Siempre que me enfado y me pongo a
escribir delante de un portátil lo que sale, sale bastante peor de
lo habitual, que ya es decir en mi caso. Así que lo siento. Como
hombre, como ciudadano, como trabajador que camina, consume, paga sus
impuestos y baja la basura cuando toca no puedo soportar, me revuelven, ciertas noticias que vuelan hasta mi cabeza desde los
Telediarios. Uber, muy avispados ellos, lanza un servicio para
mujeres que desean otra mujer al volante, por si acaso. Yo debo de
tener la piel muy fina, pero aquí se insinúa -y se acepta, no sé
si con o sin resignación- la hipótesis de que los taxistas o los
conductores hombres son violadores o agresores sexuales en potencia,
y el mercado responde acorde a los malos aires sociológicos que
soplan disfrazados de aires de progreso. Me cago en la leche. Yo en
los bares quiero que me atiendan hombres, no sea que me intente
emborrachar y arruinar una aviesa putita disfrazada de camarera:
sumisión química de billetera. Me cago en la leche. Me pregunto si
las clientas de estos servicios aceptarían a un castrado al volante.
Si así se sentirían también seguras cuando es el conductor capado
el que las acerca borrachas a casa a deshoras. La discriminación
fascista avanza imparable sin frenos y cuesta abajo. La funesta
hermandad del Yo Sí Te Creo perpetra atrocidades polarizantes que
cada vez más hace más vergonzoso y humillante el declararse hombre
y feminista. El feminismo cuñadista emerge victorioso, proyectando
una distorsión de la realidad en la que todos (los taxistas, entre
otros) somos presuntos delincuentes, violadores, asesinos,
acosadores, babosos, machirulos, maltratadores, putañeros. Escoja
usted el reproche y, si no estuviera catalogado, incorpórelo al
Código Penal, que hay barra libre legislativa, todo incluido,
gracias a la labor de zapa y demolición de determinados colectivos
que se dicen feministas, pero que en realidad no son más que
revanchistas de género. Hombre feminista se me hace bola y oxímoron,
igual que lluvia seca o guerra pacífica. El nuevo feminismo
populista avanza por caminos paralelos a las reivindicaciones
ultranacionalistas: Put@ España. Put0s taxistas y, en fin, Put0s
hombres.