desórdenes morales, que mintieron sin saberlo para fornicar, que plantaron en sus labios besos que no eran otra cosa que salivas sucias de humo y secreciones y que, por supuesto, nunca aflojaron un duro a cuenta de la hipoteca del mini apartamento metropolitano, pulcro y ordenado, del que un día se marcharon para no regresar. Por contra, el gato castrado ya no tiene razones para abandonar a su dueña, que deposita en él sin reservas afectos y caricias al tiempo que hojea el Cosmopolitan y constata una vez más con íntima satisfacción la superioridad indubitada de su género, apuntalada en la Sección de Estilo de la revista, que, como es de todos bien sabido, posee una mayor sensibilidad, capacidad de pensamiento analítico y conceptual, resistencia al sufrimiento, intuición, habilidades comunicativas, belleza, empatía, un sexo más sentido y, por si fuera poco, un sexto sentido. Todo lo cual no le impide aceptar con desganada naturalidad el dogma de fe de la igualdad que, inexplicablemente, la equipara con esa legión de amantes desertores cuyos calzoncillos danzaron la rondalla con sus prendas íntimas en el tambor de la lavadora.

Todo eso fue antes de que llegara el gato desalmado para quedarse, pacto quirúrgico de por medio, otorgando a cambio el consentimiento indiferente a lecturas, teleseries, consoladores, crisis menstruales y otras rutinas de su ama. Es verdad que, por lo general,  el gato desalmado consiente y ronronea, pero a veces discrepa, acaso por un exceso de atenciones, y le tatúa con sus garras, en los antebrazos depilados, el estigma inequívoco de una relación sin futuro.

No me fío de los gatos desalmados y, hasta que la vida me demuestre lo contrario, extiendo esa desconfianza instintiva hacia el prototipo de mujer solitaria, independiente y moderna por la que alguna vez me he sentido atraído que, inadvertida o casualmente, me ha permitido entrever la piel surcada de rasguños caprichosos bajo la manga de un jersey o, si el tiempo acompaña, las abrasiones incongruentes que cercenan la perfección lineal de un tatuaje de diseño (los tatuajes, por cierto, también me hacen recelar). Y entonces pienso, esclavo de mis bajos instintos, que tal vez no sea digno de entrar en su casa, y que ese arañazo suyo ha bastado para espantarme.

Hoy simplemente me limito a regalar -es un decir, en estos tiempos de flagrante piratería- a mis lectores improbables una canción que no guarda más relación con la entrada de hoy que el estado de ánimo propiciado por un jueves cualquiera de madrugada, tres latas de cerveza y un mendrugo de pan reseso. Que la disfruten.

6 de marzo de 2011

Los Elegidos

Somos fruto de la dictadura del azar biológico, a la sombra de una coyunda improvisada dentro o fuera del matrimonio, de un condón reventado en el dormitorio de los padres de María, o de la planificación familiar a cargo de dos adultos cartesianos, responsables y aburridos. Podemos elegir la barra de pan más o menos tostada y unos vaqueros de pitillo en lugar de unos chinos, periodismo o filosofía, Barcelona o Atlético de Madrid, pero a la hora de la verdad, cuando verdaderamente importa, nadie nos pregunta si estamos dispuestos a jugarnos los cuartos en este mundo con las cartas que nos han tocado en suerte, así que no nos queda más remedio que tirarnos al ruedo con  veintitrés parejas de cromosomas de mano y todo el pescado vendido. O casi todo: Si dejamos aparte el genoma, el resto no van a ser más que disgustos y callos, cicatrices de profundidad variable y otros extras que, a la postre, no modifican el hecho incontestable de que la vida en su versión más básica no es más que rodar y desgastarse dando tumbos por los caminos hasta que finalmente, de una u otra forma, llega el reventón definitivo y uno se cae con todo el equipo para no volver a levantarse. Vivir no es elegir, digan lo que digan.

Haputale es un pueblo dejado de la mano de Dios en algún lugar de Sri Lanka. En el recuerdo, Haputale fue un lugar triste de paso, dos noches de lluvia bajo una mosquitera repleta de manchas  de sangre antigua y costurones a la luz de un bombillo costrado de polvo. Había un mercado con los puestos colmados de frutas macilentas y piezas de carne oscura, plantificados al pie de una red de canalones jalonados de vísceras en descomposición y líquidos turbios en el que los lugareños compraban las provisiones que por la noche, seguramente, acabarían maceradas en curry a tiro de tenedor en el plato del turista. En mi plato, por ejemplo. Comprenderán, o tal vez no, que aunque hayan pasado más de quince años, Haputale sea un lugar inasequible a mis nostalgias de viajero.

Tras una lucha encarnizada para adquirir un billete salvador en el caos colonial de la estación, conseguí abandonar el infausto lugar dentro de un vagón atestado de bultos de colores y lugareños de piel ahumada. Mientras el tren se alejaba, reflexioné desde la distancia del que se sabe libre e invulnerable, acorazado tras las divisas y el salvoconducto de un pasaporte de la Unión Europea. Imaginé cómo continuarían las vidas de toda esa miriada de personajes secundarios, los náufragos de Haputale, que dejaba atrás y que nunca volvería a ver:  Náufragos Abandonados a un porvenir anodino en la legendaria tierra de las especias pero no de las oportunidades. Sin combustible, con veintitrés parejas de cromosomas en la mano y un sofisticado mapa genómico; un calco del mío o del de cualquiera de ustedes, improbables lectores, por poner un ejemplo. La vida les había dejado tirados en una carretera secundaria, lejos de cualquier parte. A nosotros siempre nos quedará París, y a ellos el mercado y las moscas. E la nave va, mientras no se hunda.

Yo no lo sabía, aunque lo imaginaba, en abstracto. Gracias a la Wikipedia he podido confirmar mis sospechas: Mariano Rajoy Brey es nieto de Enrique Rajoy Leloup, uno de los redactores del Estatuto de autonomía de Galicia en 1932, y es hijo del también jurista Mariano Rajoy Sobredo, presidente de la Audiencia Provincial de Pontevedra, ciudad donde creció. José María Aznar López es nieto de Manuel Aznar Zubigaray, periodista, político y diplomático navarro e hijo del también periodista Manuel Aznar Acedo, que durante la dictadura ocupó diversos cargos en organismos de radiodifusión y propaganda. Sin duda, hombres con pedigrí: hidalgos impecables del siglo XXI. No los conozco personalmente, aunque supongo que ambos deben de ser amenos conversadores, de trato cordial, aunque salvando las distancias, y que en los cursos de verano del Escorial le convidan a uno al café o aforan la comida en el restaurante de turno si es menester, porque nobleza obliga mientras la Visa aguante. En definitiva, gente ilustrada de bien que seguramente opinará sin reservas, al alimón con sus diez millones de votantes, que la caridad bien entendida empieza por uno mismo, que es el que a fin de cuentas se lo ha currado en esta vida, tan puta ella, para llegar donde ha llegado, lo cual a mí no me cuadra demasiado por la sencilla razón, esto último lo suele decir mi padre, de que para llegar a la Moncloa no se puede salir de Haputale.

El mundo rebosa de artesanos del propio porvenir; de hombres y mujeres que traen a gala el haberse fabricado a sí mismos: vencedores de su oposición, doctores laureados, empresarios de éxito, prestigiosos homosexuales, políticos de renombre, aclamados restauradores, todos ellos indefectiblemente aferrados con uñas y dientes a sus merecimientos. Hombres y mujeres con mando en plaza, ejemplos a seguir. El triunfo mal entendido tiende a retraer injustificablemente los límites de la solidaridad, al tiempo que engrosa las listas de votantes de centro derecha, en la medida en que la ideología ofrece un territorio moral fácilmente colonizable por quienes se resisten a creer en su buena suerte y, en cambio, depositan todo el peso de sus convicciones en el espejismo del esfuerzo personal, garante del orden y la inviolabilidad de sus derechos fundamentales consolidados que, entre otros, incluyen el de hospedarse en un parador nacional, protestar por el alza de los impuestos o las comisiones bancarias, denostar el despilfarro de la sanidad pública y anatemizar la política de inmigración del gobierno de turno.

Primus inter pares del montón que si alguna vez transitaron por Haputale, probablemente en el vientre de un microbús con aire acondicionado, tal vez hiciesen un apunte mental, incluso tomaran una pequeña nota auxiliar a pie de página del diario de viajes adquirido en una franquicia del Coronel Tapioca, para apuntalar la experiencia personal sobre el terreno de un mundo exótico y disfuncional, de una realidad sucia y triste, casi extraterrestre.

Mementos del tercer mundo evocados en charlas intrascendentes durante las sobremesas de pacharán y licor de hierbas en esos cursos de verano del Escorial, a la mayor gloria del aventurero-ponente curtido en turismos del Capitán Saimaza.

Aunque, como escribía al principio, vivir no es elegir, qué duda cabe de que ellos son los elegidos. Brindaremos, pues, por el Capitán Saimaza que anida en el corazón de aquellos diez millones de votantes. Hoy por hoy, el mundo les pertenece.



El tema de hoy, a cargo de María "La Mala" Rodríguez, exaltará sin duda los ánimos de tantos y tantos Capitanes Saimaza como andan sueltos por ahí, sobre todo en estos tiempos de crisis. A corear el estribillo, amigos, que venceréis, pero no... etc.